La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 2 – Lo que dice la espina
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Capítulo 2 – Lo que dice la espina

Despertó con la boca seca y la sensación de haber pasado la noche entera hablando con alguien. No recordaba de qué. En la lengua le quedaba un regusto metálico, y en los labios, la forma de unas sílabas largas y blandas que se deshicieron en cuanto intentó retenerlas.

La luz de la mañana entraba gris y plana por la ventana.

La lluvia había parado, aunque los canalones seguían goteando sobre el alféizar con una cadencia irregular.

Elara se quedó tumbada un momento, mirando las manchas del techo, y comprobó el cuerpo por partes, igual que hacía de niña cuando se despertaba enferma: la cabeza pesada, la espalda tensa, los pies helados fuera de las mantas.

Entonces recordó la muñeca.

Levantó el brazo con la misma lentitud con que se abre una carta que se teme leer. Giró la mano hacia la luz.

Una línea negra le cruzaba la cara interna de la muñeca izquierda, del tamaño de la falange de un dedo.

Era delgada y ligeramente curva, ancha en la base y afilada en el extremo, con dos ramificaciones diminutas que salían de ella en ángulo.

Tenía la forma exacta de una espina de rosal.

Parecía grabada bajo la piel y no sobre ella, con una tinta tan oscura que se tragaba la luz del cuarto.

Alrededor, la carne conservaba un rosado tierno y sensible.

—No —dijo Elara.

Se sentó de golpe en la cama. Se frotó la marca con el pulgar de la otra mano, primero con suavidad y luego con fuerza, hasta que la piel se le puso roja y la uña le dejó una media luna blanca.

La espina no se movió ni se corrió. Latía.

Bajo el pulgar, notó un pulso pequeño y obstinado que no coincidía con el de su corazón.

Se levantó y fue descalza al cuarto de baño.

Abrió el grifo, dejó que el agua saliera fría y metió la muñeca bajo el chorro.

Se enjabonó con el gel de la ducha, con jabón de manos y con el estropajo suave que usaba para los platos, hasta que el agua le corrió rosa por el antebrazo.

Cuando cerró el grifo y se secó con la toalla, la espina seguía allí, nítida como un trazo de pluma sobre papel blanco.

—Un tatuaje —se dijo al espejo, con una voz que le sonó a la de un abogado defendiendo un caso perdido—. Alguien me lo hizo mientras dormía. Un tatuaje de tinta china. Ocurre.

El espejo le devolvió una cara de ojeras moradas y pelo revuelto, con los ojos demasiado abiertos. Elara apartó la mirada.

Fue entonces cuando oyó el primer susurro.

Procedía de la ventana del baño, o de detrás de la pared, o de ningún sitio.

Era una voz baja, sin dueño claro, que arrastraba las vocales como quien habla en sueños.

Dijo algo breve, una cadena de sonidos que no se parecía a nada que Elara hubiera estudiado.

Tenía consonantes que raspaba en la garganta y finales que subían y se quedaban suspendidos.

Se quedó inmóvil, con la toalla colgando de la mano.

El susurro volvió. Esta vez fueron dos voces, o una voz doble, que repetían la misma frase con una pequeña diferencia de tono, como si ensayarán.

Elara cerró el grifo, que ya estaba cerrado. Contuvo la respiración. En el piso de abajo, la tintorería no abría hasta las nueve, y a esa hora los únicos sonidos que subían por la escalera eran el zumbido de las máquinas y la radio de la dueña. Nada de eso se parecía a lo que estaba oyendo.

La frase se repitió por tercera vez, y fue entonces cuando Elara se dio cuenta de lo que más le heló la sangre.

Entendía lo que decía.

No se trataba de reconocer palabras sueltas, como cuando uno ha oído italiano suficiente para pescar un «grazie» o un «domani».

La frase llegaba a su cabeza ya completa, con su sentido puesto, sin pasar por ninguna traducción.

Y significaba, en un orden que el castellano no sabía respetar: la que regresó ha despertado .

—No —repitió, y esta vez la palabra salió casi como un ruego.

Salió del baño sin mirar atrás, cruzó el pasillo con la toalla todavía en la mano y entró en el comedor.

El bulto de lino seguía sobre la mesa de pino, en la misma posición, con los pliegues exactamente donde los había dejado. La lámpara estaba apagada. En el aire se notaba un olor tenue, que Elara reconoció con un vuelco del estómago, a jazmín.

Se detuvo a tres pasos de la mesa y esperó.

Las voces habían callado. El apartamento recuperó sus sonidos ordinarios, la nevera con su quejido eléctrico, el goteo del canalón, el tráfico lejano de la avenida.

Pimienta salió de debajo del sofá, se estiró con exagerada lentitud y le lanzó una mirada de reproche, a ver si ahora, por fin, alguien iba a prepararle el desayuno.

—Tú tampoco has dormido bien —le dijo Elara.

La gata maulló.

Elara le llenó el cuenco de pienso y le cambió el agua con gestos mecánicos, prestando mucha atención a cada uno, porque tenía la impresión de que si dejaba de concentrarse en las cosas pequeñas, las grandes se le echarían encima.

Puso el hervidor. Se preparó un café tan cargado que la cucharilla casi se sostenía de pie.

