LA CORONA DE CENIZAS (SAGA ZENITH & NADIR nº 2) El Ensayo de los Monstruos
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El Ensayo de los Monstruos

Al día siguiente, con la resaca de su pacto carnal todavía vibrando bajo su piel, comenzó la fase intelectual de la guerra. La construcción de sus leyendas, comenzarían a tejer la red para Julián Códex.

Para continuar con el entrenamiento de sus nuevos personajes recorrieron los circuitos del arte de la ciudad como tiburones explorando un nuevo arrecife.

Visitaron el MALBA, asistieron a una inauguración en La Boca, haciendo contactos superficiales con artistas locales que los miraban con una mezcla de interés y desconfianza.

David hablaba poco, el «ojo» artístico del dúo.

Laura era la cara pública, la empresaria encantadora y cortante.

—El talento aquí es... crudo —comentaba ella a un artista, su acento suizo-alemán perfectamente modulado—. Tiene pasión, pero le falta el refinamiento del mercado europeo. Necesitan un buen director.

Cada conversación era un ladrillo más en su fachada. Por la tarde, en la calma de un viejo café en San Telmo, forjaron su verdadera arma: Julián Códex.

—Un genio torturado —empezó Laura, su voz un susurro conspirador—. Alguien cuya leyenda preceda a su obra. Su único contacto con el mundo seré yo.

—Su estilo tiene que ser agresivo, casi violento —añadió David, dibujando en una servilleta—. Metal oxidado, alambre de espino mezclado con la pintura... algo que huela a heridas. Algo que un oligarca con un pasado sangriento pueda reconocer como un espejo.

Mientras él dibujaba estallidos de energía y formas convulsas, Laura tejía la biografía y la estrategia de posicionamiento de su creación: un recluso esquivo de la Patagonia cuyo arte era una purga de demonios.

Para sembrar la codicia en el círculo de Volkov, El Suizo filtró una primera pieza menor a través de un marchante de confianza en Zúrich, acompañada de una negativa tajante de Frau Weiss a revelar la identidad del artista o vender obra a inversores corporativos convencionales.

La imperfección deliberada de su rastro —un ermitaño sin huella digital ni cuenta bancaria que solo aceptaba trato a través de los Weiss— fue el anzuelo perfecto: el misterio y la inaccesibilidad atrajeron de inmediato el escrutinio de los ojeadores de arte de Volkov en Buenos Aires.

Esa noche, de vuelta en la seguridad del apartamento, la tensión del día dio paso a una extraña energía erótica. Habían pasado el día entero interpretando a los señores Weiss, conteniendo su verdadera naturaleza. Necesitaban un escape, un ensayo.

—La señora Weiss parece cansada —dijo David, su voz ya no la del artista retraído, sino la de Nadir, grave y resonante.

—La señora Weiss ha estado sonriendo a idiotas pretenciosos todo el día —replicó Laura, deshaciendo el moño perfecto de su pelo, dejando que su melena cayera sobre sus hombros.

Se dejó caer en el sofá de cuero negro, adoptando una pose de jefa ejecutiva exhausta pero todavía al mando—.

Necesita relajarse. Sorpréndame, señor Weiss.

Muéstreme la oferta que no puedo rechazar.

David (Nadir) se arrodilló ante ella. No fue una súplica, sino una toma de poder desde abajo.

El olor de su perfume caro se mezclaba con el del cuero del sofá.

Comenzó a desabrochar los pantalones de su traje, el sonido del botón y la cremallera un ruido íntimo y profano en el silencio del lujoso apartamento.

Sus dedos, fríos por la tensión del día, rozaron la piel cálida de su vientre, provocándole un escalofrío visible.

—La propuesta es innegociable —susurró, su boca rozando la piel sensible de la cara interna de sus muslos—.

Rendición absoluta. Ni concesiones ni treguas.

Si vamos a interpretar a los señores Weiss ante los criminales de esta ciudad, antes debemos saber hasta dónde somos capaces de someternos el uno al otro.

Su lengua la encontró, un toque húmedo y caliente que la hizo jadear.

No fue un cunnilingus de amante, fue una auditoría.

Su lengua era meticulosa, experta, probando cada pliegue, cada textura, saboreando el gusto salado y dulce de su excitación como un catador de vinos evalúa una cosecha rara.

Podía oler el aroma de su poder, de su éxito del día, emanando de ella, y se alimentó de él.

Ella arqueó la espalda, sus dedos agarrando el cuero del sofá, sus gemidos ahogados eran el único informe que él necesitaba.

La sintió contraerse, la sintió reventar, una oleada de placer líquido que él recibió sin retroceder, bebiendo el dividendo de su victoria.

Ella, con el cuerpo aún vibrando, lo empujó suavemente.

—La junta directiva requiere una evaluación de todos sus activos, señor Weiss. Su turno.

Lo tumbó sobre el frío cuero, despojándolo de la camisa con una eficiencia depredadora.

Su boca reclamó la de él, y luego descendió, recorriendo su cuello, saboreando la tensión acumulada tras horas de simulación.

Cuando lo tomó en su boca, no hubo suavidad, sino una demanda implacable, cobrándose por adelantado el precio de la farsa que ambos debían sostener.

