LA CORONA DE CENIZAS (SAGA ZENITH & NADIR nº 2) El Consejo de Guerra
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El Consejo de Guerra

La ambulancia se llevó a Javi en un aullido de sirenas que parecía burlarse del silencio roto de Palermo.

Los paramédicos lograron estabilizarlo, pero la mano estaba destrozada.

El cirujano de guardia fue cauto pero sombrío: la hoja había seccionado tendones flexores y dañado ramas del nervio mediano en la palma.

Requeriría meses de microcirugía reconstructiva y rehabilitación en Suiza; el pronóstico para que sus manos volvieran a trabajar con herramientas quedaba en una dolorosa incertidumbre.

David les entregó un fajo de billetes, suficiente para asegurar que Javi fuera trasladado a la mejor clínica privada de la ciudad bajo un nombre falso y con vigilancia las veinticuatro horas.

No era una precaución. Era una necesidad.

Cuando la sirena se desvaneció, David y Laura se quedaron solos en medio del caos de su galería.

La sangre de su amigo teñía la mesa de trabajo como una pintura abstracta y obscena.

El aire olía a pólvora, a miedo y, sobre todo, a fracaso.

Laura temblaba, no de miedo, sino de una furia tan intensa que la sentía como un veneno helado recorriendo sus venas.

Se arrancó el auricular de la oreja como si quemara y lo aplastó bajo el tacón, haciendo que sus pequeños circuitos electrónicos se esparcieran por el suelo manchado de sangre.

—Era Silas —dijo Laura, su voz un eco vacío.

—Lo sé —respondió David. El golpe en su cabeza dolía, pero la herida de la traición dolía más—. Volkov lo ha sacado de la cárcel. Lo ha puesto a cargo de nosotros. Como un puto perro guardián.

David no mostraba emoción. Su rostro era una máscara de granito.

Caminó hacia la pared donde colgaba el lienzo más grande y violento de Julián Códex.

Era una explosión de negros y rojos sobre una base de metal oxidado.

David lo contempló un instante y, con un grito sordo y gutural que surgió de lo más profundo de sus entrañas, hundió el puño en el centro de la tela.

El lienzo se rasgó con un sonido de desgarro, y sus nudillos emergieron al otro lado, sangrando, manchados de la misma pintura que simulaba ser sangre.

Se quedó allí, jadeando, con la mano atrapada en su propia creación, su propia arma fallida.

—No nos estaban esperando —continuó, su voz rota—.

Silas había interceptado la reserva del billete de Javi desde Madrid mediante una alerta bancaria sobre las cuentas de David en España, esperando el momento exacto para asestar el golpe en Buenos Aires a espaldas de Volkov.

Volkov solo quería a Zenith y Nadir; Silas acababa de cazar a David, Laura y Javi.

Laura se acercó a él. Le sacó la mano del lienzo destrozado, con una delicadeza que contrastaba con la violencia del momento.

Cogió una botella de vodka del pequeño bar de la oficina y vertió el líquido sobre sus nudillos ensangrentados.

David ni se inmutó, el dolor físico era un alivio bienvenido ante la quemadura de la culpa.

—Esto no es culpa tuya, David —dijo ella, su voz extrañamente calmada, como la superficie de un lago helado sobre una profundidad abisal—.

Ni mía. Es culpa nuestra por pensar que podíamos jugar al ajedrez con un carnicero.

Creímos que era un juego de estrategia. Pero para él, es un deporte sangriento.

Limpió la herida con un trapo. Sus ojos se encontraron. No había consuelo en su mirada, solo un reconocimiento mutuo. Habían subestimado a su enemigo de una forma catastrófica, y su amigo estaba pagando el precio.

El olor a vodka y sangre llenaba el aire.

La rabia de David se desvaneció, dejando paso a un horror helado y nauseabundo.

Miró sus propias manos, una vendada torpemente, la otra temblando.

Sacó su teléfono personal, el que no era para la guerra, el de la vida real.

Buscó un nombre en su agenda: «Sara (Javi)».

—¿Qué haces? —preguntó Laura, su voz extrañamente carente de emoción.

—Tengo que llamar. Tengo que decirle a Sara lo que ha pasado. Se lo debo. Le hemos destrozado la vida. Tiene que saber por qué.

Laura se movió con la rapidez de una serpiente. Le arrancó el teléfono de la mano. Sus ojos no eran los de su esposa. Eran los de Zenith, la estratega, pero sin rastro de seducción. Solo había hielo.

—No —dijo, su voz tan afilada como la navaja que había empalado a su amigo.

—Laura, por favor... —suplicó David, roto—. Es mi mejor amigo...

—Y por eso no vas a llamar —lo cortó ella, acercándose hasta que sus rostros quedaron a centímetros—.

¿Crees que decirle la verdad le devolverá su mano?

¿O solo servirá para calmar tu conciencia?

Saber la verdad la pondrá a ella y a sus hijos en el radar de Volkov.

¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres que tu culpa los mate a ellos también?

Las palabras de Laura eran de una crueldad lógica y absoluta. David se quedó sin argumentos, solo con el peso de su agonía.

—Entonces, ¿qué hacemos? —susurró, vencido—. ¿Simplemente... vivimos con esto?

