La Jaula de Silas
Las semanas previas a la exposición fantasma en el MALBA fueron un crescendo de tensión y actividad frenética.
Laura, convertida en el epicentro del mundo del arte de Buenos Aires, manejaba a los lugartenientes de Volkov con la maestría de una titiritera.
David, por su parte, vivía una existencia esquizofrénica.
De día era Adrián Soto, el gris y eficiente analista de datos.
De noche, se convertía en Nadir, el arquitecto digital de la demolición de un imperio.
Y era en esas largas noches cuando se dedicaba a su segundo objetivo, el más personal: cazar a Silas.
Su guerra con Silas no era de fuerza bruta, sino de susurros digitales. David había colocado balizas en los servidores de Aethelred que no solo buscaban los datos de Volkov, sino que también monitorizaban la actividad de su teniente. Y una noche, encontró el patrón. El error.
Silas, en su arrogancia, creía que nadie vigilaría al vigilante.
Usaba la misma red encriptada de la empresa para gestionar un pequeño desvío de fondos.
Cifras aparentemente insignificantes, decimales redondeados de grandes transacciones que iban a parar a una cuenta fantasma en las Bahamas, una cuenta que no pertenecía al entramado de Volkov.
Era su propio plan de jubilación. Su traición.
David sonrió en la oscuridad del apartamento. Tenía el arma. Ahora solo necesitaba que otro apretara el gatillo.
—Lo tengo, Suizo —escribió en el canal encriptado—. Sé cómo traiciona a su amo. Pero no puedo ser yo quien lo exponga. Si Volkov me relaciona con esto, el juego se acaba.
—Entendido, Nadir —respondió la IA al instante—. Dame las coordenadas. Prepararé la munición. Tú solo elige el blanco.
El blanco era Kaito. El jefe de seguridad era el engranaje más leal de la organización de Volkov, un perro guardián fanático. Si Kaito descubría una amenaza interna, no actuaría por lógica, sino por puro instinto protector.
El plan era de una belleza malévola. David no le enviaría los datos a Kaito.
Eso sería demasiado sospechoso. En su lugar, a través de El Suizo, plantaron la información dentro del propio sistema de seguridad de Aethelred que Kaito auditaba diariamente.
Insertaron los registros de las transferencias de Silas en un archivo de registro de «intentos de intrusión fallidos», etiquetado como una anomalía de bajo nivel.
Parecería que la propia inteligencia artificial de seguridad de la empresa, al hacer un barrido rutinario, había detectado por casualidad el rastro de la traición de Silas.
Sería el propio sistema de Kaito quien le diera el soplo.
A tres días de la exposición en el MALBA, el lunes por la noche, el cebo quedó colocado en los servidores. David y Laura aguardaron el desenlace durante dos jornadas de asfixiante quietud, hasta que el miércoles por la tarde el sistema de vigilancia confirmó el movimiento.
La confirmación llegó a través de una cámara de seguridad que David había hackeado, con vistas a un discreto café en la Recoleta, uno de los lugares de reunión favoritos de Silas.
El miércoles por la tarde, vieron cómo llegaba el sedán de Silas.
Se bajó, elegante y confiado como siempre. Estaba esperando a un contacto.
Pero en lugar del coche esperado, dos Mercedes negros, idénticos, con los cristales tintados, aparecieron en la calle, bloqueando ambas salidas. Las puertas se abrieron. No eran matones. Eran hombres con traje, los samuráis corporativos de Kaito. El propio Kaito se bajó del coche principal.
Kaito no había actuado por un simple chivatazo: durante las cuarenta y ocho horas previas había cruzado los hashes criptográficos del informe con las órdenes de transferencia SWIFT reales de la firma en Zúrich.
La traición de Silas era matemáticamente irrefutable.
Sin mediar palabra ni alterar el pulso, Kaito le mostró a Silas la pantalla de una tablet donde parpadeaban los extractos de sus cuentas secretas en Bahamas.
Silas miró. Su rostro, por un instante, se descompuso en una máscara de incredulidad y pánico.
Intentó balbucear una coartada, dar un paso atrás, pero los hombres de Kaito lo rodearon con una finalidad implacable.
Lo escoltaron hasta el interior del vehículo sin un solo forcejeo visible.
Un minuto después, los coches se habían ido. La calle estaba vacía, como si nada hubiera pasado.
Esa noche, llegó un último mensaje de El Suizo.
—Kaito ha informado a Volkov de las desviaciones contables y la deslealtad probada de Silas —decía el mensaje—.
Ha sido desarmado, despojado de sus teléfonos y confinado bajo estricta custodia en una casa segura de la organización hasta que el propio Zar decida su destino tras la exposición.
Su red de extorsión en Europa ha quedado clausurada; Silas ya no volverá a acercarse a vosotros ni a Marcos.
La escolta cercana de Volkov está conmocionada por la purga interna, y Kaito tiene a la mitad de su equipo ocupado auditando las lealtades del personal. Ahora solo queda el rey. Procedan.
David borró el mensaje. Se giró hacia Laura.
Ya no estaban atrapados entre dos frentes.
Su camino hacia el zar estaba despejado.
Y lo habían limpiado haciendo que el propio imperio se devorara a sí mismo.
Había sido la jugada más limpia y sucia de toda su carrera. Estaban listos para la batalla final.