Capítulo 2 – Lo que dice la espina #2
La primera hoja estaba en blanco. Papel grueso, amarillento, con pequeñas manchas marrones salpicadas como pecas. Elara pasó la yema del dedo enguantado por el borde y notó una textura distinta a cualquier papel que hubiera tocado: casi sedosa, algo grasa, con una ligera resistencia al roce.
Pasó la segunda hoja.
Había símbolos.
Cubrían la página de arriba abajo en líneas apretadas, trazadas con una tinta parda que en algunos puntos se acercaba al rojo.
Eran formas curvas, enlazadas, con ganchos y filamentos que se enroscaban sobre sí mismos.
A primera vista parecían dibujos y no letras.
Elara los miró con el ceño fruncido y pensó en el árabe, en el devanagari, en esas inscripciones que había visto en museos y que ni siquiera sabía clasificar.
Pestañeó una vez.
Los signos se movieron.
No fue un movimiento real, nada que ella pudiera haber filmado con el móvil.
Fue algo más sutil, una reordenación de lo que veía, como cuando uno mira un estereograma durante demasiado tiempo y de pronto el dibujo se abre y aparece el delfín.
Las líneas se asentaron. Los ganchos encontraron sitio.
Y donde un segundo antes había una maraña indescifrable, Elara leyó, con la misma facilidad con que lee un cartel de la calle:
Esto contiene lo que fue jurado bajo la corona de espinas, y a quién, y a qué precio.
Soltó la hoja como si quemara. El libro se cerró solo, con un golpe sordo, y levantó una pequeña corriente de aire que movió los papeles de la mesa.
—No, no, no —dijo Elara, y retrocedió con la silla hasta chocar contra la pared.
Pimienta se había subido al respaldo del sofá y observaba la escena con las pupilas dilatadas. Elara tragó saliva. Le sudaban las palmas dentro de los guantes. Se los quitó y los dejó en el suelo, sin importarle dónde caían.
Había leído. Sin esfuerzo, sin estudio, sin una sola pista previa. Y lo peor era que ni siquiera lo había sentido como un milagro. Había sido natural, tan natural como oír las voces del baño. Una lengua que había vivido siempre en el fondo de su cabeza y que alguien acababa de sacar del cajón.
Respiró contando hasta cuatro. Una vez. Dos.
Se levantó y fue a la cocina a beber un vaso de agua.
Se lo tomó entero, de pie, con la frente apoyada en el frío de la puerta de la nevera.
Le temblaban las rodillas. Pensó en llamar a un médico, a un psiquiatra, a Quill, a quien fuera.
Pensó en la cara de cualquiera al que le explicara lo que le estaba pasando.
Y pensó, con una claridad que le dio miedo, en la expresión del hombre del trono.
Ese odio, pensó. Esa forma de mirar a alguien a quien se conoce.
Alguien la conocía. Alguien sabía quién era ella, o quién había sido, o quién iba a ser. Y el único objeto que podía explicarlo estaba sobre su mesa de comedor, cerrado, esperando.
Volvió a sentarse. Esta vez no se puso guantes.
El cuero la recibió con su tibieza de siempre.
Abrió la tapa con un solo movimiento y fue pasando páginas con cuidado, una tras otra, sin permitirse leer más que un renglón a la vez, de reojo, como cuando uno mira una escena violenta entre los dedos.
Los signos se acomodaban siempre al mismo ritmo: un parpadeo de confusión, un temblor, y de pronto el sentido limpio, vestido de castellano.
Había listas de nombres. Cada uno iba seguido de una fecha en un calendario que Elara no reconocía y de un símbolo pequeño, una espina, una gota, una llama.
Había párrafos densos sobre cosas que parecían leyes: Quien porte la marca no podrá mentir a la corona.
Quien rompa el juramento pagará con aquello que más ame.
Había un dibujo a tinta de un puente sobre un abismo, con una figura diminuta de pie en el centro.
