La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 3 – Los que cazan con la lluvia
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Capítulo 3 – Los que cazan con la lluvia

Los nudillos volvieron a sonar. Una vez más, con la misma calma, como si quien llamaba supiera que la puerta no iba a abrirse y le divirtiera la formalidad de intentarlo.

Elara no respiró.

Bajo sus manos, el libro seguía abierto en el cajón, y las letras rojas de la última página se habían quedado quietas, como si también ellas escucharan.

Cerró la tapa con un golpe seco, lo envolvió en el lino con una torpeza que le arrancó un par de pliegues y lo metió en la bolsa de tela.

Se la cruzó sobre el pecho. El cordón le rozó la muñeca marcada y la espina respondió con una punzada que le subió hasta el codo.

—Está cerrado —dijo, con una voz más aguda de lo que pretendía.

Silencio al otro lado. Después, algo que no era una voz humana, o que lo era a medias: un murmullo grave en la lengua de los susurros, filtrado por la madera y el cristal.

La heredera está dentro.

Elara retrocedió. Su cadera chocó con el borde del mostrador y un lapicero rodó hasta el suelo. Entendía cada palabra, y esa comprensión, que la noche anterior la había aterrorizado, le pareció de pronto una ventaja miserable. Sabía lo que decían de ella.

Abre, o abrimos nosotros.

Pensó en el teléfono, en la policía, en gritar. Pensó en la puerta trasera, la que se hinchaba con la humedad y no encajaba a la primera, y se movió.

Corrió por el pasillo central, esquivó el carrito de devoluciones y alcanzó la trastienda justo cuando el cristal del escaparate estalló.

No fue un estruendo largo. Fue un chasquido seco, seguido del repiqueteo de mil fragmentos sobre la madera. La persiana metálica se combó hacia dentro como si una mano enorme la hubiera aplastado. Elara miró atrás un segundo, por encima del hombro, y lo que vio se le quedó grabado para siempre.

Tres figuras entraron por el hueco, una detrás de otra, sin prisa.

Vestían de gris oscuro, con capas cortas que se movían demasiado despacio, retrasadas respecto al paso, como bajo el agua.

Llevaban el rostro cubierto hasta los ojos por telas negras, y los ojos eran de un blanco turbio, casi lechoso, sin iris visible.

El que iba delante sostenía una hoja delgada y curva que parecía hecha de humo solidificado.

Los pedazos de cristal se apartaban de sus botas antes de que las tocaran.

El primero giró la cabeza hacia ella.

—Ahí —dijo, y la palabra le salió con un siseo húmedo.

Elara cruzó la trastienda a ciegas. Tiró una pila de cajas tras de sí, oyó el estrépito, oyó el golpe de una bota apartando el obstáculo. Agarró el pestillo de la puerta trasera, que se resistió, empapado de humedad, y tiró con las dos manos mientras le temblaban los dedos.

—Vamos, vamos, vamos.

Cedió con un chirrido de bisagra. El aire de fuera le golpeó la cara, frío y mojado.

La lluvia había vuelto, fina e insistente, y el callejón de servicio brillaba bajo una luz plomiza que no sabía si era la del atardecer o la de otra hora cualquiera.

Salió sin pensar y cerró de un portazo que no iba a detener a nadie.

Corrió.

Las zapatillas resbalaban en los adoquines.

El callejón era estrecho, con muros de ladrillo ennegrecido a ambos lados y contenedores apilados que olían a col y a humedad.

Giró a la derecha en la primera esquina.

Detrás oyó la puerta de la trastienda saltar de sus goznes, un golpe pesado y después nada, ningún grito, ningún paso corriendo.

Eso era lo peor. No tenían necesidad de apresurarse.

—Vale. Vale. Calle de la Fuente, gente, tiendas, alguien me verá.

Pero cuando salió al cruce, la calle de la Fuente estaba vacía.

No quedaba un solo coche. Ni la mujer del geranio, ni el panadero, ni el niño de la bicicleta.

Las ventanas seguían abiertas, las luces encendidas, un televisor murmuraba en algún piso, y sin embargo todo parecía una fotografía de un lugar donde la gente acababa de dejar de existir.

La lluvia caía recta, sin viento, y se oía con una nitidez antinatural.

Elara se detuvo a media calzada, con el aliento convertido en vaho.

—¿Hola? —gritó—. ¡Por favor! ¡Hay gente que me persigue!

Su voz rebotó en las fachadas y volvió a ella sin respuesta.

Detrás, en la boca del callejón, apareció la primera capa gris.

No corría. Avanzaba con un paso uniforme, las manos a los costados, la hoja de humo colgando de la derecha. Los otros dos salieron tras él y se abrieron en abanico, tomando la calle. Se movían como quien conduce a una pieza de caza hacia donde conviene.

Elara echó a correr otra vez.

Giró por una calleja que conocía de memoria, la que bajaba hasta el río entre dos tapias, y de pronto ya no la conocía.

Las paredes parecían haberse estrechado.

Las farolas, que siempre estaban a diez pasos de distancia, ahora se sucedían demasiado juntas, y la luz de cada una proyectaba en el suelo una sombra con un ángulo equivocado.

Dobló por una esquina que no recordaba. Luego por otra.

La calleja se retorcía bajo sus pies como si la ciudad la estuviera cambiando de sitio para encerrarla.

