La Musa del Oligarca
El dolor por Javi se solidificó en una fría y metódica furia.
Mientras El Suizo lo evacuaba del país en un avión medicalizado hacia una clínica privada en Suiza, prometiendo la mejor reconstrucción quirúrgica que el dinero pudiera comprar, David y Laura pusieron en marcha su nuevo y terrible plan.
Sabían que el ataque a Finch y la infiltración de David tomarían tiempo.
La primera pieza que debían mover en el tablero era el cebo, la leyenda de Julián Códex.
Debían atraer la mirada del Rey mientras sus peones se movían por las sombras.
El ataque de Silas, paradójicamente, les había dado la excusa perfecta.
«Frau Weiss» (Laura), usando la identidad de la fría galerista suiza, envió un comunicado a una selecta lista de críticos de arte y coleccionistas (contactos filtrados por El Suizo). El mensaje era una obra maestra de la manipulación.
“Con profundo pesar, lamento informarles de un brutal acto de vandalismo en nuestra nueva galería en Buenos Aires.
Un grupo de criminales irrumpió en nuestras instalaciones, no para robar, sino para destruir.
Destruyeron varias de las primeras obras que nuestro nuevo artista, el elusivo Julián Códex, había creado.
Afortunadamente, mi socio y el personal presente sufrieron solo heridas leves, y la pieza central de la colección se salvó.
Este ataque no nos intimidará. Al contrario, nos reafirma en nuestra misión.
Confirma que el arte de Códex es peligroso, que provoca una reacción visceral, que es una verdad tan potente que algunos prefieren destruirla a enfrentarla.
Por seguridad, la obra completa será trasladada a una cámara acorazada en Zúrich.
Sin embargo, no cederemos ante la barbarie.
Celebraremos una única y exclusiva exhibición privada, solo por invitación, para aquellos pocos coleccionistas que tienen el valor y la visión de entender un arte que sangra. ”
El comunicado fue una bomba. En menos de 24 horas, el nombre de Julián Códex estaba en boca de todo el círculo del arte de lujo. La historia tenía todos los ingredientes del mito: un artista fantasma, una obra violenta, censura, peligro.
El Suizo, mientras tanto, se aseguró de que el rumor llegara a los oídos adecuados.
La «exhibición fantasma» se convirtió en el evento más codiciado y exclusivo del año.
Y como esperaban, uno de los primeros en solicitar una «invitación privada» a través de un intermediario fue el propio Dimitri Volkov.
Laura aceptó la solicitud, pero con condiciones.
«Frau Weiss» respondió al intermediario con una frialdad calculada: “Mi artista es... particular. Desconfía de los coleccionistas que solo ven el arte como una inversión. Necesita sentir una conexión, un alma gemela en la oscuridad. El Sr. Volkov es bienvenido a la exhibición, por supuesto. Pero para ganarse la confianza de Códex y tener derecho a pujar por su obra maestra, tendrá que demostrar que entiende su lenguaje. Sugiero una conversación preliminar. No sobre negocios. Sobre el alma.”
Era una jugada audaz. No estaba vendiendo arte, estaba vendiendo intimidad, un acceso exclusivo a la mente del genio. Estaba construyendo un misterio del que ella era la única sacerdotisa.
El estudio de Volkov en el piso veintisiete del edificio de Puerto Madero era un santuario de silencio artificial.
Las paredes estaban forradas de paneles de roble oscuro que absorbían el zumbido de la ciudad como esponjas de lujo.
Sobre la mesa de caoba, un vaso de vodka con una sola cubita de hielo que ya se había derretido.
Junto al vaso, el teléfono. Apoyado boca abajo, como quien no quiere saber la hora que es.
Volkov no miraba el río. Miraba un lienzo pequeño que había comprado en una subasta privada en Londres quince años atrás: un estudio de Francis Bacon, carne deformada por la urgencia de decir algo que no tenía palabras.