Había una página entera de una sola frase, repetida cien veces con variaciones minúsculas, hasta que las palabras se desdibujaron en la tinta: recuerda, recuerda, recuerda.
En la mitad del libro, las hojas cambiaban. El papel se volvía más oscuro y la tinta, más roja. Elara pasó un par de ellas y se detuvo en una que tenía una sola línea centrada, caligrafiada con una elegancia que no se parecía a la del resto:
Para la que cierra la tienda a oscuras.
Se le heló la nuca.
Debajo había una fecha. No una fecha del calendario desconocido, sino una fecha común, con día, mes y año, escrita en números arábigos. Elara tardó un par de segundos en comprender lo que veía, y cuando lo hizo se tapó la boca con la mano.
Era ayer.
La tinta de aquellas letras parecía húmeda todavía. Elara acercó un dedo, sin tocar, y notó el calor que desprendía el papel.
—Esto no puede ser —susurró.
El ardor de la muñeca se encendió con tanta violencia que le arrancó un gemido.
Se agarró el antebrazo con la mano derecha y se dobló sobre la mesa.
La espina, bajo su piel, se había vuelto de un negro más profundo.
En sus bordes asomaban filamentos oscuros, finos como cabellos, que se extendían un milímetro hacia la palma antes de retroceder.
Cerró el libro. Lo cerró de verdad, con ambas manos, y lo empujó al centro de la mesa. El ardor tardó unos segundos en ceder.
Se quedó con la frente apoyada en el brazo sano, respirando con la boca abierta. La luz de la ventana había cambiado y se había vuelto más amarilla; los ruidos de la calle subían con más fuerza. Miró el reloj del horno. Las once y veinte.
La tienda.
—Joder —dijo, y se puso de pie con tanta prisa que la silla se cayó hacia atrás.
Abrió a las doce menos diez, con casi dos horas de retraso.
Colgó el cartel de «Abierto», levantó la persiana, encendió las luces y se quedó un momento de pie en medio del pasillo central, escuchando la tienda.
Funcionaba con sus ruidos de siempre: el roce de la madera, la tos seca de una tubería, el reloj.
En el fondo, el rincón de la balda vacía seguía a oscuras. Elara evitó mirarlo.
Había traído el libro en la bolsa de tela.
No había podido dejarlo en casa. Tampoco sabía por qué, pero la idea de dejarlo solo en el apartamento, con Pimienta y con esas voces, le había resultado intolerable.
Lo guardó bajo el mostrador, envuelto en lino, en el cajón donde su tía escondía las botellas de vino dulce que creía que nadie sabía que existían.
La mañana fue larga. Entró una pareja de turistas que compró un mapa antiguo de la región y preguntó por los baños.
Una mujer con un cochecito que quería regalos para el cumpleaños de una sobrina.
Un hombre grueso, de bigote, que sacó un libro de la estantería de arte, lo hojeó diez minutos y lo dejó donde estaba sin decir palabra.
Elara los atendió a todos con una sonrisa que le dolía en las mejillas.
Cada vez que levantaba el brazo para alcanzar un volumen, el puño de la manga se le subía y la espina asomaba, y cada vez tiraba de la tela con un gesto brusco.
Hacia las tres dejó de llover del todo y apareció un sol enclenque, de invierno, que se filtraba por el escaparate y pintaba rectángulos pálidos sobre el suelo. Entró un repartidor con una caja de pedidos. Elara firmó, sin leer, con una letra que no reconoció como suya.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el repartidor—. Está un poco pálida.
—Mala noche.
—Se pasa con la tormenta. A mi madre le pasa. Dice que le baja el aire a los huesos.
—Sí. Eso debe de ser.
Cuando se fue, Elara se quedó sola otra vez.
Se sentó en el taburete detrás del mostrador y se frotó la cara con las dos manos.
Le escocían los ojos. Bajo la madera, a la altura de sus rodillas, notaba una vibración tenue, ligera, que no podía ser del libro y sin embargo lo era. Un pulso lento, parecido a un ronroneo.