Le ardían los pulmones. El libro golpeaba contra su costado con cada zancada, caliente, ya casi doloroso, y la espina de la muñeca latía en una cadencia febril que la mareaba. Tropezó, se apoyó con las palmas en un muro y se enderezó con un jadeo.

A su espalda, muy cerca, oyó el siseo.

Heredera.

Se lanzó hacia delante.

El callejón terminaba en una pared.

No había salida. Ni puerta, ni ventana, ni escalera de incendios.

Solo un muro de ladrillo viejo, cubierto de hiedra mojada y de un musgo oscuro, que se alzaba cuatro metros por encima de su cabeza y se perdía en la bruma.

A la derecha, una hilera de contenedores.

A la izquierda, un montón de tablas podridas.

Elara giró sobre sí misma con la espalda pegada a la pared, y vio por dónde había venido.

Las tres figuras ocupaban la boca del callejón. Ya no había forma de pasar entre ellas.

El que iba delante levantó la hoja. La lluvia se detenía al llegar a ella, formando una especie de cúpula de gotas suspendidas, brillantes, inmóviles. Sus ojos de leche se clavaron en la bolsa que Elara llevaba en el pecho.

—Entrega lo que llevas —dijo en la lengua de las espinas, y por primera vez le sonó casi amable—. No queremos hacerte daño. El daño es para quien no obedece.

—No sé de qué hablas —respondió Elara, en castellano, con los dientes apretados.

—Sí lo sabes. Lo entiendes. —El hombre inclinó la cabeza—. La marca lo dice.

Elara se tapó la muñeca con la otra mano, por puro reflejo. Los tres miraron el movimiento.

—Tenemos órdenes de llevarte viva —continuó el que mandaba—. Si es posible.

Dio un paso. Después otro.

Elara agarró lo primero que encontró a su alcance, una tabla suelta con un clavo oxidado que asomaba por un extremo, y la sostuvo delante como si fuera una espada. Era ridículo. Lo sabía. Las manos le temblaban tanto que el clavo dibujaba un pequeño círculo en el aire.

—Si os acercáis —dijo—, os juro que…

No terminó la frase.

El aire a su espalda se rasgó.

Sonó como un tejido que se desgarra despacio, con ese chirrido largo de la seda cuando se rompe. Elara sintió un frío súbito entre los omóplatos, una corriente helada que olía a ceniza y a metal, y las hojas de hiedra se agitaron todas a la vez. Se volvió con la tabla en alto.

Donde había estado el muro, una grieta de luz ámbar se abría desde el suelo hasta una altura superior a la de un hombre.

Los bordes ardían con un resplandor irregular.

Dentro no se veía ningún callejón, ni la ciudad, ni nada que Elara pudiera nombrar: solo un fulgor dorado, ondulante, y un viento caliente que le agitó el pelo.

Los cazadores se detuvieron.

—Portal —dijo uno, y su voz había perdido la calma.

Una figura salió de la luz.

Cruzó el umbral de un solo paso, con la naturalidad de quien baja una escalera que conoce, y la grieta se estrechó tras él lo justo para dejarlo pasar.

Era alto, de hombros anchos bajo un abrigo largo de cuero oscuro con el cuello levantado.

Llevaba el pelo negro mojado de lluvia que no era de aquella calle, y le caía en mechones desordenados sobre la frente.

Una espada corta le colgaba a la cintura, envainada en cuero gastado.

Elara lo reconoció antes de ver su cara.

Lo reconoció por la forma en que el cuerpo se le contrajo, por el eco en el esternón, por el modo en que la espina se le encendió en la muñeca con una violencia casi gozosa. Cuando él giró la cabeza, los ojos eran dorados.

No dorados como la miel. De oro fundido, con un anillo más brillante alrededor de la pupila.

—No —dijo Elara, y retrocedió hasta chocar con el muro que ya no estaba—. No, no, no. Tú eres… tú estabas…

El hombre la miró de arriba abajo con una expresión de fastidio tan perfecta que habría podido enseñarse en una academia. Tenía una cicatriz fina que le partía el labio inferior. Los pómulos eran afilados, la mandíbula, tensa. Parecía llevar tres semanas sin dormir y haberse resignado a ello.

—Qué desastre —dijo.

La voz era grave, áspera, con un acento que arrastraba las erres. Hablaba su idioma, el castellano, pero lo hablaba como se maneja una herramienta ajena.

—¿Perdón? —acertó a decir ella.

—Ese libro. Dámelo.

—¿Qué?

—Que me des el libro, humana. No tengo toda la noche.

Elara apretó la bolsa contra el pecho.

—No pienso darte nada. Eres el del trono. Eres… —Le faltaba el aire—. ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando?

El hombre cerró los ojos un instante. Respiró hondo, con la paciencia de quien cuenta hasta diez para no cometer un crimen.

—Es lo que pasa cuando una mujer con tu marca decide pasearse por el mundo sin protección —dijo sin mirarla—. Te lo explicaré cuando estemos al otro lado. Si estamos vivos.

Los cazadores recuperaron la compostura. El que mandaba alzó la hoja de humo.

—Kael Thorne —dijo, y pronunció el nombre con una mezcla de asco y respeto—. No tienes jurisdicción aquí. La heredera pertenece a la Corte.