La Corona de Espinas y Sombras
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Capítulo 1 – Tinta y ceniza
La lluvia llevaba tres horas golpeando el escaparate de Tinta sus manos sabían dónde iba cada cosa sin que ella tuviera que pensarlo, y esa ausencia de pensamiento era lo que más le gustaba del oficio. Le daba descanso.
Estaba a mitad del pasillo de Varios, ese cajón de sastre donde Ottoline metía lo que no encajaba en ninguna categoría, cuando se detuvo.
Había un libro donde no debía haberlo.
Lo vio de refilón, entre un tratado sobre apicultura y un atlas de constelaciones, un lomo oscuro, sin título, que sobresalía un par de centímetros más que sus vecinos.
Elara conocía ese pasillo palmo a palmo.
Había catalogado esa balda en agosto, con la libreta en una mano y un lápiz entre los dientes, y entonces ese hueco estaba ocupado por una colección de postales encuadernadas.
Alargó la mano y lo sacó.
Pesaba más de lo que parecía. La cubierta era de un cuero casi negro, con vetas verdosas en los bordes, y estaba tibia.
Eso fue lo primero que le llamó la atención: la tibieza.
Los libros de la tienda tenían la temperatura de la habitación, o la de la pared contra la que dormían.
Este conservaba el calor de una piel recién abandonada.
—¿De dónde has salido tú? —murmuró.
Le dio la vuelta. No había título en la tapa ni en el lomo, ni nombre de autor, ni sello de editorial.
El cuero tenía grabado un diseño tan gastado que apenas se distinguía: líneas que se cruzaban y se retorcían, formando algo parecido a un zarzal.
En la esquina inferior, una cicatriz de metal oxidado marcaba el sitio donde antes hubo un broche.
Elara frunció el ceño. Su tía anotaba cada compra en un libro de registro de tapas azules que guardaba bajo el mostrador, con una caligrafía apretada y un orgullo casi religioso por el orden. Si Ottoline hubiera adquirido este volumen, estaría ahí con fecha, procedencia y precio.
Dejó el carrito y fue hasta el mostrador con el libro apretado bajo el brazo.
Sacó el registro, lo abrió sobre la madera y pasó las páginas con el pulgar, primero las de este año, luego las del anterior.
Septiembre. Agosto. Julio. Una colección de mapas náuticos.
Un lote de primeras ediciones de poesía.
Un incunable dudoso que Ottoline había rechazado tras olerlo, literalmente, con el ceño fruncido.
Nada que se pareciera a un libro negro de cubierta tibia.
Retrocedió hasta el principio del año. Después, hasta el año anterior. Cuando llegó al tercer tomo del registro, que guardaba en un cajón con llave, ya había pasado casi media hora y los dedos le temblaban un poco por el cansancio y por algo más que no quiso nombrar.