La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 1 – Tinta y ceniza #2
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Capítulo 1 – Tinta y ceniza #2

—Se lo habrá traído alguien —dijo—. Un cliente que lo dejó para tasar. Y se me olvidó.

Pero ella no olvidaba esas cosas. Era la única de las dos que anotaba hasta los libros que alguien dejaba en el buzón por la noche, y se lo había reprochado a su tía más de una vez con una mezcla de cariño y fastidio.

Una ráfaga sacudió la persiana. Las luces vacilaron, volvieron a encenderse y se sostuvieron con un zumbido grave.

Elara dejó el libro sobre el mostrador, bajo la lámpara de lectura, y lo miró.

Desde esa luz el cuero mostraba grietas finas, casi microscópicas, que le recordaron la superficie de un lago helado.

Los bordes de las hojas estaban teñidos de un rojo muy oscuro, del color de la sangre cuando se ha secado sobre la tela.

Debería haberlo dejado ahí. Escribir una nota, pegarla en la tapa, cerrar la tienda y volver al día siguiente con la cabeza despejada y café en el estómago.

En lugar de eso puso la palma de la mano sobre la cubierta.

El mundo se quedó sin sonido.

No hubo transición. La lluvia, el zumbido de las lámparas, el tictac del reloj sobre la caja, todo se apagó de golpe, como si alguien hubiera cortado un hilo, y en el lugar donde estaba la librería apareció otra cosa.

Un salón enorme, sin techo visible, con columnas que se perdían en un humo anaranjado.

El suelo era de piedra negra y húmeda, y bajo sus pies descalzos, porque de pronto estaba descalza, sentía una vibración lenta, un latido que subía desde muy hondo.

Al fondo, a lo largo de una escalinata de nueve peldaños, se alzaba un trono.

Estaba hecho de espinas.

Espinas negras, largas como antebrazos, curvadas hacia dentro y hacia fuera en un entramado cruel que formaba el respaldo, los brazos y el asiento. Entre ellas goteaba algo oscuro que no era agua. Olía a hierro y a ceniza mojada, y detrás de esos olores, muy tenue, a jazmín.

Había un hombre sentado en el trono.

Elara no pudo verle la cara de inmediato. Llevaba una corona de metal ennegrecido y la cabeza inclinada, con las manos relajadas sobre los reposabrazos de espinas, que no le hacían daño. Después alzó el rostro.

Tenía los ojos dorados.

No dorados en el sentido en que se habla de unos ojos marrones claros o color miel.

Eran de oro fundido, con un anillo más brillante en torno a la pupila, y la miraban directamente, con una atención que le recorrió la piel entera.

Una mandíbula afilada. Una boca firme, tensa, con una cicatriz fina que le partía el labio inferior.

El pelo negro le caía sobre la frente en mechones desordenados, y todo en él hablaba de cansancio, de siglos de estar despierto.

Pero lo que la dejó sin aire fue la expresión.

La odiaba.

Lo supo con una certeza animal, antes de pensarlo.

Aquel hombre la miraba con un odio íntimo, concentrado y antiguo, el que solo se siente por alguien a quien se ha conocido muy bien.

Los dedos de su mano derecha se cerraron despacio sobre una espina y la sangre le corrió por la palma sin que él parpadeara.

Movió los labios.

Elara no oyó la palabra, pero la sintió en el pecho, una vibración grave con la forma de su nombre.

Un trueno estalló sobre el tejado de la tienda y la devolvió de golpe.

Retiró la mano como si el cuero la hubiera quemado.

Tropezó hacia atrás, chocó con la estantería de las postales y se aferró a una balda para no caer.

Las lámparas parpadeaban otra vez. El reloj de pared marcaba las diez menos veinte.

La lluvia había recuperado su ruido, un estruendo enorme, casi insultante en su normalidad.

Jadeaba. Le palpitaba el corazón en los oídos, en las yemas de los dedos, en el hueco detrás de las rodillas. Se miró las manos y las encontró intactas, secas, sin rastro de sangre ajena. Tenía los pies dentro de las zapatillas.