—No —respondió ella, y su mano libre subió para acariciar su mejilla, un gesto que debería haber sido tierno pero que se sintió como una sentencia—.

No vivimos con esto. Lo usamos. Cada vez que dudes, cada vez que quieras rendirte, recordarás el sonido que hizo Javi.

Recordarás el olor de esta sangre. Eso es honrarlo.

Destruir al hombre que lo hizo. Todo lo demás es autocompasión egoísta. Ahora, levántate. La guerra nos espera.

En ese momento, la pantalla de su sala de guerra se encendió. De nuevo, el círculo giratorio de El Suizo. Esta vez, sin embargo, su voz no era fría. Había algo en la modulación, una frecuencia sintética que sugería... urgencia. Quizás incluso un atisbo de algo parecido a la preocupación.

—He monitorizado las comunicaciones de la policía.

Y los movimientos de los hombres de Volkov.

La llamada sobre vuestra «pelea» en la galería ha sido redirigida y enterrada.

La escena del crimen está siendo limpiada por profesionales en este momento.

Volkov controla el tablero, las piezas y las reglas.

Pero ha cometido un error. Ha delegado la gestión de sus nuevos «activos» a un subordinado.

Un hombre que creía neutralizado: Silas Monteiro.

Lo ha liberado y lo ha puesto a vuestro cargo.

La información de la vigilancia directa no llega a Volkov en bruto.

Llega filtrada por Silas. Y Silas tiene su propia agenda.

Está usando vuestra misión para recuperar su prestigio y saldar viejas cuentas.

Es vuestro carcelero, pero también puede ser vuestra arma, o vuestra debilidad.

Hubo una pausa.

—Lo subestimé —admitió El Suizo, y el hecho de que su IA admitiera un error era la confirmación más aterradora de la escala de su enemigo—.

Y os he fallado. Os ofrecí una guerra y os envié a una carnicería.

Además, mis recursos tienen un límite ciego: la red central de Volkov en su estancia patagónica opera en un circuito cerrado, desconectado de internet; mis sondas no pueden penetrar allí desde fuera.

Si queremos sus archivos maestros, alguien tendrá que arriesgarse físicamente en su propio terminal.

Mis honorarios serán devueltos. Mis servicios quedan a vuestra disposición, sin coste, hasta que esto termine. Sea como sea.

—Guárdate tu puto dinero, Suizo —escupió David, mirando a la pantalla con un odio puro—. Danos algo útil. Danos un arma.

—Ya os di las armas. Y resultaron ser de fogueo. Ahora os daré un consejo —dijo la voz—. Desapareced. Os puedo sacar del país esta noche. Nuevas identidades. Os enterraré tan hondo que ni Dios os encontrará. Aceptad la derrota y vivid para contarlo.

Laura rio. Una risa corta, sin alegría, que hizo que incluso El Suizo digital guardara silencio. Se acercó a la pantalla, su rostro pálido y manchado, sus ojos dos pozos de oscuridad.

—No queremos vivir para contarlo, Suizo. Queremos vivir para terminarlo. El antiguo plan, el de neutralizar a Volkov... era un plan de supervivientes. Ya no somos supervivientes. Somos verdugos. El antiguo plan está muerto. Denos el nuevo.

La resolución en su voz era absoluta, escalofriante.

—Dinos dónde vive Volkov, quién lo protege, quién come de su mano.

Dinos quiénes son sus generales. Su círculo íntimo.

Sus «torres» y su «reina». No vamos a limitarnos a destruir su imperio desde fuera.

—Laura miró a David, quien asintió, entendiendo la terrible verdad que ella estaba a punto de pronunciar—.

Si solo lo destruimos, otro ocupará el vacío y vendrá a por nosotros o a por Marcos.

Para garantizar nuestra inmunidad y someter a Silas para siempre, vamos a heredarlo.

Vamos a meternos en su piel, a ocupar sus palacios, a controlar sus palancas financieras.

Y cuando seamos dueños de la estructura, lo dejaremos despojado y sin nada.

El Suizo permaneció en silencio por lo que pareció una eternidad. La propuesta era una locura. Era demencial. Y era, quizás, la única estrategia que Volkov no vería venir, porque nacía no de la lógica, sino de una rabia tan pura que se convertía en arte.

—Eso... —dijo finalmente la voz de El Suizo—, es la mejor y más suicida idea que he oído en toda mi vida. Si falláis... vuestro final será algo que ni el mismísimo Dante podría imaginar.

—Pues qué suerte que seamos tan buenos en nuestro trabajo —replicó David, cuya voz ya no temblaba. Había renacido en el fuego de esa tarde. Ya no era un hombre con un pasado; era un hombre con un único futuro posible: el trono de su enemigo o la tumba.

El avatar de El Suizo comenzó a girar más rápido. En la pantalla, comenzaron a aparecer rostros, diagramas, ubicaciones.

—Entendido. Empieza el consejo de guerra —dijo la IA. Y la habitación se llenó con los planos detallados de la fortaleza que estaban a punto de asaltar—. Nuestra primera torre se llama Alistair Finch. Y este es el plan para derribarla...

No habían encontrado la paz. Habían encontrado un propósito forjado en la sangre de un amigo. Y la ofensiva que ahora iniciaban no buscaba coronas ni tronos, sino el desmantelamiento implacable del sindicato que había creído impunes sus crímenes.