Capítulo 21 #2
Al llegar a casa me ahorré las excusas. No iba a arreglarme para Nila.
Dios bendiga al móvil. Me despatarré en el sillón y me dediqué a pasar reels a cada cual más encefaloplánico.
Alonso, sin embargo, cumplió el protocolo pre-folleteo con la misma diligencia que sus procesos contencioso-administrativos: ducha, afeitado, lavado de dientes, enjuague, camisa limpia y traje nuevo.
Sin duda, estábamos emitiendo en frecuencias distintas.
Pese a todo, yo seguía eufórica. Una efervescencia lenta y constante.
Como cuando intentas disolver una pastilla en agua fría.
Sandra causaba en mí ese efecto. Alegría, por joderla; preocupación, por joderla.
Conseguir controlarla dependería de combinar las dosis correctas de la jodienda literal con la metafórica.
Era, y soy, muy impulsiva y no sabía si podría hacerlo.
«Mucha Sandra para tan poca Lore», pensé mientras veía un vídeo de un sujeto intentando tragar catorce croquetas a la vez; se atoró y parte de aquella plasta le salió por la nariz.
Like. En el siguiente, una chica española hablaba del choque cultural de vivir con su novio ugandés en Lesoto.
Corazoncito. Ahora, una cuarentona regurgitaba diez tips para elegir talla de sujetador utilizándose a sí misma como reclamo.
Like. El timbre me despertó del trance en el que me tenía sumida el algoritmo.
Alonso le abrió la puerta. Me levanté y recompuse mi ropa como buenamente pude al verla acercarse.
Era Nila, sin duda, pero no andaba como ella.
No miraba como ella y para mi amarga sorpresa, no vestía como ella.
Un elegante conjunto cruzado midi de crepé verde esmeralda amplificaba la belleza de su pelo rubio y sus pequitas.
Ocultaba lo evidente de su cuerpo para destacar lo esencial.
Escote en V que insinúaba sin exhibir. Longitud en su punto: ni corto «zorreo» ni largo «testigo de Jehová».
Pelo suelto con unas ondas muy curradas para que pareciesen naturales, al igual que su maquillaje nude.
Nada de bisutería. Pequeños pendientes y un modesto collar, todo de oro.
El único rastro salvaje era el tatuaje del empeine izquierdo.
Aquella serpiente, cuyo sabor yo conocía, parecía entrelazarse ahora entre las tiras de sus elegantes sandalias de tacón a juego.
Pasado el golpe inicial de su presencia, mi sistema operativo se reinició y volví al ruedo dispuesta a dejar las cosas claras.
—Eres una puta mentirosa.
—Buenas tardes —dijo intentando mantener el tono educado.
—Ni buenas tardes ni pollas en vinagre —no iba a dejarlo pasar—, eres una embustera y una…
—¡Loreto! —Alonso parecía mi padre.
—¡¿Qué?! No voy a callarme una mierda. Esta zorra de aquí me dijo en mi puta cara que no sentía nada por ti. Nos ha intentado manipular.
—No dije eso.
Alonso nos miraba sin saber muy bien qué hacer con nosotras.
—Valiente rollo que me contaste para que me tragara la lefa. No mientas, cacho guarra. Me dijiste que no sentías nada por él.
Por primera vez vi a Nila agachar los ojos y sentirse insegura. Tomé nota.
—Alonso, créeme, no dije eso.
Ni me miraba ni miraba a Alonso. No sabía dónde posar aquellos ojos azules titilantes.
Estaba conteniendo el llanto. Mentir protegía su imagen ante él.
Le importaba realmente lo que pensara mi marido.
Era vergüenza genuina. Yo también la había sentido ante él y empaticé con ella al instante.
Aquello iba más allá de tragarse las corridas o el orgullo.
Amaba a Alonso y le importaba lo que él pensara de ella.
Por su parte, Alonso nos miraba a las dos mientras poquito a poco se nos acercaba.
Era un duelo por el único macho de la habitación.
—Las putas siempre mentís —recalqué lo de «putas».
—No mentí —dijo Nila.
—¿No es eso lo que hacéis las furcias? —engolé la voz y comencé a imitar a una prostituta aleatoria generada por mi mente—, «qué grande tienes…
el micropene», «oh, jamás me corrí igual, oh sí»; «eres el primero que me abre el ojete, el primero…
de la novena orquesta sinfónica que me ha follado el orto»; «tengo el coño tan abierto como los Campos Elíseos porque he parido…
no porque me haya tirado a toda la plantilla del Paris-San Germain, utilleros incluidos».
—Loreto, cálmate —insistía Alonso.
—Estoy calmada. Espera. ¿Qué es eso?
Obnubilada por la nueva Petronila no había caído en el bulto que dejó al entrar en el salón: una maleta con ruedas.
—Petra va a quedarse en casa —dijo Alonso a bocajarro.
Ahora sí que empecé a alterarme.
—Eso es lo que a esta zorra le gustaría. Esta tipa sólo se queda aquí esta noche. Le metes el churro y mañana la mandas a seguir chupando rabos por España.
—No ha sido cosa mía, Loreto —ahora ya era «Loreto» para Nila. Qué rápido aprende la niña.
—¡Oh, sí! Claro que ha sido cosa tuya. Te han largado del puticlub ese y como te has encoñado de Alonso vienes a disfrutar del encoñamiento a mi casa. ¡No, hija, no! Las putas, al puticlub.