La tomó allí mismo, en el sofá de cuero frío, en una explosión de placer que era a la vez un escape de su farsa diaria y la celebración de su dominio sobre ella.

Fue el sexo de dos espías tras las líneas enemigas, encontrando refugio en el único territorio que seguían controlando por completo: sus propios cuerpos.

Los días que siguieron se asentaron en esa contradicción viviente. Por el día, eran los Weiss, construyendo la leyenda de Códex. Por la noche, ensayaban sus nuevos roles. El mapa de Buenos Aires con las ubicaciones de los negocios de Volkov se convirtió en su altar.

—El señor Weiss debe ser casi una sombra del poder de la señora Weiss —dijo David una noche.

—Y la señora Weiss debe ser más acero y menos seda —replicó Laura—. No puedo ser Zenith, la seductora. Debo ser... una banquera suiza que trafica con almas.

Se miraron. Era la hora del ensayo final. Laura se sentó en un sillón, cruzó las piernas y lo miró desde arriba, ya no como su esposa, sino como Frau Weiss evaluando a su activo más volátil.

—Te escucho —dijo, su voz desprovista de toda calidez.

David se arrodilló.

—Nadir ha muerto. Ya no soy el director. Soy la obra de arte —dijo—. Y la obra de arte quiere que su dueña la contemple. Dime por cuánto me venderías.

La sonrisa de Laura fue glacial. Se arrodilló frente a él.

—No eres una obra de arte, David. Eres el artista. Pero un artista en cautiverio. Un animal exótico en mi zoo particular. Tu piel es el testimonio de mi inversión. Cada músculo, cada cicatriz... me pertenecen. Te he dado una corona, aunque esté hecha de cenizas.

Lo besó, un acto de pura posesión. La llevó en brazos a la cama, y allí, rodeados de mapas y planes, comenzó su juego. Laura cogió una de sus corbatas de seda de la mesilla. La textura era suave, fría, como la promesa de una caricia o una atadura.

—Relájate —dijo, su voz descendiendo a ese tono gutural y ronco que era exclusivo de Zenith—. Tírate boca abajo. Y no te muevas.

David obedeció. Sintió la seda fría deslizarse sobre sus muñecas, el nudo apretándose con una firmeza que eliminaba cualquier posibilidad de escape, atándolo a los barrotes del cabecero. Se sintió vulnerable, expuesto, y una oleada de excitación pura y oscura le recorrió el cuerpo.

Ella caminó alrededor de la cama. Podía oír el sonido de sus pies descalzos sobre la madera, oler su perfume llenando el aire.

—Ahora mismo no eres nada —dijo desde los pies de la cama—. Eres mío. Tu cuerpo es mi lienzo.

Sintió la humedad de su aliento en la planta de sus pies. Sus labios y su lengua empezaron a explorar sus tobillos, sus pantorrillas, el hueco sensible detrás de sus rodillas. Era una adoración lenta, metódica. Cada beso era un acto de reclamación. David gimió, frustrado.

—Paciencia. La directora necesita preparar la escena.

Sintió el tacto frío del lubricante y luego la increíble calidez de la boca de ella rodeando su sexo desde atrás.

El ángulo era imposible, incómodo, y precisamente por eso, de una intensidad brutal.

Su lengua exploraba cada pliegue, cada centímetro de su piel, con una devoción casi religiosa que lo estaba volviendo loco.

—Laura... por favor...

—Shhh. No es Laura. Y no es por favor.

Se separó de él. David maldijo en voz baja.

La oyó moverse, y entonces sintió su peso sobre su espalda.

Se sentó a horcajadas sobre él, pero al revés.

Se inclinó, su largo pelo cayendo sobre él, y lo besó profundamente mientras sus nalgas se frotaban contra su espalda.

Con una mano, ella alcanzó su miembro, duro y goteando de anticipación.

Lo guio, y con un movimiento fluido, se empaló a sí misma, hundiéndose sobre él.

El sonido de sus cuerpos chocando llenó el silencio.

David solo podía ver el rostro de ella, enmascarado por la sombra, transformado por el placer.

Zenith estaba al mando. Lo cabalgó con un ritmo lento y tortuoso, dejándolo llegar al borde del orgasmo dos veces, retirándose en el último segundo con una crueldad exquisita.

Él suplicó, su voz rota, su cuerpo temblando.

Cuando finalmente ella le concedió el permiso, cuando sintió que el control de él se rompía en un millar de pedazos, aceleró.

El orgasmo fue un espasmo violento que lo dejó sin aliento, su semen derramándose sobre las sábanas de hilo egipcio.

Ella se derrumbó sobre su espalda, su propio clímax una ola silenciosa que la sacudió.

Desató sus muñecas lentamente, sus dedos ahora tiernos.

—¿Mejor? —susurró, y ya no era Zenith. Era Laura.

—Mucho mejor —respondió él, girándose para abrazarla—. A veces... creo que los echo de menos.

—Yo también —admitió ella—. Y eso es lo que me da miedo.

Era la sincronización final de dos armas. Estaban afilados. Completos. Habían encontrado la calma helada en el ojo del huracán. Estaban listos.