Dos Copas y una Duda
La puerta de su apartamento en Lisboa se cerró tras ellos, y el silencio que los recibió fue ensordecedor. La oferta de Silas seguía vibrando en el aire. David fue directo al bar y sirvió dos whiskies solos. Le pasó uno a Laura. Sus dedos se rozaron. Fue como el contacto de dos extraños.
—Es una jaula, Laura —dijo David, su voz grave—. Una jaula más bonita, con barrotes de oro y un colchón de plumas, pero una jaula. Cree que nos posee.
—Es un escenario, David —replicó ella—. Es la oportunidad de hacer lo que hacíamos, pero sin miedo. Con legitimidad. ¿No es eso lo que siempre quisimos? Que nos llamaran artistas, no putas.
—¡Nos llama artistas porque quiere vendernos a monstruos! —exclamó él, su control quebrándose—. ¡Nos quiere como sus proxenetas de lujo!
—¡Y nosotros seremos más listos que él! —La voz de Laura se elevó—. ¿O prefieres esto? ¿Pintar puestas de sol hasta que nos muramos de aburrimiento? ¿Sentir que el talento se nos pudre por dentro? ¡Yo no! ¡Zenith no se conformaría con esto!
La tensión en la habitación era una cuerda de violín a punto de romperse. Las palabras se habían agotado, dejando solo un residuo de miedo y rabia. Laura dejó su vaso sobre la mesa y caminó hacia él, sus ojos encendidos con el fuego de Zenith.
—¡Zenith casi nos mata! —gritó David—. ¡Y casi te pierdo a ti!
—No me perdiste. Y no me vas a perder. Pero no quiero que nos perdamos a nosotros mismos en esta paz que nos está sedando.
Le quitó el vaso de whisky de la mano con un movimiento brusco, el líquido ambarino derramándose sobre sus dedos. Y entonces lo besó.
No fue un beso, fue una colisión. Un acto furioso y hambriento que buscaba silenciar la duda con la certeza cruda de la carne.
Sus bocas se encontraron con una violencia que sabía a whisky, a rabia y a una desesperación compartida.
Sus lenguas lucharon por el dominio, un tango brutal donde cada caricia era un mordisco y cada roce una herida.
La llevó, o más bien la arrastró, hasta la pared más cercana.
El impacto de su espalda contra el yeso frío le robó el aliento por un instante, un shock que su cuerpo recibió con una oleada de pura excitación.
Él presionó su cuerpo contra el de ella, la dureza de su erección aplastándose contra su vientre a través de la tela.
Era un acto de posesión, una declaración sin palabras: «Eres mía, y al diablo con Silas y sus contratos envenenados».
Sus manos no fueron tiernas. Una le agarró el pelo, inclinando su cabeza hacia atrás para darle a su boca un acceso total a su cuello.
La lamió y la mordió, dejando una marca roja y húmeda en la piel pálida, un sello de propiedad.
La otra mano se deslizó por su vestido, subiéndolo con impaciencia, sus dedos ásperos contra la piel suave de sus muslos.
No llevaba nada debajo. La encontró húmeda, caliente y lista.
Un gruñido de pura lujuria escapó de la garganta de él.
Pero Laura no era una víctima en esta tormenta.
Era la otra mitad del huracán. Sus manos arrancaron los botones de la camisa de él, arañando su pecho en el proceso.
Lo empujó hacia atrás, un solo paso, lo suficiente para que él tropezara y cayera de rodillas frente a ella.
El cambio de poder fue instantáneo, eléctrico.
—No —susurró ella, su voz un veneno dulce y ronco—. Tú no me vas a follar para olvidar tu miedo, David. Yo te voy a devorar para recordarte quién soy.
Se inclinó, sus pechos rozando su rostro, y su boca reclamó la de él de nuevo, esta vez con una dominación absoluta.
Luego bajó, lamiendo la estela de whisky y sudor de su piel, descendiendo por el torso duro hasta llegar a su ingle.
Devoró cada centímetro de él. Su lengua trazó el contorno de sus testículos, tomándolos en su boca con una delicadeza que era casi cruel.
Lamió cada recoveco oculto, saboreando el almizcle de su excitación, hasta que él jadeaba su nombre, una súplica rota.
Cuando su boca finalmente cubrió su miembro, fue un acto de adoración salvaje.
Lo tomó con una avidez que lo dejó sin aliento, su garganta profunda, sus labios y su lengua trabajando en una sinfonía experta y brutal.
Le sacó hasta la última gota de placer, sintiendo las contracciones espasmódicas en la base de su polla, el torrente de su semen caliente llenando su boca.
No tragó. Se irguió lentamente, su boca llena, y con una mirada de puro desafío, vertió el líquido espeso y nacarado sobre sus propios pechos, extendiéndolo con las yemas de sus dedos como una pintura de guerra.
—Ahora —jadeó ella— es tu turno.
Él se levantó, sus ojos oscurecidos por una lujuria que rayaba en la locura.
La levantó y la presionó contra la pared, sus piernas enroscándose en su cintura.
Su boca encontró el centro de ella. La hizo humedecer sin parar, su lengua era un látigo de placer, lamiendo y succionando su clítoris hasta que ella gritó, su cuerpo arqueándose.
Sintió cómo reventaba por dentro, su humedad explotando, un torrente de puro placer que empapó la barbilla y el pecho de él.
Pero él no se detuvo. Siguió, llevándola al borde una y otra vez, hasta que ella suplicó.
—¡Fóllame, David, por el amor de Dios, fóllame ya!
Él la penetró con una sola embestida, un golpe brutal y profundo que les arrancó un gemido a ambos.
El sexo fue una tormenta, un acto visceral para purgar la duda y el miedo.
Cada embestida era una afirmación, cada contracción de ella una respuesta.
No hubo ternura, solo la fricción cruda y desesperada de dos cuerpos intentando fundirse en uno, intentando escapar del mundo a través del portal de la carne.
Cuando terminaron, en un orgasmo explosivo y simultáneo que los dejó exhaustos y sudorosos contra la pared, la decisión estaba tomada: volverían a sentarse con Silas y negociarían sus propias condiciones.
No era una aceptación ciega, sino una apuesta.
Si iban a entrar en aquella jaula, primero averiguarían dónde estaban las llaves.