La Directora y el Monstruo
La última noche, la noche de la prueba definitiva, Volkov la condujo a su biblioteca privada después de la cena.
Era una sala circular, con las paredes revestidas de volúmenes antiguos encuadernados en cuero, del suelo al artesonado de roble.
En el centro, sobre un escritorio de nogal macizo, descansaba un único terminal de alta gama, completamente aislado de internet.
—Confío en muy poca gente, Frau Weiss —dijo Volkov con voz pausada—.
Por eso mi legado y mis archivos más sensibles no residen en Zúrich ni en Londres.
Están aquí, en mi red local. La única forma de demostrarme que es usted digna de custodiar la obra de Códex, y de convertirse en mi socia más cercana, es compartiendo un secreto conmigo. Un secreto auténtico.
La dejó a solas frente al equipo. El Suizo le había advertido de que los registros de auditoría local de esa máquina no perdonaban errores; no había margen para un ataque frontal.
Laura extrajo la memoria USB encriptada y la conectó.
Cargó una serie de imágenes inéditas de Julián Códex junto a un manifiesto manuscrito cuya autenticidad resultaba irrebatible para los estándares del oligarca.
Al salir de la biblioteca, Volkov la esperaba en el salón principal, de espaldas a los ventanales que daban a la noche patagónica, con dos copas de coñac en la mano. Su mirada era densa, evaluadora, despojada de cualquier cortesía social.
—Ha demostrado tener criterio y audacia —dijo él, ofreciéndole una copa—. Me ha entregado algo que el dinero no puede comprar: confianza.
—Mi artista jamás negocia con otra moneda —respondió ella, sosteniendo la copa con ademán sereno.
Volkov dio un paso al frente, acortando el espacio hasta romper cualquier distancia prudencial.
El aroma de su colonia —cuero seco, tabaco y una nota acre de dominio— envolvió a Laura como una niebla fría.
El oligarca alzó la mano y sus dedos ásperos rozaron la línea de su mandíbula.
Durante una fracción de segundo, el pánico animal amenazó con quebrar el pulso de Laura, pero se aferró a la máscara de Zenith: desconectó sus nervios, se observó desde lo alto como una directora que supervisa una escena peligrosa.
—Creo que ha llegado el momento de dejar de hablar del artista —susurró Volkov— y empezar a hablar de la mujer.
La besó. No hubo ternura ni galantería: fue un acto de posesión premeditado y duro.
Sus labios eran finos y fríos; su boca sabía a alcohol añejo, a humo y a una autoridad que no toleraba resistencia.
Sintió el roce invasivo de su lengua buscando forzar la sumisión de su boca.
Laura apretó las uñas contra la carne viva de sus palmas para sofocar la náusea que le subía por el esófago.
Sostuvo el contacto con una frialdad matemática, sin ceder ni retroceder, y se deslizó hacia un lado con una leve inclinación de cabeza antes de que él pudiera avanzar más.
—Todo a su debido tiempo, Dimitri —dijo, pronunciando su nombre de pila con calculada intimidad—. El arte, igual que el poder, exige paciencia. La muestra en Buenos Aires será en unos días. Entonces cerraremos los términos definitivos.
Lo dejó allí, desconcertado ante una resistencia que rozaba la promesa.
Pero en cuanto cruzó el umbral de su suite y atrancó la puerta, el armazón de Zenith se quebró.
Corrió al cuarto de baño y se desplomó sobre el lavabo, sacudida por arcadas violentas y secas que le quemaban la garganta.
Abrió el grifo y se restregó los labios con jabón una y otra vez, frotándose con desesperación hasta que la piel le ardió.
Al levantarse, su reflejo en el espejo la sobrecogió: tenía las mejillas encendidas, la respiración entrecortada y, en el fondo de sus pupilas, un brillo frío y glacial que la hizo estremecerse. Se estaba mimetizando con los mismos monstruos a los que pretendía abatir.
Para arrancarse aquella ponzoña del cuerpo, Laura cerró los ojos con fuerza y buscó su único ancla posible: David.
Evocó la calidez de su voz en la terraza de Lisboa, el roce honesto de sus labios en Oporto, el modo en que sus cuerpos se encontraban no para dominar ni someter, sino para reconocerse y salvarse.
Llevó sus dedos temblorosos hacia su propia intimidad.
Al principio su cuerpo estaba contraído, helado por el asco y el rechazo.
Pero continuó acariciándose con insistencia, sobreponiendo con furia el recuerdo de su marido sobre la sombra del oligarca.
Repitió el nombre de David como un rezo pagano contra la invasión de Volkov.
El orgasmo llegó como una sacudida eléctrica, desgarrada y amarga: una convulsión física de pura expulsión que le arrancó un gemido sordo entre dientes.
No fue placer, sino un exorcismo que la devolvió a su propia carne, limpiando el rastro del depredador.
Se dejó caer unos instantes contra el mármol, respirando hondo.
Tenía las llaves del sistema de Volkov en sus manos, pero la batalla final estaba a punto de desatarse.