LA CORONA DE CENIZAS (SAGA ZENITH & NADIR nº 2) El Cordero Sacrificial
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El Cordero Sacrificial

La maquinaria de guerra comenzó a moverse.

Lo primero era establecer la leyenda de los Weiss y de su misterioso artista, Julián Códex.

Para ello, necesitaban trasladar los lienzos originales (pintados con furia clandestina por David) hacia una cámara acorazada real en Ginebra.

La operación requería un mensajero de confianza absoluta. Requería a Javi.

David se resistió durante días a involucrarlo, pero la urgencia operativa no admitía intermediarios desconocidos.

Javi, que tras la huida de España sentía una lealtad inquebrantable hacia la pareja y se negaba a dejarlos solos, aceptó el encargo convencido de que se trataba de una gestión estrictamente aduanera.

David le juró por su amistad que viajaría bajo una cobertura comercial impecable y que jamás entraría en el radar de ningún enemigo: estaba seguro de que Silas, recluido en Europa tras el golpe de Montecarlo, no tendría capacidad para vigilar un enlace logístico en Sudamérica.

Fue el error de cálculo más doloroso de su vida.

—Javi, vas a volar a Buenos Aires —le había explicado David por una línea encriptada—.

En Ezeiza te esperará un chófer con destino a la galería de los señores Weiss.

Actuaremos como sus asesores comerciales.

Entregarás los albaranes de importación y recogerás la documentación sellada para un contacto en el aeropuerto de Ginebra. Trámite limpio, sin escalas ni desvíos.

—¿Señores Weiss? —preguntó Javi, confundido—. Tío, esto cada vez suena más raro.

Cuando Javi llegó a la «Galería Ojos Rotos» a mediodía, no lo recibieron David y Laura. Lo recibieron Herr y Frau Weiss.

La galería estaba abierta al público, con un par de clientes adinerados paseando por ella.

En el centro, impecablemente vestidos con trajes de lino claro y hablando entre ellos en un inglés de negocios con acento suizo, estaban David y Laura.

Javi se quedó paralizado en la entrada, sintiéndose completamente fuera de lugar.

David se había cortado el pelo al estilo militar, llevaba gafas de diseño y se movía con una rigidez calculada.

Laura llevaba el pelo recogido en un moño severo, y su sonrisa, cuando se fijó en Javi, era educada, profesional, y terriblemente fría.

Eran ellos, pero no eran ellos. La transformación era tan completa que por un segundo Javi dudó si se había equivocado de lugar.

Laura se acercó a él.

—¿Señor García? —preguntó en un español con un marcado acento extranjero—. Herr Weiss y yo le estábamos esperando. Acompáñeme a la trastienda, por favor.

Javi la siguió en silencio, aturdido. En el almacén, entre los enormes y violentos cuadros de Julián Códex, fue donde se rompieron los personajes, pero solo un poco.

David cerró la puerta. La máscara de «Herr Weiss» se relajó, pero no desapareció.

—Tío, qué cojones —fue lo único que Javi atinó a decir—. Parecéis... no sé, agentes de la CIA. ¿Qué es todo esto? ¿Qué está pasando, David?

—Es nuestra coartada, Javi. La única que nos protege. Tenemos que mantenerla en todo momento. Para las cámaras, para los micrófonos... —dijo David en voz baja, señalando discretamente un rincón del techo—. Estamos siempre bajo vigilancia.

—La última vez, te lo juro —añadió Laura, su rostro recuperando un atisbo de la calidez que Javi conocía—. En cuanto esto acabe, desaparecemos.

Le dieron el sobre, el teléfono, y le trajeron la cerveza. Javi, aunque visiblemente incómodo y superado por la situación, se relajó un poco.

—Ahora sí. La próxima vez, que el trabajo sea en Múnich durante el Oktoberfest, ¿vale?

Fueron sus últimas palabras despreocupadas.

En ese instante, las dos puertas de la galería, la delantera y la trasera, reventaron hacia dentro simultáneamente, con la fuerza de una explosión controlada.

Antes de que pudieran reaccionar, cuatro figuras vestidas completamente de negro, con pasamontañas y armados con fusiles cortos de asalto, irrumpieron en el almacén. No gritaron «policía». No dijeron nada. Se movían con una eficiencia aterradora, profesional. No eran matones; eran soldados.

