LA CORONA DE CENIZAS (SAGA ZENITH & NADIR nº 2) Nadir en la Sombra
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Nadir en la Sombra

Mientras Laura tejía su red de arte y misterio, David se sumergió en las profundidades grises del mundo financiero.

Se convirtió en Adrián Soto, un analista de datos freelance con un currículum impecable (fabricado por El Suizo) y una especialización en mercados de alto riesgo.

Su objetivo: Alistair Finch, el cerebro financiero de Volkov, el hombre que lavaba su fortuna a través de la impenetrable maraña de Aethelred Capital.

El Suizo le había encontrado una puerta de entrada.

Un puesto de consultor temporal para auditar los algoritmos de seguridad de la firma.

Era una misión de infiltración de alto nivel.

Adrián Soto no podía tener el carisma de Nadir ni la presencia de David.

Tenía que ser invisible. Un hombre gris, eficiente, obsesionado con los números.

El tipo de persona que nadie mira dos veces en un ascensor.

Se cortó el pelo, se puso unas gafas de montura de metal sin graduación y adoptó un armario de trajes grises y corbatas aburridas.

Practicó frente al espejo, borrando cualquier rastro de la intensidad de su mirada, adoptando una postura ligeramente encorvada, la de un hombre que pasa más tiempo con las pantallas que con las personas.

Su primer día en las oficinas de Aethelred en el corazón de Puerto Madero fue una lección de claustrofobia corporativa. Torres de cristal, silencio roto solo por el tecleo de los teclados, jóvenes tiburones financieros con camisas de mil dólares y miradas vacías.

Su trabajo real no era auditar nada. Su portátil, proporcionado por El Suizo, era un troyano.

Mientras fingía analizar códigos, el dispositivo mapeaba la red interna de la compañía en busca de la «Caja de Pandora»: el servidor no oficial donde Finch guardaba los registros de blanqueo de Volkov.

Sin embargo, la infiltración distaba de ser un paseo automático: un sistema de doble factor dinámico con llaves criptográficas físicas obligaba a David a sincronizar sus escaneos con los descansos de Finch, arriesgando su cobertura con cada minuto que permanecía conectado.

David sintió un pensamiento cruzarle la mente: «Es irónico.

Odié mi vida como funcionario municipal, sentía que me ahogaba en la mediocridad.

Y ahora, para destruir a un monstruo, tengo que volver a ser ese hombre gris, ese fantasma en la maquinaria.

Cada sonrisa falsa al jefe de departamento, cada conversación de ascensor sobre el clima, es una actuación.

Pero no es una sola actuación, son dos. Estoy engañando a todo este enjambre financiero, pero por encima de ellos, mi verdadero público es Volkov, un dios lejano al que le vendo un mito.

Y a mi lado, susurrando en la sombra, está Silas, que conoce mi verdadero nombre y vigila cada paso, esperando el menor tropiezo de Adrián Soto para devorarnos».

Pasó días en ese infierno de cristal, bebiendo café malo y comiendo sándwiches de plástico en su escritorio.

Pacientemente, tejía su red digital, evitando los firewalls, colocando balizas invisibles, acercándose a su objetivo.

Cada noche, volvía al apartamento y se quitaba el disfraz de Adrián Soto como si se arrancara una piel muerta.

Volvía a ser David, el marido que esperaba a que su esposa volviera del teatro, el hombre cuyos nudillos aún dolían por la furia, el amigo consumido por la culpa.

La dualidad lo estaba destrozando, pero también lo estaba afilando.

Adrián era su escudo; Nadir, la daga que mantenía oculta.

Sabía que lo observaban. Sabía que Kaito, el silencioso verdugo de Volkov, estaría a cargo de la seguridad.

No sabía cuándo ni cómo, pero sabía que la prueba llegaría.

Y cada día que pasaba en esa oficina, fingiendo ser nadie, se preparaba para el momento en que tendría que demostrar que era el hombre más peligroso de la habitación.