El Contrato de Sangre (y Tinta)
Esa misma noche, de vuelta en su apartamento de Lisboa, David se sumergió en la única arma que poseía para protegerse: la información.
La reunión en el bar había sido solo la primera toma de contacto; la verdadera batalla se libraría en la sala de juntas de Círculo Produções, y no pensaba entrar desarmado.
Había pasado años en su antigua vida aprendiendo sobre ciberseguridad, rastreando huellas invisibles y levantando las alfombras digitales del mundo.
Aquel desafío clandestino bajo el alias Sombra, nacido como una rebelión silenciosa contra la rutina, cobraba ahora un propósito vital.
Siguió el rastro financiero de «Círculo Produções».
Fue un rastreo complejo a través de paraísos fiscales, empresas fantasma y directores testaferros.
Horas de análisis de metadatos y consultas en registros mercantiles abiertos le dieron una imagen borrosa pero inquietante: las empresas pantalla parecían conducir a un holding en Chipre, vinculado a su vez con entidades de las Islas Caimán.
Entre los rastros que había encontrado en foros encriptados aparecía una y otra vez un nombre asociado a rumores de tráfico de armas, trata de personas y una afición por el arte «extremo»: Dimitri Volkov.
No eran pruebas concluyentes que sostuvieran una acusación legal, sino indicios, susurros digitales y sombras corporativas.
Pero bastaban para entender la escala de la amenaza: Silas no era el rey, sino un peón refinado en un tablero mucho más oscuro.
Volvieron al día siguiente, no al bar, sino a una sala de juntas minimalista en el edificio de «Círculo Produções».
Los abogados estaban presentes. El contrato era tan bueno como Silas había prometido.
David dejó que los leguleyos hablaran, su mente fija en la telaraña que había descubierto.
Ahora entendía la verdadera escala del entramado.
—Tenemos algunas condiciones —dijo David, su voz un témpano de hielo en cuanto los abogados terminaron su perorata. Era Nadir, el estratega, armado con la información de la noche anterior.
Silas ni parpadeó.
—Soy todo oídos.
—Primero: queremos ver el contrato marco con tus «inversores».
Queremos saber para quién trabajamos realmente —dijo David, una prueba para ver si el nombre de Volkov aparecía o si seguía oculto—.
Segundo: un pago inicial del veinte por ciento del salario del primer año, depositado en una cuenta de nuestra elección. Antes de firmar. Y tercero...
Laura tomó el relevo, su voz seda pura envolviendo una cuchilla:
—Y tercero, Silas. Si en algún momento sentimos que nuestra integridad artística o personal está siendo comprometida... nos vamos. Sin penalizaciones. Hay una cláusula de salida.
Silas rió. Una risa corta, seca.
—Acepto vuestras condiciones, con una pequeña modificación a la tuya, Laura.
Podéis iros cuando queráis. Pero si lo hacéis, la historia de Zenith y Nadir, con todos sus jugosos detalles, llegará a la prensa.
No como un escándalo, sino como un perfil artístico.
Vuestro anonimato depende de vuestra permanencia. Yo lo llamo motivación.
La sonrisa de Silas era la de un jugador de ajedrez que acaba de anunciar un jaque que ellos no habían visto venir. No era una amenaza de matón. Era una elegante cadena de oro.
Cuando salieron del edificio de «Círculo Produções», el peso del jaque mate de Silas los aplastó.
No entraron directamente al coche que los esperaba.
Caminaron en silencio por la ribera del Tajo, el viento del Atlántico agitando sus ropas.
No se sentían como socios; se sentían como prisioneros con grilletes de oro.
—Nos tiene —dijo David, su voz grave—. Nos ha ofrecido la carrera que siempre soñamos dentro de la celda más bonita del mundo.
—No. No es una celda. Es un tablero de ajedrez —replicó Laura, deteniéndose y girándose hacia él.
Sus ojos brillaban con una luz peligrosa, la luz de Zenith tomando el control—.
Y él cree que es el único que sabe jugar.
Pero nosotros conocemos un juego que él no ha visto nunca.
El que jugamos en el sótano, con guiones, con cámaras... el juego de las máscaras.
David la miró, empezando a entender.
—Cree que nos ha contratado como directores —continuó Laura—.
Pero se equivoca. Acabamos de firmar nuestro contrato para la actuación más grande de nuestras vidas.
Él quiere que seamos Zenith y Nadir para sus películas.
Y nosotros seremos David y Laura, fingiendo ser Zenith y Nadir, mientras desentrañamos cada uno de sus secretos.
Nos paga para que actuemos, y nosotros usaremos su dinero para construir el escenario de su propia caída.
Una sonrisa lenta, la sonrisa del viejo Nadir, el estratega, se dibujó en el rostro de David. El miedo no había desaparecido, pero ahora estaba mezclado con algo más: la adrenalina de un desafío imposible.
—La partida ha comenzado —susurró él.
—No. La función acaba de empezar —corrigió Laura—. Y esta vez, no solo dirigimos la escena de sexo. Dirigimos toda la puta película.
Volvieron al coche. Ya no caminaban como prisioneros. Lo hacían como dos conspiradores. Habían aceptado la jaula, sí, pero no para vivir en ella. Para desmantelarla desde dentro, barrote a barrote.