Capítulo 1 – Tinta y ceniza #3
Pimienta apareció por el pasillo, una gata gris de mirada reprobatoria, y se detuvo a medio camino. Tenía el lomo erizado. Sus ojos verdes, fijos en la bolsa, se estrecharon hasta convertirse en dos rendijas.
—Hola, bonita —dijo Elara con una calma fingida—. Sí, lo sé, llego tarde. Hoy ha sido un día muy raro.
La gata soltó un bufido bajo y retrocedió hasta el dormitorio sin dejar de mirar la bolsa. Elara la vio desaparecer tras la puerta entreabierta y sintió una punzada en el estómago.
—Genial. Ahora hasta tú.
Colgó el abrigo empapado en el perchero y dejó las zapatillas junto al radiador. Llevó la bolsa hasta la mesa del comedor, pequeña, de pino claro, cubierta de cartas sin abrir y de una taza con restos de café de la mañana. Sacó el bulto envuelto en lino y lo depositó sobre la madera.
No lo desenvolvió.
Preparó té con manos lentas, atenta a cada gesto: llenar el hervidor, esperar el clic, verter el agua sobre la manzanilla, observar cómo el color se difundía en espiral.
Se sentó en el sofá con la taza entre las palmas, de cara a la mesa.
Desde allí veía el bulto blanco sobre el pino, pequeño y quieto bajo la luz de la lámpara.
Lo miró durante diez minutos largos.
Pensó en llamar a Ottoline. Su tía le había hecho prometer que llamaría.
Cogió el teléfono, desbloqueó la pantalla, buscó el contacto, y entonces imaginó la conversación.
«Tía, encontré un libro que no sé de dónde salió.
Lo toqué y vi un trono hecho de espinas y a un hombre que me odiaba».
Podía oír el silencio al otro lado, y luego la respiración de Ottoline, medida, cuidadosa, la de alguien que escoge sus palabras porque sabe más de lo que dice.
Dejó el teléfono en el brazo del sofá. Le escribió un mensaje breve: «Llegué bien. Mañana te cuento. Buenas noches». Lo envió sin leerlo dos veces.
La respuesta llegó casi enseguida. «Bien. Descansa. No dejes nada abierto».
Elara se quedó mirando esa última frase. Quizá Ottoline se refería a las ventanas. Quizá a la puerta. Ella decidió que se refería a las ventanas.
Se duchó con el agua lo más caliente que pudo soportar, hasta que el vapor llenó el cuarto de baño y le empañó el espejo.
Se secó con una toalla áspera, se puso una camiseta vieja de algodón y se cepilló los dientes sin mirarse.
Al salir, apagó las luces del comedor, una a una.
En la penumbra, el bulto de lino sobre la mesa parecía algo vivo que hubiera aprendido a quedarse inmóvil.
—Mañana —le dijo, sin saber muy bien a quién se lo decía.
En el dormitorio, Pimienta ocupaba su rincón habitual, sobre el baúl a los pies de la cama, pero esa noche se había enroscado de espaldas a la puerta, con las orejas pegadas a la cabeza.
Elara se metió bajo las mantas y apagó la lámpara de la mesilla.
La oscuridad la rodeó, tibia, y la tormenta golpeó una vez más los cristales antes de aflojar y convertirse en una lluvia sostenida, monótona, casi amable.
Cerró los ojos.
Vio las espinas negras. Vio el goteo oscuro entre ellas, la mano ensangrentada, el anillo de luz alrededor de una pupila que no parpadea. Los abrió de golpe y miró el techo hasta que se le acostumbró la vista a las manchas pálidas del yeso.
—Piensa en otra cosa —murmuró—. Piensa en la lista de pedidos. Piensa en el pedido de Hallworth. Piensa en bombillas.
Contó bombillas. Contó cajas de ediciones descatalogadas. Contó las campanadas que no sonaban de un reloj que no existía. Se estaba durmiendo cuando lo notó.
Primero fue una calidez leve en la cara interna de la muñeca izquierda, justo sobre la vena, como si alguien hubiera apoyado allí la yema de un dedo recién salido de una taza caliente.
Luego la calidez se afiló y se convirtió en un ardor fino, preciso, que latía a un ritmo propio, ajeno al de su corazón.
Elara levantó el brazo y lo acercó a la luz azulada que se filtraba por la ventana. La piel parecía normal. Quizá un poco más rosada, con un enrojecimiento tan sutil que podía deberse al agua caliente de la ducha, o a la manga del pijama, o a las ganas de encontrar una explicación.
—Una quemadura de la plancha del otro día —dijo, aunque llevaba semanas sin tocar la plancha.
El ardor pulsó otra vez. Más fuerte.
Se quedó un momento con el brazo en el aire, escuchando. Detrás de la pared del dormitorio, en el comedor, algo crujió. Un sonido pequeño, seco, el de un cuero viejo que se estira al calentarse.
Pimienta soltó un maullido largo, grave, sin enfado, casi un lamento.
Elara bajó el brazo y lo dejó sobre el pecho, con la muñeca pegada a la camiseta.
Cerró los ojos con fuerza. Se dijo que no había oído nada, que el ardor era cansancio y que la tormenta llevaba días poniéndole los nervios de punta.
Se dijo que por la mañana lo vería todo con otra luz, que desenvolvería el libro con las manos firmes, que buscaría en los registros de su tía y que todo tendría una explicación sencilla y aburrida.
El ardor latió bajo su piel, constante, paciente.
Elara lo ignoró con todas sus fuerzas, y la lluvia terminó por arrastrarla al sueño.