LA CORONA DE CENIZAS (SAGA ZENITH & NADIR nº 2) La Víspera de la Batalla
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La Víspera de la Batalla

Los días que siguieron a su regreso de la Patagonia fueron de una actividad frenética y silenciosa.

Laura, ahora armada con un prestigio casi místico en el círculo de Volkov, empezó a recibir visitas y llamadas de sus lugartenientes.

Alistair Finch, el banquero, la trató con un nuevo respeto.

Los otros «socios» del antiguo Consorcio querían conocer a la mujer que había cautivado al zar.

Ella los manejó a todos con una frialdad experta, prometiéndoles un acceso preferente a Códex a cambio de pequeños favores, de información, tejiendo su propia red de lealtades dentro del imperio de su enemigo.

Mientras tanto, David, armado con las contraseñas que el keylogger le enviaba cada vez que Volkov accedía a su servidor privado, comenzó la verdadera carnicería digital. No borró nada. Hizo algo mucho más sutil. Comenzó a alterar los datos.

David sintió un pensamiento cruzarle la mente: «No se trata de hacer desaparecer miles de millones con una varita mágica; un movimiento tosco dispararía los cortafuegos bancarios en segundos.

Mi trabajo es sembrar veneno invisible. Desvío las firmas de autorización en las cuentas fiduciarias de Aethelred para que cualquier intento de liquidar fondos durante la subasta requiera una clave de Finch que el sistema rechazará como duplicada.

Y en los balances que audita el consorcio suizo, hago coincidir los fondos de Volkov con desfalcos en los dividendos de sus propios socios.

Cuando Laura dé la señal en el MALBA, las transferencias se bloquearán por fraude en directo y los inversores verán en sus pantallas que Volkov los ha estado saqueando a sus espaldas».

Paralelamente, usaron su acceso para crear perfiles falsos que implicaban a cada uno de los socios de Volkov en una traición contra los demás.

Alimentaron a Finch con información que sugería que Kaito estaba vendiendo secretos a un cartel rival.

Le hicieron llegar a Kaito registros de llamadas manipulados que implicaban a Finch en una colaboración con la DEA.

Estaban convirtiendo su consejo de guerra en una casa de los espejos, sembrando la paranoia y la desconfianza.

La obra final fue «La Exposición Fantasma».

Reservaron el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) para una noche.

Invitaron a un selecto grupo de treinta personas: los diez socios más importantes de Volkov, sus principales rivales empresariales y varios periodistas financieros de renombre internacional.

Volkov estaría en el centro, el rey presidiendo la que creía que sería su mayor victoria.

El evento estaba programado. Las piezas estaban en su sitio.

El escenario para la matanza estaba listo.

David recibe un último mensaje de El Suizo antes de la exposición.

El Suizo: Hay un problema, Nadir. El servidor central de Volkov, el del panteón, tiene un protocolo «dead man's switch» (interruptor del hombre muerto).

Si intentas un borrado masivo o una transferencia no autorizada, todo el sistema se bloqueará y, peor aún, enviará una alerta con tu última ubicación conocida.

Solo se puede desactivar desde dentro, y para ello, necesito acceso total durante la operación, sin cortafuegos entre él y yo.

Lo convertiré en un ataque de un igual, un hackeo directo.

Nadir: ¿Qué significa eso para ti?

—Significa que mientras yo fuerce su núcleo para desactivar el protocolo, sus contramedidas atacarán mi arquitectura.

Tendré que incinerar mis granjas de servidores en Reikiavik y mis centros de datos en Zúrich para no dejar rastro alguno.

Toda mi red quedará destruida de forma irreversible.

El precio por entregaros las llaves será mi propia desaparición del mapa digital.

Consideradlo mi última jugada maestra. Aseguraos de que el espectáculo valga la pena.

Nadir: Lo entendemos. Y lo apreciamos. Gracias.

El Suizo: Una última cosa, antes de que desaparezca. Un cabo suelto. Quizás os interese saberlo.

Un archivo adjunto apareció en la pantalla de David. Era una fotografía. En ella, se veía a la joven actriz, Clara, visiblemente más delgada, pero con una leve sonrisa, sentada en la terraza soleada de lo que parecía ser un monasterio en los Alpes suizos. Sostenía un libro en su regazo.

