La Geometría de la Huida
La voz de El Suizo, fría y sin adornos, sonó en el diminuto auricular de Laura:
Aprovechando la confusión, Laura se deslizó fuera de la tarima hacia el pasillo de servicio.
En el muelle técnico, David completó la purga que inutilizaba los discos duros de la furgoneta, se quitó la chaquetilla de catering y avanzó a paso firme por el corredor subterráneo, confundiéndose con el personal de cocina que evacuaba el edificio.
Mientras, Laura corría por las cocinas grasientas del casino, sus tacones de diseñador convertidos en un estorbo, hasta que se los arrancó y siguió descalza por pasillos de servicio y callejones oscuros.
El ruido de las sirenas se acercaba. El Suizo era su guía invisible, dictando giros por su auricular.
—¡Sube, joder! —le gritó.
Laura saltó dentro y, segundos después, David se deslizó a su lado desde la otra puerta, justo cuando Javi pisaba el acelerador. Habían ganado el primer asalto y quebrado el cerco de Montecarlo, pero la verdadera cacería no había hecho más que empezar.
El escape no fue una huida caótica, sino una maniobra cronometrada.
Javi condujo con una pericia impecable, esquivando las avenidas principales de Mónaco por carreteras secundarias hacia una pista privada en la periferia de Niza.
Allí, el jet ejecutivo contratado por El Suizo esperaba con los motores al ralentí y un plan de vuelo preautorizado hacia Córcega, eludiendo cualquier registro aduanero convencional.
No hubo abrazos eufóricos. El alivio no fue una explosión de alegría, sino el de un soldado que ha sobrevivido a la batalla, pero sabe que la guerra deja cicatrices.
El jet despegó en la oscuridad, las luces de Montecarlo brillando a lo lejos, una joya maligna que habían despojado de su brillo.
Los tres se miraron. La misión se había cumplido.
Ahora, solo quedaba lidiar con las consecuencias.