La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 3 – Los que cazan con la lluvia #2
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Capítulo 3 – Los que cazan con la lluvia #2

—La heredera no pertenece a nadie. —El hombre llamado Kael desenvainó la espada corta con un siseo limpio. La hoja tenía grabados unos signos que Elara reconoció, sin querer, como una oración de protección—. Y vosotros habéis tardado mucho en cazar a una mujer sola. Esa lentitud me ofende.

—Tres contra uno.

—Tres contra uno es una ventaja que me parece justa para vosotros.

Uno de los cazadores se movió. Fue un gesto pequeño, el adelantamiento de un pie, pero bastó.

Kael ya se había lanzado. La espada cruzó el aire con un destello y se encontró con la hoja de humo entre un estallido de chispas oscuras.

Elara no vio con claridad lo que sucedió después.

Hubo un giro del abrigo, un golpe sordo, un grito que se interrumpió, un cuerpo contra los contenedores y el estruendo del metal.

Los otros dos se abalanzaron a la vez y Kael pivotó con una economía de movimientos que daba casi rabia, esquivando, parando, devolviendo.

Peleaba como quien está cansado de pelear y por eso no falla.

—¡Elara! —gritó sin volverse—. ¡Al portal!

—¡¿Cómo sabes mi nombre?!

—¡Al portal, maldita sea!

—¡No! —Ella dio un paso atrás, otro—. ¡No pienso meterme ahí dentro! ¡No sé quién eres! ¡No sé qué quieres!

El cazador del medio, aprovechando la distracción, cambió de objetivo.

Se lanzó hacia Elara con una mano extendida, los dedos terminados en uñas largas y ennegrecidas, y ella gritó y blandió la tabla con todas sus fuerzas.

La madera se estrelló contra el hombro de la figura sin otro efecto que un crujido de astillas.

Una mano helada le atrapó la muñeca derecha.

El frío le subió hasta el hombro y le arrancó el aliento.

—Entrega el libro —susurró el cazador, a un palmo de su cara. Los ojos de leche tenían diminutas venas negras. Olía a tierra de tumba.

Lo siguiente ocurrió demasiado rápido para entenderlo.

Una forma oscura apareció a la altura de su hombro.

Un brazo se cerró sobre la garganta del cazador desde atrás.

Kael lo arrancó de Elara con una sacudida brutal, lo lanzó contra la pared y le clavó la espada en el pecho con un movimiento seco.

El cuerpo se deshizo en una nube de ceniza gris que la lluvia empezó a apelmazar contra el suelo.

El último cazador había retrocedido. Su comandante yacía junto a los contenedores, inmóvil, con la hoja de humo disolviéndose a su lado.

—La Corte sabrá de esto —dijo con voz quebrada.

—Espero que sí —contestó Kael—. Me ahorraría el trabajo de enviarles una carta.

El cazador se evaporó en el aire, con un chasquido, sin dejar rastro.

Se hizo un silencio extraño en el callejón.

La lluvia golpeaba el suelo. Elara, con la espalda pegada al muro y la tabla caída a sus pies, vio cómo Kael limpiaba la hoja con un trapo de tela oscura y la devolvía a la vaina sin mirarla.

Tenía un corte en la mejilla izquierda, superficial, que le sangraba despacio. No parecía haberlo notado.

—¿Estás herida? —preguntó, sin interés aparente.

—No lo sé —respondió ella.

—Eso significa que no.

—Eso significa que no lo sé.

Él por fin se volvió. La miró. Fue una mirada larga, fría, de las que miden y descartan.

Elara la sostuvo, o lo intentó. Detrás de esa frialdad creyó percibir algo que no podía nombrar, un destello que se apagó casi al nacer, tan rápido que dudó de haberlo visto.

Los dedos de la mano derecha de Kael se cerraron despacio en un puño, y por un instante Elara recordó la mano ensangrentada sobre la espina del trono.

—Tenemos que irnos —dijo él.

