El Nido de la Serpiente y el Plan de los Fantasmas
El aire en la cabina del jet olía a cuero caro y a una victoria casi irreal. Aterrizaron en Córcega, en un búnker de lujo enclavado en un acantilado. David sirvió tres whiskies.
—Por el puto fantasma uniformado —brindó, levantando el vaso hacia Javi.
—Y por la directora que quema imperios —añadió Javi, chocando su vaso con el de Laura.
Por un glorioso instante, saborearon la libertad. Fue entonces cuando la inmensa pantalla de televisión se encendió. El avatar de El Suizo los miraba.
—Bonitas vistas —dijo la voz metálica—. Disfrutadlas. Pueden ser las últimas vistas tranquilas que tengáis.
—¿Qué pasa, Suizo? —preguntó David—. Silas ha caído.
—Qué ingenuo. El plan funcionó demasiado bien. Habéis demostrado ser mucho más que una molestia. Y el hombre equivocado ha tomado nota.
—Volkov —susurró Laura.
—Dimitri Volkov —corrigió El Suizo—. Y aquí está el problema.
Para él, no sois David Ayala y Laura Rey.
Esos nombres están enterrados en los archivos de un lacayo incompetente.
Silas era solo un gestor subalterno a cargo del lavado en Lisboa y Mónaco; su caída personal no ha debilitado el núcleo de Aethelred ni el imperio financiero del Zar.
Al contrario: para él, sois Zenith y Nadir.
La leyenda. Los genios enmascarados que orquestaron Montecarlo.
No conoce vuestros rostros verdaderos. Solo conoce vuestra obra.
Y, como el coleccionista depredador que es, quiere poseerla.
El silencio en la habitación era tan denso que dolía.
—He hackeado sus comunicaciones —continuó la voz—.
No os está buscando para castigaros. Os está buscando para compraros.
Cree que sois mercenarios de élite del arte y la extorsión.
Y a la gente con talento, Volkov no la mata.
La enjaula. Ha puesto un precio por vuestras cabezas, sí, pero no para que os las traigan en una bandeja.
Quiere que os sienten a su mesa. Y ha trasladado su centro de operaciones a Buenos Aires.
El búnker de lujo se había convertido de repente en la ratonera más bonita del mundo. David y Laura se miraron, el peso de una guerra sin fin cayendo sobre ellos.
—Entonces... ¿nos escondemos para siempre? ¿Cultivamos arroz en Camboya? —dijo David con amargura.
—Esa era la opción —respondió El Suizo—.
Pero ha surgido una... complicación. O, más bien, una oportunidad.
Volkov, en su búsqueda, ha hecho lo que todos los hombres poderosos y perezosos hacen: ha subcontratado.
Y uno de los perfiles que ha contactado para localizar a los legendarios Zenith y Nadir... ha sido uno de los míos.
David y Laura se quedaron atónitos. Javi simplemente negó con la cabeza, como si todo aquello fuera demasiado para procesar.
—Estás... ¿dentro? —preguntó Laura.
—Estoy en la posición perfecta. Soy ahora mismo el «cazador de talentos» oficial de Volkov —explicó El Suizo—. Mi trabajo es «encontrar» a Zenith y Nadir para él. Esto nos da una oportunidad única. Un doble engaño.
—Sigue —dijo David, su mente de estratega encendiéndose de nuevo.
—En lugar de entregaros a vosotros, le voy a entregar exactamente la fantasía que él quiere comprar.
Le «presentaré» a los señores Weiss, una pareja de galeristas suizos, fríos, millonarios y con conexiones, que afirman ser los representantes exclusivos de los misteriosos artistas digitales Zenith y Nadir.
Le diré que Zenith y Nadir nunca revelan su identidad real, y que solo operan a través de estos apoderados de máxima confianza.
—Es un plan de locos —intervino Javi—. ¿Y si no se lo traga?
—Se lo tragará —dijo Laura, la luz de la estratega brillando en sus ojos—.
Está alimentando su propio ego. Quiere creer que ha encontrado a unos genios inalcanzables, no a los mismos dos «don nadies» que destruyeron el imperio de su lacayo.
El Suizo le servirá en bandeja la leyenda que él ya quiere poseer.
—Exactamente —confirmó la IA—. Vosotros no tendréis que fingir ser Zenith y Nadir.
Tendréis que fingir ser sus agentes. Para blindar la tapadera de los señores Weiss, he reactivado una sociedad fiduciaria en Zúrich con diez años de historial fiscal intachable, cuentas operativas en Credit Suisse y presencia documentada en las ferias de arte de Basilea y Ginebra.
La recomendación vendrá de la fuente más fiable que Volkov puede encontrar: la mía.
Es el caballo de Troya perfecto. Os permitirá entrar directamente en el corazón de su imperio, no como enemigos, sino como los preciados proveedores de su nuevo capricho.
Laura miró a David. La opción de Camboya se había desvanecido. Solo quedaba el camino hacia adelante, hacia el centro del infierno. Dio un paso hacia la pantalla, una sonrisa terrible y hermosa dibujándose en sus labios.
—Prepara el vuelo a Argentina, Suizo. Y prepara los mejores pasaportes que tu dinero pueda comprar. Los señores Weiss tienen un nuevo cliente.
Antes de que Javi partiera de Córcega, de vuelta a su vida normal, David hizo una última llamada desde un teléfono encriptado. Era a Artur.
—Artur, la has cagado —bromeó David con un humor negrísimo—. Tu advertencia sobre Silas... te quedaste corto. Resulta que su jefe colecciona algo más que almas.
David no le contó los detalles. No era necesario. Artur, con la sabiduría de quien ha navegado por las aguas turbias de la industria toda su vida, entendió al instante.
—Volkov —dijo, y no fue una pregunta.
—Vamos a desaparecer, Artur. Esta vez, de verdad. Por mucho tiempo. Solo quiero que sepas una cosa. Si algo nos pasa, hay una póliza de seguro. Y el único beneficiario es mi hijo, Marcos.
—Yo me encargaré de que llegue a él. Personalmente —respondió el viejo productor, su voz firme como una roca—. Pero escuchadme bien. La única forma de ganar a un monstruo como Volkov no es matándolo. Es desapareciendo de su tablero de juego. Volveos irrelevantes. Haced que se olvide de vosotros.
—Gracias, Artur. Por todo.
Colgó. Había dejado dos guardianes para su hijo en el viejo mundo: el amigo leal y el mentor sabio. Ahora podía irse a la guerra.