El Diablo Viste de Lino
A las cinco de la tarde del día siguiente, entraron en el pequeño y exclusivo bar de vinos. En la mesa más apartada, un hombre estaba sentado de espaldas a ellos. Sobre la mesa, una copa de vino tinto y un posavasos de cuero negro con un círculo plateado grabado en él. Era él.
Se acercaron. El hombre se levantó. Era de unos sesenta años, alto, delgado, con el pelo plateado peinado hacia atrás y unos ojos azules penetrantes. Vestía un impecable traje de lino blanco. Irradiaba una calma y un poder absolutos.
—David. Laura. Por favor, sentaos —dijo con un ligero acento que no supieron identificar—. Es un placer conoceros por fin sin el velo digital.
Les hizo un gesto para que se sentaran, y ellos obedecieron.
—Imagino que tendréis muchas preguntas —comenzó Silas—. Permitidme ser directo. Lo que hacíais en OnlyFans era el borrador. El boceto. Yo quiero financiar la obra maestra.
—¿Por qué nosotros? —preguntó David.
—Porque entendéis la gramática del deseo. El porno convencional es un producto industrial, sin alma. Lo que vosotros creabais tenía tensión, narrativa, psicología. Eso no se aprende. Se tiene.
—¿Y qué nos garantiza que esto no es otra trampa? —preguntó Laura, su voz firme.
Silas sonrió.
—Mi garantía es mi inversión. Os ofrezco un contrato blindado.
Un salario de seis cifras para cada uno.
Un porcentaje sobre los beneficios. Control creativo absoluto.
No seréis mis empleados; seréis mis socios.
Y mi única condición es que vuestro anonimato como directores se mantenga.
Pero necesito vuestra confianza total. Nuestro trabajo se basará en la discreción más absoluta y en la ambición.
Quiero ganar premios. Quiero crear un imperio. ¿Estáis dentro?
La oferta era vertiginosa. Era todo lo que Zenith y Nadir habrían soñado.