Capítulo 21 #3
Tal vez la sabiduría oriental podría ayudarme.
«Vive el momento, déjate llevar por él», pensé.
Alonso se acercó a Petra. La tomó de la cintura y la atrajo hacia sí con la coordinación perfecta de una pareja de baile.
Sus lenguas se fusionaron en un beso. Joder con el puto momento.
Tras el beso, Alonso acarició sutilmente la barbilla de Petra, que ronroneó cerrando los ojos.
Mi marido no tuvo que decirle ni hacerle nada.
Ella se agachó y se colocó en cuclillas.
Mientras le acariciaba el pelo, ella desabrochó sus pantalones con precisión quirúrgica sacándole su gran bisturí.
No sólo la polla ya estaba tiesa. Todo Alonso estaba en erección.
Petra me miró con sutileza. «Aprende», pensamos las dos.
Comenzó a chupar. Sería difícil transmitiros lo que vi.
Al fin y al cabo, una mamada es una mamada.
¿De verdad que era así? Ved a una saltadora de altura olímpica por la tele y ved luego a una saltadora amateur en vuestro polideportivo más cercano.
Realizan los mismos movimientos, mueven los mismos músculos y sus gestos parecen iguales.
Pero sabríais diferenciar perfectamente quién es la profesional y quién la amateur por la precisión elegante de los movimientos de la primera sin poder determinar exactamente en qué consiste su elegancia.
Con Petra ocurría eso. Era asombroso verla en cuclillas chupando con perfección olímpica, con destreza milimétrica.
Nada sobraba en sus movimientos de cabeza.
Los labios acariciaban la polla de Alonso en un vaivén hipnótico.
Mi marido estaba ya acostumbrado a sus mamadas gourmet.
Las mías eran mamadas más del estilo 0% azúcar, 0% materia grasa. Mamadas light de diario.
—Ven —Alonso acompañó su petición con un gesto hacia mí.
Petra y él se miraron, pero ella no aminoró ni aceleró sus movimientos bucales.
Me acerqué e intenté agacharme casi de un modo instintivo.
Probé a mantenerme en cuclillas como ella; a duras penas sostuve el equilibrio.
Al final, hinqué las rodillas en el suelo.
Mis ojos quedaron a escasos centímetros de la acción.
Polla y boca constituían una unidad de destino.
¿Qué pintaba yo aquí? Estaba tan cerca que podía mapear a pequeña escala las venas de la polla de Alonso.
Me fascinaron los pliegues de los labios de ella.
Petra mantenía la mirada conectada a la de mi marido y me ignoró completamente.
Confusa, dudaba qué hacer hasta que un pequeño toquecito de Alonso en mi coronilla me indicó que debía agacharme más.
Cumplí con el gesto hasta tener sus huevos a la altura de los ojos.
«Era esto». Pues nada, si había que lamer huevos, lamería huevos.
Estiré la lengua y comencé a estimular el escroto.
Así dicho suena muy excitante. No lo era hacerlo de rodillas medio encorvada.
Estiré la lengua todo lo que pude y fui acariciando con ella los testículos.
Petra era un metrónomo. Cada movimiento de su mamada era preciso.
Cada lamida mía de huevos era un intento de pedir perdón al mundo: ni constancia ni pericia.
Estiré la lengua y lamí lo que buenamente podía ya que no sabía muy bien dónde ni cómo colocar la cabeza.
Por lo menos, parecía que a Alonso le gustaba.
Sus resoplidos así lo indicaban. Continuamos unos minutos hasta que mi marido indicó con unos leves roces en la mejilla de Petra que se levantase.
Por fin, su polla quedó libre. «Esta es la mía».
Me lancé a ella como ternero deseando saciarse de la ubre, pero no llegué ni a rozar su capullo con los labios.
—Quieta, Lore. Levántate.
Mierda. Alonso no me dejó catar de su carne. Otra vez las dos de pie cara a cara mientras el pene de mi marido se alejó hacia el sillón. Allí se acomodó mirándonos a lo lejos tras quitarse completamente los pantalones.
—Prepárame para tu marido, cornuda.
Petra se levantó el vestido lentamente. Regodeándose en el momento y retándome con su mirada sonriente.
Bragas de encaje verdes a juego con el vestido.