Uno de ellos disparó una ráfaga corta al techo, no para herir, sino para desorientar.

El estruendo en el espacio cerrado fue ensordecedor, ensartándolos en su sitio.

Otro golpeó a David en la parte posterior de la cabeza con la culata de su rifle.

David se derrumbó sobre una pila de lienzos, la consciencia parpadeando.

Laura vio la escena a cámara lenta. El tiempo se estiró hasta volverse una melaza de terror. Vio cómo Javi, en un acto reflejo de pura lealtad, se interponía entre ella y los asaltantes, usando su cuerpo como escudo. Fue un gesto heroico, inútil y suicida.

Dos de los hombres se abalanzaron sobre Javi.

No le dispararon. Laura comprendió de inmediato la fría lógica de la agresión: no buscaban matarlo, sino asestarles una herida donde más les doliera, un castigo íntimo y devastador.

Lo inmovilizaron contra una de las mesas de trabajo.

Un tercero sacó una navaja de combate, una hoja de un brillo oscuro y cruel.

Laura quiso gritar, pero el sonido se le quedó atascado en la garganta, un nudo de puro hielo.

Vio la hoja descender. No hacia la garganta de Javi, no hacia su corazón.

El objetivo era mucho más sádico. La navaja se hundió en su mano derecha, la que sostenía la botella de cerveza, clavándola limpiamente contra la madera de la mesa.

El sonido, un golpe seco y húmedo, fue más horrible que cualquier disparo.

El grito de Javi fue un aullido animal, un sonido de dolor puro que desgarró el alma de Laura. Vio sus ojos, dilatados por el shock y una agonía insoportable. Y a través de ese dolor, su mirada la encontró, una mirada que decía «lo siento».

Los hombres soltaron a Javi, que se desplomó, la mano empalada a la mesa, un manantial de sangre oscura brotando alrededor de la hoja. Se convulsionaba en silencio, en shock.

Mientras Laura estaba paralizada, congelada por la brutalidad, uno de los asaltantes se acercó a ella.

No la tocó. Se limitó a colocarle un pequeño auricular inalámbrico en la oreja.

Ella se estremeció al sentir el plástico frío contra su piel.

Mientras su mundo se derrumbaba, entendió algo con una claridad horrible.

Volkov no sabía quién era Javi. El único que conocía su conexión, el único que disfrutaría de este castigo personal y sádico, era Silas.

La voz en el auricular confirmó sus peores temores.

Laura pensó para sus adentros: «Es él. No es el Zar.

Es el carcelero. Silas. Volkov lo ha liberado, lo ha puesto a cargo de nosotros, sus nuevos «activos».

Esto no es una lección de profesionalismo de un jefe lejano.

Es un mensaje personal de un enemigo íntimo.

Nos está recordando que, aunque el tablero sea más grande, él sigue siendo el que mueve nuestras piezas.

—Bienvenida a Buenos Aires, querida Laura —dijo la voz de Silas—.

¿Ves lo que pasa cuando intentáis jugar fuera de mi tablero?

Tu amigo mecánico... un cabo suelto muy poco elegante.

He tenido que limpiarlo por ti. Ahora tienes una historia maravillosa que contarle a nuestro socio.

Un 'brutal acto de vandalismo'. Usadla bien.

Haced que se lo crea. Dimitri está deseando conocerte. No me decepciones.

La comunicación se cortó. El mensaje estaba claro.

Silas operaba bajo la autoridad de Volkov, era su «gestor de proyecto», pero la crueldad, el método, era inequívocamente suyo.

Acababa de usar la vida de Javi para reafirmar su poder y, al mismo tiempo, para fortalecer la coartada que ellos usarían contra Volkov.

Era un acto de una maldad brillante y retorcida.

Los cuatro hombres se retiraron con la misma eficiencia silenciosa con la que habían entrado, dejando tras de sí solo el silencio roto por los gemidos ahogados de Javi y el olor metálico de la sangre mezclándose con el de la cerveza derramada.

Laura cayó de rodillas. Habían caído en una trampa dentro de otra.

Silas, su viejo carcelero, había vuelto.

Y su primera lección había sido recordarle, usando la mano de su mejor amigo, quién dictaba realmente las reglas.

La guerra ya no era una estrategia solo contra Volkov.

Era, de nuevo, contra el diablo que sí conocían.

Se acababa de convertir en una vendetta de sangre.