—Buenas noticias —transmitió El Suizo junto a la imagen—.

Antes de que los hombres de Volkov intervinieran la clínica privada del lago de Como, un equipo de extracción médica financiado por mi red sacó a Clara y la trasladó a un centro de reposo y rehabilitación cerca de Zúrich.

La evaluación clínica preliminar es prudente: sus constantes vitales están estabilizadas y no se detectan secuelas motoras aparentes tras la sobredosis.

Los médicos señalan un cuadro reactivo de choque con una marcada laguna amnésica sobre los días del rodaje; no es un borrado selectivo definitivo, sino un mecanismo de defensa psicológico cuya evolución aún es incierta.

El equipo psiquiátrico ha desaconsejado someterla a interrogatorios o forzar la memoria de lo ocurrido.

Le esperan meses de terapia y convalecencia en los Alpes, pero está viva, a salvo y bajo custodia médica independiente, fuera del alcance del sindicato.

Consideradlo una pequeña victoria para los inocentes en esta guerra.

La única que tendréis. Ahora sí, adiós, Nadir.

David miró la foto de Clara, viva y a salvo.

Una pequeña y extraña sensación de alivio se abrió paso a través de su armadura de rabia y culpa.

Era cierto. Quizás era la única victoria limpia que obtendrían en todo este infierno.

Cerró la ventana de chat, borró el archivo y se concentró en la guerra.

La noche antes de la exposición, el apartamento era el centro de un huracán silencioso.

Los datos habían sido alterados, las traiciones sembradas.

David acababa de recibir el último y fatídico mensaje de El Suizo: el aviso del «interruptor del hombre muerto» y su inminente sacrificio digital.

El peso de la operación final era casi insoportable.

Laura entró en la sala de guerra. Llevaba el vestido plateado que usaría al día siguiente, haciendo una prueba final.

Parecía una diosa forjada en plata líquida, una valquiria lista para la batalla.

Pero para David, en ese instante, fue un recordatorio.

Vio en ella a la mujer que había caminado por el coto de caza de Volkov, a la mujer cuyo perfume, por un instante, se había mezclado con el del enemigo.

—Estás lista —dijo él, su voz más seca de lo que pretendía.

—Estamos listos —corrigió ella, sintiendo la extraña frialdad en su tono. Se acercó a él—. ¿Qué pasa, David?

—Mañana. Cuando estés ahí fuera. Con él —comenzó David, sin poder mirarla a los ojos—. Él te tocará. Te sonreirá. Jugará su papel de mecenas seducido. ¿Podrás soportarlo?

—Soy una profesional. Puedo soportar cualquier cosa. Es una actuación. Ya lo sabes —respondió ella, aunque la frialdad de su voz delataba una herida.

—Sí. Lo sé. Mi cabeza lo sabe. —David finalmente la miró, y sus ojos estaban llenos de una tormenta de celos y miedo que lo avergonzaba—. Pero... no sé si yo podré soportarlo. Verlo en los monitores. Ver su mano en ti. No sé si podré separar al estratega del marido.

La confesión fue una grieta en su armadura de Nadir. Era el David vulnerable, herido por el beso en la Patagonia, saliendo a la superficie en el peor momento posible.

Laura lo miró. Por un momento, una respuesta airada acudió a sus labios. «¿Aún estás con eso? ¿Ahora?». Pero vio el terror genuino en su rostro, el miedo a su propio descontrol. Y la estratega en ella, fría y lúcida, tomó una decisión.

—Entonces no me mires a mí —dijo, su voz tranquila y firme, como la de una cirujana antes de una operación—.

No me mires. Mañana por la noche, no soy tu mujer.

Soy tu arma. Y tú eres mi soldado. Olvídate de mí.

Concéntrate en Javi. En su mano. Concéntrate en la venganza que le debemos. El resto es ruido. ¿Entendido?

David asintió, aunque la tormenta dentro de él no se había calmado.

El pacto estaba hecho, pero la grieta, esa noche, era más visible que nunca.

Se fueron a dormir a habitaciones separadas, no por rabia, sino por pura necesidad táctica: para mantenerse afilados, para no contaminar la misión con la fragilidad de su propio corazón herido.