Capítulo 2 – Lo que dice la espina #3
Las voces regresaron a media tarde. Primero fueron un murmullo apenas más fuerte que el tictac del reloj, que ella confundió con el rumor de la calle.
Después se hicieron nítidas, tan cercanas que Elara giró la cabeza buscando a quien hablaba pegado a su oreja.
Eran tres o cuatro voces entrelazadas, sin cuerpos, y repetían una palabra una y otra vez, con una insistencia que le erizó la piel.
Cerca. Cerca. Cerca.
—¿Quién eres? —preguntó Elara, en voz baja, sin saber a quién se dirigía.
Las voces se detuvieron. El silencio que dejaron fue peor.
Y entonces, al otro lado del escaparate, algo cambió.
No supo explicar el qué. Un cambio de luz, quizá.
O de peso. La calle Fenwick seguía igual de gris y mojada, con los farolillos aún apagados y las ventanas de enfrente abiertas a medias, pero Elara sintió con una nitidez absoluta que la mirada de alguien acababa de posarse sobre la tienda.
Sobre ella. Una atención sostenida, deliberada, que no venía de ningún lugar concreto de la calle y venía de todos.
Se levantó muy despacio.
El escaparate, con sus letras doradas medio desconchadas, enmarcaba el cuadro: los adoquines, la panadería de enfrente con su toldo verde recogido, la fuente de piedra al fondo de la plaza.
Un coche pasó despacio, salpicando. Una anciana arrastraba un carrito de la compra.
Un niño en bicicleta. Nadie quieto. Nadie mirando.
Elara fue hasta la puerta. Cada paso tenía algo de ensayo, de teatro mal montado. Puso la mano en el picaporte y miró la calle a través del cristal, de un extremo al otro.
Debajo del toldo de la panadería, en el hueco de una puerta cerrada que daba a un almacén, había una sombra más densa que el resto.
Una silueta.
Alta. Inmóvil. Con los hombros anchos recortados contra la penumbra del portal.
Tenía la cabeza ligeramente inclinada, y aunque la distancia y la luz impedían ver nada de su rostro, Elara supo en qué dirección apuntaba esa cara.
Sintió el peso de esa mirada sobre el esternón, en el mismo lugar donde la tarde anterior le había pesado el libro.
La espina de su muñeca ardió.
—No —murmuró Elara, sin saber a qué contestaba.
La silueta no se movió. Pasó un autobús, bloqueando la vista durante unos segundos. Elara contó mentalmente: uno, dos, tres. Cuando el vehículo se alejó, el portal de la panadería estaba vacío.
Se quedó plantada junto a la puerta, con la mano fría sobre el hierro del picaporte. Tragó saliva. Después, sin pensarlo, abrió y salió a la acera.
El aire olía a lluvia y a pan recién hecho.
Los coches pasaban por la calzada con ese chapoteo que no cesaba nunca.
A unos metros, dos mujeres hablaban de una receta de empanadillas.
Elara cruzó la calle con el corazón en la garganta, esquivando un charco, y llegó al portal del almacén.
Era un hueco angosto, de piedra oscura, con un banco de madera carcomido y una cadena oxidada colgando de la puerta. Nadie.
Pero en el suelo, sobre el umbral de piedra, quedaba una mancha de agua con la forma de dos pisadas anchas, como las de unas botas pesadas. Las huellas eran recientes. Todavía conservaban el borde brillante. Y entre ellas, medio aplastado contra el mármol, había un pétalo blanco.
Elara se agachó. Lo tomó entre dos dedos.
Jazmín.
Olía a jazmín, un perfume denso y dulce que no tenía ningún derecho a estar en aquella calle gris, en pleno invierno, a cientos de kilómetros de cualquier jardín donde esa flor floreciera. El pétalo estaba tibio.
Se incorporó con un escalofrío. Giró sobre sí misma, escudriñando la acera, la fuente, los portales vecinos. Una mujer en una ventana del segundo piso regaba un geranio. El panadero salió a fumar y le hizo un gesto de saludo con la barbilla. La vida seguía su curso, indiferente.
Volvió a la tienda con paso rápido, sin soltar el pétalo. Cerró la puerta tras ella y echó el pestillo, algo que no hacía nunca en horario de apertura. Luego bajó las persianas del escaparate, una por una, hasta que la calle quedó reducida a una rendija de luz pálida bajo el borde.
Se apoyó en el mostrador, jadeando, y dejó caer el pétalo sobre la madera. Lo miró durante un largo rato. Se estaba oscureciendo en los bordes, volviéndose pardo, deshaciéndose en una ceniza fina que olía cada vez menos.
Bajo el mostrador, el libro latió.
Esta vez Elara lo sintió con toda la espalda, en los huesos de la columna, un golpe único, profundo, que hizo vibrar el cajón. Se inclinó, abrió, y retiró el paño de lino con dedos torpes.
El libro estaba abierto.
Ella lo había cerrado. Lo había envuelto, lo había guardado, había girado la llave.
Y ahora estaba abierto de par en par sobre la madera, con las hojas apoyadas en el centro del cajón, en una página que no había visto antes.
La tinta de esa página era roja y brillante, tan fresca que aún corría hacia abajo en las comisuras de algunas letras.
Las palabras se acomodaron en su cabeza antes de que pudiera apartar la vista.
Ya te ha visto. Ya sabe dónde estás.
Y debajo, en caracteres más pequeños y apresurados, como escritos por una mano que temblaba:
Corre mientras todavía eres tuya.
Afuera, tras la persiana baja, alguien llamó una sola vez a la puerta de la tienda.
Los nudillos sonaron lentos y firmes contra el cristal, sin urgencia alguna, y en la muñeca de Elara la espina se encendió como un carbón.