—No la llames puta —dijo Alonso.
—La llamaré como me dé la gana.
—No ha sido cosa de Petra. Ha sido idea mía.
Pequeño temblor con epicentro en mi estómago.
Miré a Nila, que había recuperado la compostura.
No era plenamente consciente de lo que estaba sintiendo, si ganas de llorar, cabreo, excitación o necesidad de pegarle una bofetada a Alonso.
Intento articular sonidos, pero no sé qué decir.
No me salen ni insultos. Ni gritos. Nada.
—Fui yo quien quiso que se mudara. Petra no tiene nada que ver.
—Así es, Lore…
—Cállate —no iba a dejar que me mintiera de nuevo—, puede ser que haya sido cosa de Alonso, pero no le ha brotado de sus santos cojones. Si le ha salido de los huevos es porque tú se los has exprimido, zorra. Conozco a mi marido.
—¿Seguro? —preguntó mi oponente.
Alonso respiró buscando las palabras.
—¿Recuerdas nuestro pacto?
Estos tres meses y medio me parecían años. Excavé en mi memoria.
—¿Esta mierda es por no apuntarme a geología? ¿Es eso?
—Se te pasó el plazo. Ni lo intentaste siquiera.
—Tú no me lo recordaste —rebajé el tono y volumen de mi voz. Sonaba a excusa—. No me dijiste nada, te lo has callado.
—Me lo callé a propósito. Si te lo hubiera dicho, ¿me habrías hecho caso?
Una patada en la espinilla me hubiera dolido menos. Tenía razón. No le habría hecho ni puñetero caso. Metida en la vorágine cornuda, lo de la geología me parecía una gilipollez.
—Ese es el punto, Alonso —Nila aprovechó el momento—, no te hace caso. Se ríe de ti.
—Métesela en la boca, Alonso, a ver si se calla.
—¿Podrías dejar de hablar así? Es importante —insistió mi marido.
—Te hago caso… a veces —fui sincera.
—No es por la geología, es por lo que significa. Te dije que hicieras algo para ti misma.
—Ya lo hago. Esto que hemos hecho es para mí; para nosotros.
—Son tus deseos, Lore —Nila se retiró dando unos pasos hacia atrás—, ¿has pensado en los de Alonso?
La verdad es que los daba por hecho. Tarifa plana para poder follar con otras, ¿a qué marido no le gustaría?
—¿Qué deseos?
—Estoy harto, Lore —Alonso me tomó de los hombros y me miró proyectando su alma en mis ojos—, no quiero luchar contigo.
No quiero llegar a casa y que todo sea un problema.
Bastante tengo en el trabajo. Quiero que seas mi lugar seguro.
Tener algo de control. Siento que sólo estoy para cumplir tus fantasías.
—¿Nila te ha metido eso en la cabeza? ¿Qué soy la mala?
—Nadie es «la mala» aquí, la vida no es así —Nila ahora parecía disfrutar un poquito—. Deja que Alonso sea Alonso, nada más. Desnúdate.
—Una puta no va a decirme lo que tengo que hacer en mi casa.
Alonso se alejó unos pasos de mí aunque permaneció agarrándome la mano.
—No es ninguna puta. Hazlo.
Dudé. Me apretó sutilmente la muñeca para dejarla caer y alejarse.
Me escrutaba con la mirada buscando excitarse.
Alonso quería desearme, pero no podía. No podía poner caliente a mi marido y eso me encendía.
Maldije mi fetiche o qué demonios fuera esta locura que me pasaba por la mente.
¿Por qué me incendio con esta mierda? Con la mera idea de que sea Nila la que excite a mi esposo me reactivé de nuevo.
Volvió la misma euforia que me embargó con Sandra.
El mismo calor que me insufló ver a Nuria.
Nunca es fácil desnudarse frente a dos personas vestidas.
La falda cayó sin problemas. Con sólo desabrocharle dos botones, me quedé en bragas.
«¿Por qué tuve que elegir estas beige de talle alto?
». La blusa smock ya era más complicada.
No le atinaba a la abotonadura de la espalda debido al nerviosismo.
—Ayúdala —le indicó Alonso.
Nila se acercó. Inspiré profundamente buscando reconocer su perfume, pero no olí nada.
Sólo carne limpia cubierta de elegancia.
Levanté los brazos y me quitó la blusa con cuidado.
La dobló y la dejó en el sofá. Posó sus manos sobre mis hombros, se aproximó y con un abrazo me desabrochó el sostén.
Ni en sus manos ni en sus ojos noté resentimiento.
Sólo suavidad y determinación. Había intentado meterla en apuros, pero mi contrincante estaba curtida.
Podría haberme despellejado la garganta gritándole puta a la cara, que no hubiese tenido efecto.
Era una señora y actuaba como tal. Ya no era Nila, la ramera del Smolyan; era Petra, la señora de Alonso.
No es fácil mantenerse elegante mientras le quitas las bragas a la esposa de tu amante.
Petra lo consiguió. Empequeñecí sobre lo único que me quedaba: mis mules de tacón bajo.
Conseguí reprimir el gesto instintivo de cubrirme con las manos.
Me faltaba controlar los cientos de pensamientos turbios que permanecían incrustados en mi cerebro.