La carne del cuadro se retorcía en espirales de grasa violácea y hueso expuesto, y a Volkov le recordaba algo que prefería no recordar.
O quizás era exactamente eso: le recordaba lo que prefería recordar.
Junto al lienzo, sobre una repisa baja de mármol, descansaba un pequeño marco de plata deslustrada con una fotografía antigua: una niña rubia de doce años en un embarcadero del golfo de Finlandia, de mirada seria y desconfiada, tomada el verano antes de que su madre huyera con ella para borrar su rastro.
Era el único vestigio tangible de una vida en la que Dmitri Volkov aún no había aprendido a calcular el mundo en cifras.
El teléfono vibró. Una vez. La pantalla mostró un nombre: Katerina. No un apellido. Solo Katerina. La hija que había elegido el apellido de su madre cuando cumplió dieciocho y que desde entonces no había vuelto a pronunciar el suyo.
Contestó al tercer intento. Su voz era un mecanismo bien aceitado: baja, controlada, con apenas un rastro de acento ruso que desaparecía cuando hablaba en inglés.
—Papá.
Una sola palabra. Ni «hola» ni «cómo estás». Solo «Papá», como quien pronuncia el nombre de una enfermedad.
—Katerina. Qué gracia verte en mi pantalla.
Silencio. Luego:—Mamá murió ayer.
Volkov no se movió. Su mano, sin embargo, se cerró alrededor del vaso de vodka con una fuerza que hizo crujir el cristal.
No era dolor lo que sentía. Hacía tiempo que había enterrado cualquier sentimiento por la mujer que había compartido su vida durante doce años y que lo había dejado cuando entendió de qué estaba hecho.
Era algo más viejo y más feo: la certeza de que la muerte de esa mujer era también la muerte de la última persona en el mundo que lo había conocido antes de que se convirtiera en esto.
—Lo sé —dijo—. Lo supo antes que yo, probablemente.
—No vine a contártelo. Vine a decirte que no iré al funeral. Y que no quiero nada tuyo. Nada.
—Lo entiendo.
—No lo entiendes. No puedes entenderlo. Tú no entiendes lo que es que alguien te construya desde cero y luego descubras que el andamiaje era una jaula.
La llamada terminó con un clic seco. Volkov dejó el teléfono sobre la mesa.
Se quedó mirando el Bacon durante un largo rato.
La carne retorcida del cuadro parecía menos monstruosa que su propia mano sobre el cristal agrietado del vaso.
Se sirvió otro vodka. No para olvidar: Dimitri Volkov no olvidaba nada.
Sino porque el vodka era lo único que hacia que el silencio de su piso veintisiete pareciera algo elegido y no impuesto.
Cuando minutos después sonrió al recordar que tenía una cita en el Teatro Colón con una mujer que le recordaba a lo que ya no podía ser, esa sonrisa era la más honesta que había producido en años. Y eso lo hizo más peligroso que nunca.
La respuesta de Volkov llegó en menos de una hora: una invitación para que «Frau Weiss» se uniera a él en su palco privado en el Teatro Colón para una representación de Tosca.
Laura observó la invitación sobre la mesa. Tosca en el Teatro Colón: la historia de una artista atrapada en la red de un tirano policial. Volkov creía estar eligiendo la banda sonora de su conquista, pero ignoraba que en esa función los papeles ya habían sido redistribuidos.
Se preparó para el encuentro con la precisión de un francotirador.
Eligió un vestido negro, severo, de cuello alto, de una elegancia casi monástica.
Sin joyas, salvo unos pequeños pendientes de diamantes, fríos como fragmentos de hielo.
Su arma no sería la seducción física, sino la intelectual.
No iba a ser Zenith, la encarnación del deseo.
Iba a ser la musa fría e inaccesible, la única puerta de acceso al alma atormentada de su artista.
Iba a seducir a Volkov no con su cuerpo, sino con una promesa mucho más profunda: la de hacerle sentir que era el único hombre en el mundo lo suficientemente sofisticado y oscuro para entender la verdad del arte.