LA CORONA DE CENIZAS (SAGA ZENITH & NADIR nº 2) El Coto de Caza Privado
81%

El Coto de Caza Privado

El jet privado de Volkov era un santuario de cuero blanco y caoba pulida.

Mientras sobrevolaban las vastas y desoladas llanuras de la Patagonia, Laura no sentía miedo, sino una claridad helada.

Estaba repasando en su mente los mapas de la estancia, los perfiles del personal, los protocolos de seguridad que El Suizo había logrado extraer.

Cada sonrisa, cada palabra que dirigiría a Volkov, estaba ya ensayada.

Era Zenith preparándose para su última gran función.

La estancia, «El Último Refugio», era una fortaleza de piedra y madera en medio de la estepa, con vistas a las cumbres nevadas de los Andes.

El Suizo le había proporcionado bocetos preliminares de la finca obtenidos por satélite, pero sobre el terreno la realidad era mucho más hostil: el perímetro no dependía solo de cámaras, sino de patrullas con perros adiestrados y zonas muertas sin cobertura donde cualquier plan de emergencia quedaría ciego.

—Bienvenida a mi pequeño rincón del mundo, Frau Weiss —dijo, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos de reptil—. Aquí el aire es más puro. Las mentiras se las lleva el viento.

El fin de semana fue un perverso ballet de poder.

Por el día, montaban a caballo por la estepa.

Volkov cabalgaba con la soltura de quien domina la tierra.

Durante el recorrido, Laura intentó memorizar las garitas y los puestos de radio, pero la seguridad impuso restricciones inmediatas: dos guardias armados con perros adiestrados les cortaron el paso en el linde norte, recordando que el sector de los generadores y las antenas permanecía bajo protocolo de exclusión absoluta incluso para los huéspedes.

Más tarde, al fingir un extravío casual hacia el pabellón técnico, el cambio inesperado en la ronda de vigilancia obligó a Laura a retroceder a tiempo para no ser descubierta.

El terreno real desmentía los bocetos satelitales de El Suizo: cualquier paso en falso la dejaría incomunicada y a merced del oligarca.

Laura pensó para sus adentros: «Me está hablando a mí, no del ciervo.

Me está probando, mostrándome sus garras.

Quiere ver si me estremezco. No sabe que mientras él me enseña a cazar, yo estoy memorizando la topografía de su reino, el temblor de sus manos cuando cree que no lo miro, la forma en que su personal le teme y le odia».

Por la noche, cenaban frente a una chimenea crepitante. Bebían vinos carísimos y discutían de filosofía y de arte. La conversación era un duelo, cada frase una estocada calculada.

—Su artista, Códex... me recuerda a un lobo que tuve una vez —dijo Volkov una noche, haciendo girar el coñac en su copa—. Indomable. Salvaje. Hermoso en su ferocidad. Tuve que matarlo, por supuesto. Algunas cosas son demasiado puras para ser enjauladas. Solo se las puede poseer en la muerte.

Laura sostuvo su mirada sin pestañear.

—Quizás no era el lobo el que debía morir, señor Volkov —respondió, su voz suave como el terciopelo—. Sino el hombre que fue tan arrogante como para creer que podía poseer su alma con una jaula. Julián Códex no pinta para ser poseído. Pinta para que otros reconozcan su propia oscuridad en la suya.

Volkov se echó a reír, un sonido seco, sin alegría.

—Es usted una mujer fascinante, Frau Weiss. Peligrosamente fascinante.

Esa noche, al escuchar el crujido de la leña apagándose en la chimenea de la estancia, Laura comprendió que el anzuelo estaba clavado. Solo restaba aguardar a que Volkov tensara la línea.