Qué hijaputa. Yo estaba excitada y paralizada.
Paralizada por la duda. Mis sentimientos me llevaban hacia aquellas bonitas bragas.
Mi mente evaluaba las consecuencias. Dar rienda suelta a mi deseo metería aún más a Petra en nuestras vidas.
Calibraba los pros y los contras sumida en las ganas de agradar a Alonso cuando, por fin, mi mente hizo la conexión que necesitaba.
Nuria. Estaba claro que intentaría tener al hijo de Alonso.
¿Qué mujer puede competir con eso? Necesitaba ayuda y la ayuda estaba delante de mí.
Petra la señora, Nila la puta. Dos en una, capaces de contrarrestar a Nuria.
Ella, y no Petronila, era la hembra a abatir.
La convicción se fusionó con mi deseo y me lanzó directa a las rodillas de Petra para bajarle las bragas.
—Quieta, no tan rápido. Hazlo lentamente.
Sutilezas que yo no me gastaba. Pero es verdad. Debía controlarme un poquito. Intenté ser delicada. Desplacé aquellas bragas a lo largo de sus piernas hasta el suelo. Levantó sus pies ayudándome a quitarlas por completo. Separó las extremidades para alardear de su espléndido coño.
—Ven —me dijo.
De reojo seguí conectada con Alonso. Estaba palote, pero todavía no se estaba pajeando.
Deduje que me tocaba lamer vulva. Prácticamente soy una novata en estas cuestiones, sobre todo en aquella posición.
Comerse una polla estando arrodillada no tiene mucho misterio: un trozo de carne claro y distinto, perfectamente delimitado, que se yergue sin problemas.
Fácil. Pero comerse un coño estando arrodillada era para alumnas de postgrado.
Todas las dobleces de su entrepierna parecían replegarse sobre sí.
Acerqué el rostro y con la lengua comencé a tantear los recovecos.
Más o menos tenía el mapa mental de por dónde quedaban las cosas.
Nada de detenerme en la periferia vulval.
Quería ir directa al núcleo irradiador. Al epicentro del placer.
Posé mi lengua sobre el clítoris y Petra, con sus dedos índice y corazón, lo levantó para acomodarlo.
Era una cuestión de amor propio. Tenía que demostrarle que podía hacerlo.
Levanté la barbilla y estiré mi cuello hacia atrás.
«Es más cómodo comerse una polla», pensé al tiempo que supe que no iba a ceder a la incomodidad.
Mi orgullo de cornuda estaba en juego. Acomodé mis labios lo mejor que pude entre los pliegues y con la lengua palpé su carne: encontré el botón que andaba buscando.
Noté su endurecimiento conforme fui moviendo mi lengua en torno a él.
A mayor dureza, mayor resistencia a mis lamidas, más énfasis puse en la fricción, en buscar su placer y en demostrarle que era capaz de cumplir con mi deber.
Mi boca estaba plenamente adherida a su vulva.
Las pulsaciones se aceleraron y sus vibraciones se transmitieron a mi rostro.
Sentí perfectamente cómo su corazón bombeó más sangre al tiempo que respiraba de modo más intenso.
Lo estaba haciendo bien. «Tengo potencial», me motivé.
Decidida a que Petra estallara en un orgasmo, aceleré los movimientos de mi lengua y la succión de mis labios.
Se caló la jugada y retrocedió dejándome arrodillada.
Ella misma se bajó la cremallera trasera del vestido.
—No te muevas, cornuda. No te necesito para esto.
Se desnudó completamente sacándose el vestido y desabrochándose el sostén.
Retrocedió hacia el sofá y separó sus piernas.
Ese coño no iba a comerse sólo. Gateé sumisa a su encuentro para reanudar mi cometido.
Mi sumisión no era completa. Mi vena rebelde tenía claro que no quería preparar a Petra para Alonso.
Quería que se corriera directamente con mi boca y no con la polla de Alonso.
Le puse empeño. Alterné los estados de mi lengua.
Unas veces, tensa y comprimida, la utilizaba para lamidas rápidas.
Otras, relajada y expandida, abrazaba todo el clítoris en una lamida lenta e intensa.
Petra permanecía muda, no impasible. Era mi pequeña venganza.
Mi pequeño orgullo. «Córrete, cabrona, córrete». No se corría. Tenía aguante.