LA CORONA DE CENIZAS (SAGA ZENITH & NADIR nº 2) La Traición Íntima
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La Traición Íntima

Laura regresó a Buenos Aires. La victoria en la Patagonia se sentía hueca, ceniza en la lengua.

El sabor del beso de Volkov era un veneno que no podía purgar de su memoria.

David la recibió en la puerta del apartamento.

No había hablado en dos días; simplemente había seguido su punto verde en el mapa satelital, cada parpadeo un latido doloroso de su propio corazón ansioso.

Cuando la vio cruzar el umbral, la tensión acumulada en su cuerpo se rompió en un torrente de alivio.

La abrazó con una fuerza desesperada, hundiendo su rostro en el pelo de ella, buscando el aroma familiar de su hogar.

La necesitaba, no como Nadir necesita a Zenith para una misión, sino como un hombre necesita aire para respirar.

La atrajo hacia sí para un beso, no de pasión, sino de pura necesidad, de anclaje a la única realidad que le importaba.

Pero en el instante en que sus labios se tocaron, se congeló.

Retrocedió un paso, su expresión transformándose, el alivio evaporándose como la lluvia en el asfalto caliente, reemplazado por una mueca de dolor desconcertado.

—Hueles a él —dijo, y su voz no fue una acusación.

Fue un susurro roto, la constatación de un sacrilegio.

Olía a su colonia cara de cuero y tabaco, un perfume que ahora estaba grabado en su memoria olfativa como el olor a pólvora.

Olía a su coñac. Olía a su poder. Un fantasma invisible se había colado entre ellos.

—Hice lo que tenía que hacer —respondió Laura, su voz una lámina de hielo que apenas contenía el temblor de la herida por debajo. Su rostro era una máscara impasible de Zenith, pero sus ojos eran pozos de una desolación agotada.

—Lo sé —dijo David. Y ese era el verdadero infierno. Su cerebro, el de Nadir el estratega, lo sabía. Comprendía la táctica, la necesidad, el sacrificio. Pero su cuerpo, su instinto, reaccionaba a la profanación. El santuario de su intimidad había sido invadido por la marca del enemigo.

Esa noche, el espacioso apartamento se volvió tan vasto y frío como la estepa patagónica.

Sin una palabra, David tomó una almohada y una manta del armario y se dirigió al sofá.

Laura lo observó, el corazón encogido. No era rabia lo que los separaba, era algo mucho peor: una mancha.

David durmió en el sofá no porque la culpara, sino porque tumbarse a su lado se sentía como meterse en la cama con el monstruo que intentaban destruir.

Sola en la penumbra, Laura se forzó a levantar una coraza mental contra su propio dolor: «No lo entiende —se repitió con rabia fría, intentando anestesiar la herida—.

Cree que esto es solo una profanación, pero era la única arma que teníamos.

He puesto mi cuerpo, mi mente y mi asco para inyectar el veneno en el corazón del enemigo.

Si no puedo apoyarme en su comprensión ahora, tendré que sostenerme sola.

La misión es lo primero. Siempre». Sabía que era un pensamiento injusto, un blindaje para no romperse, pero en esa noche oscura era lo único que evitaba su desmoronamiento.

La primera grieta real en su alianza no la había abierto Volkov. La habían abierto ellos mismos. Y ninguno de los dos sabía cómo cerrarla.