—Vale —dijo con una voz que no reconoció—. Vale. Estás cansada. Has comido poco. Llevas tres semanas durmiendo mal.

El libro seguía sobre el mostrador, inmóvil. Su cubierta negra devolvía un reflejo apagado de la lámpara.

Elara se obligó a respirar por la nariz, contando hasta cuatro, como le había enseñado un terapeuta hacía años, cuando los ataques de pánico eran una visita mensual. Inspirar. Retener. Soltar. Se limpió el sudor frío de la frente con el dorso de la mano y comprobó que le temblaba.

Una visión. Una alucinación breve, producto del agotamiento y de una tormenta que ponía nerviosa a cualquiera. Eso era razonable. Eso era lo que le diría a una amiga si le contara algo así por teléfono.

Pero ninguna amiga habría mencionado el olor a jazmín.

Dio un paso hacia el mostrador. Después otro. El libro no se movió ni hizo nada, y su quietud casi le dio rabia. Elara extendió un dedo, solo uno, y rozó apenas la esquina de la tapa.

Nada. Cuero tibio, ni más ni menos.

—Esto no es normal —susurró.

Y sin embargo no lo dejó en el estante. No le pasó por la cabeza llamar a su tía y contarle lo ocurrido, ni escribir una nota y marcharse con la conciencia tranquila.

Lo que sintió fue una certeza incómoda, sin palabras, de que si ese libro se quedaba allí, solo, en la oscuridad de una tienda vacía, algo cambiaría.

Algo se movería en el fondo del local, y nadie estaría presente para verlo.

Era absurdo. Lo sabía mientras abría el cajón de debajo del mostrador y sacaba un paño de lino que Ottoline usaba para limpiar las ediciones más delicadas.

Lo sabía mientras envolvía el libro con cuidado, sin tocar directamente el cuero, y lo metía en la bolsa de tela que llevaba siempre en el hombro.

Lo sabía mientras apagaba las lámparas una por una, dejando para el final la del mostrador, y comprobaba el pestillo de la puerta trasera, que encajó a la primera, sin una queja.

Desde la puerta principal echó un último vistazo a la tienda a oscuras. Las estanterías se erguían en filas silenciosas. Al fondo, el rincón de la balda vacía seguía sin luz, y por un instante a Elara le pareció que la oscuridad allí era más profunda que antes, más densa, como la boca de un pozo.

Cerró con doble llave y bajó la persiana exterior.

La lluvia la recibió de frente.

Se subió la capucha y echó a andar por la calle Fenwick con la cabeza baja, esquivando charcos que ya eran arroyos.

El agua le empapó las zapatillas en el primer cruce.

Los farolillos de gas que el ayuntamiento conservaba por turismo temblaban sobre sus ménsulas de hierro, y su luz amarilla se partía en mil reflejos sobre los adoquines.

Olía a tierra mojada y a leña quemada en alguna chimenea lejana. No pasaba nadie.

Cada pocos pasos, Elara notaba el peso de la bolsa contra la cadera.

Era un peso desproporcionado para un libro de ese tamaño, y se acentuaba cuando ella aceleraba, como si el objeto tuviera opinión sobre su prisa.

Se cambió la bolsa de hombro. Después la sostuvo con ambos brazos contra el pecho, y el calor del cuero le atravesó la tela y la ropa y se le asentó sobre el esternón.

En la esquina con la calle de la Fuente se detuvo y miró atrás.

La calle estaba vacía, y aun así tuvo la sensación inconfundible de que alguien la había estado observando hasta ese preciso segundo. No una persona. Algo con más paciencia que una persona.

—Estás agotada —se repitió, y echó a correr los últimos cien metros.

Vivía en el segundo piso de un edificio estrecho, encima de una tintorería que cerraba a las seis y dejaba en la escalera un olor permanente a vapor y a jabón.

Subió los escalones de dos en dos, forcejeó con la cerradura hasta que cedió y se metió en el apartamento, donde cerró de un portazo y echó el cerrojo con una dureza que le hizo daño en la palma.

Se quedó de espaldas a la puerta, con el pecho subiendo y bajando.