Se lo bebió de pie, junto a la ventana, sin apartar los ojos del bulto de lino.

A las ocho y media, cuando el café ya le había aclarado la cabeza lo justo para reconocer lo ridículo de su situación, marcó el número de su tía.

Sonó cinco veces. Seis. Elara estaba a punto de colgar cuando la voz de Ottoline respondió, algo jadeante, con el ruido del viento marino de fondo.

—¿Elara? ¿Todo bien?

—Sí. Bueno, no lo sé. —Se pasó la mano libre por el pelo—. Tía, necesito preguntarte una cosa y no quiero que te rías.

—No me río casi nunca por teléfono. La señal no lo permite.

—Anoche, cuando cerré, encontré un libro en el pasillo de Varios. Negro, encuadernado en cuero, sin título. No está en el registro. Lo he mirado de arriba abajo. ¿Lo recuerdas? ¿Alguien lo dejó para tasar, o…?

El viento al otro lado soplaba sin pausa. Elara esperó. Una gaviota gritó muy lejos.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Ottoline.

La voz había cambiado. Seguía siendo la de siempre, algo rasposa, algo amable, pero cada palabra salía pulida y plana, como las piedras de la playa.

—En mi casa.

—¿Lo has sacado de la tienda?

—Sí. No sé por qué. Me pareció… —Elara se mordió el labio—. Me pareció que debía hacerlo.

—Claro —dijo Ottoline, y el tono sonó lejano, casi para sí misma.

—¿Claro?

—Quiero decir que comprendo que te lo llevaras. Con la tormenta y todo. —Una pausa corta—. ¿Lo has abierto?

—Todavía no.

Otro silencio, y esta vez Elara lo oyó con claridad: una exhalación larga, de alivio o de resignación.

—Bien. No lo abras hasta que yo vuelva. Me adelanto el viaje. Estaré allí el domingo, quizá el sábado por la noche. Mientras tanto déjalo donde está y no lo muevas.

—Tía, ¿qué es ese libro?

—Un libro.

—Tía.

—Es un libro viejo, Elara, y los libros viejos a veces vienen con historias que ya no le sirven a nadie. —El viento arreció y la voz se cortó un instante—. No quiero que te preocupes por esto. Tú abre la tienda, atiende a los clientes, come algo caliente. Hablamos cuando vuelva.

—Me duele la muñeca.

Lo dijo sin pensar. Se arrepintió en el acto, porque el silencio que siguió fue distinto de los demás. No hubo respiración ni viento ni gaviota. Ottoline había dejado de hacer ningún ruido.

—¿Cuál? —preguntó por fin.

—La izquierda. Es un… un picor. Creo que dormí mal.

—Seguro que sí. —Ottoline se aclaró la garganta—.

Ponte hielo. Y no te toques nada que te produzca la sensación de que estás tocando algo más.

Quiero decir, no lo toques más de lo necesario.

Me tengo que ir, cariño, aquí hay una cobertura horrible y la dueña de la pensión me hace señas desde la puerta.

—Tía, no me estás contestando.

—Te contesto el domingo. Te quiero. Abre la tienda.

La línea se cortó.

Elara se quedó mirando la pantalla del teléfono, con la imagen de Ottoline entornando los ojos frente al mar en la esquina del contacto. Pulsó rellamada. Saltó el buzón de voz tras tres tonos. Probó otra vez y obtuvo el mismo resultado.

—Ni dueña de pensión ni nada —murmuró.

Ottoline era una mala mentirosa. Siempre lo había sido.

Cuando Elara tenía quince años y le preguntó si el abuelo se había muerto de verdad de una caída, su tía tardó tres segundos exactos en contestar que sí, con las manos muy quietas sobre el regazo.

Era un truco de quien no miente a menudo y se concentra en que no se le note.

Esta mañana, por teléfono, había usado el mismo truco.

Elara dejó el móvil sobre el brazo del sofá y volvió a mirar el bulto de lino.

«No lo abras hasta que yo vuelva».

Tendría que haberle hecho caso. Era lo razonable, lo prudente. Podía seguir la recomendación, vestirse, abrir la tienda, vender un par de novelas de bolsillo a clientes del viernes y esperar. Le quedaban tres días de ser una mujer sensata.

Pero la espina le palpitó en la muñeca como un dedo que llamara a una puerta.

Se sentó a la mesa. Apartó las cartas sin abrir y la taza del día anterior. Retiró el paño de lino con las yemas de los dedos, despacio, doblando cada esquina sobre sí misma.

El libro la esperaba, negro, con sus vetas verdosas en los bordes y el zarzal grabado en la cubierta.

Con la luz del día se veía más viejo: la piel agrietada en los cantos, una raspadura profunda cerca del lomo, manchas de humedad en la parte inferior.

El broche arrancado dejaba una herida de metal oxidado en la esquina.

Seguía tibio. Elara lo comprobó apoyando la palma abierta sobre la cubierta, con el corazón desbocado, y esperó la visión, el trono, los ojos de oro.

No vino nada. Solo el calor, constante y suave, igual al de un animal dormido.

—Vale —murmuró—. Vamos a hacerlo con calma.

Buscó guantes de algodón en el cajón del recibidor, de los que usaba para manejar ediciones frágiles, y se los puso. Después abrió la tapa.