LA CORONA DE CENIZAS (SAGA ZENITH & NADIR nº 2) El Olor del Miedo
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El Olor del Miedo

La prueba llegó el viernes de su segunda semana. David —Adrián Soto— estaba trabajando hasta tarde, aprovechando que la oficina estaba casi vacía para lanzar un ataque de fuerza bruta más agresivo sobre un servidor protegido. Estaba tan concentrado que no oyó la puerta de su despacho abrirse.

El olor llegó primero. Un olor sutil pero inconfundible. Una colonia cara con notas de cuero, tabaco y algo metálico, casi como la sangre. El mismo olor que había percibido en la villa del Lago Como justo antes de la «sobredosis» de Clara. David se congeló, sus dedos suspendidos sobre el teclado.

Lentamente, se giró en su silla.

Kaito estaba de pie en el umbral, bloqueando la salida. No llevaba su habitual atuendo de guardaespaldas. Vestía un traje a medida, elegante y oscuro. Pero sus ojos eran los mismos: dos fragmentos de obsidiana, vacíos de cualquier emoción. En una mano sostenía una taza de café.

—Señor Soto —dijo Kaito, su voz un murmullo suave que no encajaba con la violencia latente de su cuerpo—. Trabaja usted hasta tarde. Un hombre dedicado. Al señor Finch le gusta la dedicación.

David sintió un pensamiento cruzarle la mente: «Aquí está. La prueba. No respires. No muestres miedo. Eres Adrián. Un puto ratón de oficina. El miedo es normal para ti. Usa el miedo».

David se quitó las gafas, frotándose los ojos con un gesto de cansancio fingido.

—Ah, señor Kaito. Me asustó. Sí, bueno, este algoritmo es... un pequeño monstruo. Intento desenredarlo antes del lunes.

—Ya veo —Kaito entró en el despacho, moviéndose con una gracia silenciosa y depredadora. Dejó la taza sobre la mesa de David—. Le he traído un café.

Parece que lo necesita.

David miró la taza. Podría tener veneno. Podría tener un sedante. Era un movimiento de ajedrez. Una oferta de tregua o una trampa.

—Gracias, es muy amable —dijo David, forzando una sonrisa nerviosa—. Justo lo que necesitaba.

Kaito no se movió. Se quedó de pie, a un metro de su escritorio, observándolo. Su mera presencia era una tortura psicológica. David podía sentir el zumbido de su portátil, descargando datos en segundo plano. Necesitaba que Kaito se fuera.

—El señor Finch ha revisado su perfil, señor Soto —continuó Kaito—. Es usted un hombre muy... discreto. Un pasado limpio. Sin familia, pocos amigos. Un fantasma, casi. Nos gustan los fantasmas. No hacen ruido.

—Bueno, supongo que soy un hombre aburrido —dijo David, intentando una risa nerviosa que sonó patética, justo como quería—. Mi vida son los números.

Kaito se inclinó ligeramente, su rostro acercándose al de David. El olor a colonia se intensificó.

—Mire, todos tenemos un pasado, señor Soto. Un precio. Un punto débil. A veces, la gente viene a esta ciudad huyendo de algo. Buscando una nueva oportunidad. Nos aseguramos de que las personas que trabajan aquí no traigan sus... problemas... con ellos.

Fue entonces cuando Kaito hizo su movimiento. Su mano, increíblemente rápida, se lanzó hacia adelante y agarró la de David, la que tenía las heridas mal curadas de la pelea con el lienzo. Kaito no apretó. Simplemente sostuvo sus dedos, su pulgar rozando los nudillos amoratados y raspados de David.

—Parece que se ha metido usted en una pelea, señor Soto —dijo, su voz todavía un murmullo, pero ahora con un filo de acero—. O se ha caído por las escaleras. Varias veces. ¿Es usted torpe?

El corazón de David se detuvo. Cada fibra de su ser gritaba que se zafara, que contraatacara, que le clavara un bolígrafo en el ojo. Pero él era Adrián Soto. Y Adrián Soto era un cobarde.

Soltó un gritito agudo, un sonido de pura humillación. Retiró la mano como si quemara.

—¡No, no! Es... es estúpido. El fin de semana. Montando un mueble de Ikea. Soy... soy un desastre con las manos —balbuceó, el sudor frío perlaba su frente. La actuación era perfecta, porque el terror que sentía era completamente real.

Kaito lo observó durante un largo, larguísimo segundo. Y entonces, para sorpresa de David, una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.

—Un mueble de Ikea —repitió, como si saboreara la absurda banalidad de la mentira—. Tenga más cuidado, señor Soto. Las manos son importantes para su trabajo.

Se enderezó.

—Bébase el café. Buenas noches.

Y con la misma rapidez silenciosa con la que había aparecido, se fue, dejando a David solo, temblando en su silla.

El café seguía humeando sobre la mesa, una ofrenda o una advertencia.

David se quedó mirando la puerta vacía, con el corazón martilleando contra sus costillas.

No sabía si acababa de pasar la prueba o si acababa de firmar su sentencia de muerte.

Pero una cosa era segura: la bestia lo había olido.

Y ahora, el olor del miedo estaba impregnado en cada rincón de esa oficina.