—No voy a ir contigo.

—No te estaba preguntando.

—¿Quién eres? —La voz le temblaba, pero siguió—. Te vi. Anoche, en un… no sé qué fue. Estabas sentado en un trono hecho de espinas. Me mirabas como si quisieras matarme.

Algo se movió en el rostro de Kael. Fue un temblor mínimo, un músculo de la mandíbula, que desapareció al instante.

—No era yo —dijo.

—Tenías tu cara.

—Entonces te equivocas de hombre. Hay mucha gente con mi cara en esos lugares.

—Giró hacia la grieta de luz, que empezaba a perder intensidad—.

No hay tiempo. Los cazadores no vienen solos y el portal no aguantará mucho.

O cruzas o te quedas, y si te quedas, vendrán otros, y esta vez no habrá nadie que te saque de aquí.

—Nadie me ha pedido que me saques.

—Cierto. Nadie te lo ha pedido. —Kael se pasó una mano por el pelo mojado y soltó una risa seca, sin humor—. Y sin embargo aquí estoy, haciendo de niñera de una librera.

—¡No te metas con mi trabajo!

—No me meto. Lo constato.

—¡Eres un arrogante!

—Y tú una imprudente que lleva un objeto del Reino Oculto colgado del hombro como si fuera una bolsa de la compra. —La miró con una ceja alzada—. Cada uno con su virtud.

Elara abrió la boca para contestar y la cerró. Tenía la cara encendida, de rabia o de terror o de ambas cosas. Le ardían las mejillas, y le ardía la muñeca, y el libro pesaba contra su cadera como una acusación. Detrás de Kael, la grieta de luz tembló y se encogió un palmo.

Escuchó pasos. Muchos, y no humanos, a lo lejos, en el otro extremo de la calleja. Algo golpeaba los adoquines con un ritmo pesado, de pezuña. Un aullido largo se desprendió de la bruma.

Kael ya no sonreía.

—Última vez —dijo en voz baja—. Ven conmigo.

—No.

—Elara.

La forma en que pronunció su nombre, grave, contenida, casi dolorosa, le recorrió la columna como una descarga. Era la misma vibración que había sentido en el pecho cuando el hombre del trono movió los labios.

Y entonces el aullido se acercó, y no hubo más tiempo.

Kael cruzó el espacio que los separaba en dos zancadas. Elara intentó apartarse, pero él le agarró la muñeca izquierda, la de la espina, con una mano firme y caliente que le arrancó un jadeo. El contacto le encendió la piel con un fogonazo que le recorrió el brazo y le nubló un instante la vista.

—¡Suéltame! —gritó.

—No.

—¡Suéltame, imbécil! ¡Suéltame, no pienso ir! ¡Te voy a denunciar, te lo juro, voy a…!

La arrastró hacia la grieta. Elara plantó los pies, resistió, le dio un golpe en el antebrazo con la mano libre y otro en el costado.

Él ni se inmutó. Le pateó la espinilla. Kael gruñó con un hastío casi cómico y la levantó por la cintura, echándosela al hombro como si pesara lo mismo que el abrigo.

—¡Bájame! ¡Bájame, bruto! ¡Cretino! ¡Hijo de…!

—Qué vocabulario tan rico para una librera —dijo él, con tono seco.

—¡Te odio!

—Eso ya lo había notado.

La luz ámbar los envolvió. El viento caliente le llenó la boca y los ojos y le arrancó el último insulto de los labios.

La lluvia desapareció como si alguien hubiera cerrado un grifo.

El suelo se fue de debajo de ella, y Elara, colgando boca abajo contra la espalda de un desconocido que olía a cuero, a ceniza y, muy leve, a jazmín, sintió que el mundo entero se plegaba sobre sí mismo.

Lo último que vio, antes de que el resplandor lo borrara todo, fue la bolsa de tela cayéndole del hombro, el libro asomando por la boca, y la tapa negra abriéndose sola, como un párpado.