La Cornuda Fiel Capítulo 21
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Capítulo 21

Capítulo

«Sé que lo deseas, Lore, y está aquí»

Disfruté la follada a Sandra como propia.

Si fuera de esas escritoras alcanforadas os diría que fue una sensación indescriptible.

Indescriptible es el sabor del hielo de los polos de Marte.

Lo que yo sentí estaba bastante clarito.

El placer de dominar el placer de Sandra a través del placer de Alonso.

La excitación había decidido hacer de okupa en mis entrañas y no había forma de desahuciarla.

En mi candidez creí que podría jugar un poquito más con Sandra.

—Me voy. Adiós —dijo.

¿Esa era forma de despedirse de tu follador y tu proveedora de rabo fresco? Así fue. Intentó recomponer sus ropas y retornar a su pose hijoputesca. Sus tacones ya no sonaban tan firmes al desaparecer por el pasillo que conducía al ascensor.

Alonso todavía tenía la churra fuera. Los alimentos o se comen o se guardan, pero no se dejan al aire libre. Le palpé la polla tanteando su consistencia. Demasiado dura.

—¿No te has corrido?

—No —respondió.

Allá que intenté lanzarme hacia la reluciente piel granate que me apuntaba. ¿Cómo sabría Sandra?

—¡Quieta, quieta! —Alonso aprisionó mis hombros impidiendo que me pusiera de rodillas—. Mejor que no.

—Mejor que sí.

—Tengo que procesar esto.

—Puedes procesarlo mientras te como la polla y luego…

—Reservémonos…

—¿A qué? ¿A las bodas de plata? Virgen ya sólo me quedan las axilas.

—Lore, cálmate —dijo tan pancho subiéndose los pantalones. Yo no quería calmarme.

—Quiero follar, cari.

A los hombres hay que decirles las cosas claritas porque parece ser que quererles comer el cimbrel es una señal demasiado confusa.

—Llamemos a Petra.

—Creo que me oíste, ¿no? No recuerdo muy bien si la mandé directa a la mierda o al parque de al lado, pero por ahí cerca le andaba.

—Comportémonos como adultos y hablemos las cosas entre los tres.

—¡Joder, sí! Nos merecemos una última sesión memorable. Llámala.

Exageré mi entusiasmo con la esperanza performativa de que se cumpliera. No las tenía todas conmigo. Sin duda era el momento que necesitaba para cerrar un ciclo en el que Nila no se transformara en una Nuria 2.0 que reapareciera y reapareciera continuamente en nuestra vida.

La llamada de Alonso fue concisa: saludo protocolario, preguntas de rigor sobre la hermana y el hijo y un lacónico «puedes venirte al chalet esta noche».

—Ya está —dijo Alonso.

—Muy bien, pero no me quedo sin comer carne. Vamos al Cornejo.

El restaurante no quedaba lejos del despacho.

Dejamos de frecuentarlo cuando descubrimos un asador uruguayo en la periferia.

Me enamoré de su pamplona y sus tiras asadas.

Recordaba el Cornejo de los inicios del despacho, cuando a veces acompañaba a Alonso en el almuerzo.

Por entonces era de ambiente familiar, comida abundante y postres con nombre que una podía pronunciar.

El antiguo rótulo vintage con flores de cornejo había dado paso a un cartel minimalista en negro y dorado.

Tres trazos y cuatro manchas recordaban la flor. Por lo menos no cambiaron el nombre.

—Esto está distinto —sentada a la mesa revisaba la carta buscando carne. Mucha carne.

—Sí, la dueña se jubiló y ahora lo lleva su hijo.

—No sé, cari, la carta está peor. ¿Qué es esto del onglé al bidé de ternera? Deja el móvil.

—Ni idea. Espera, lo miro —sus dedos tecleaban algo en su teléfono—. Es que me ha mandado un mensaje Alberto, que estará de baja y ya ha gestionado su sustitución. El «onglet sous-vide» es solomillo preparado a baja temperatura, al parecer está muy bueno.

—¿Qué Alberto?

—Es un nuevo procurador con el que trabajamos. Bueno, nuevo no tanto, porque ya llevamos un año con él. No lo conoces.

—Conozco a Nacho. ¿Seguís con él? No sé si pedirme eso del bidé —rebusqué entre los nombres extranjerizantes de la carta.

—Precisamente a él le estaba mandando ahora el mensaje. Tengo una vista oral el martes. Ya está.

—Me gustaba más antes —dije todavía indecisa.

—Tendríamos que haber ido a un asturiano. Abrieron uno, lo que pasa es que queda un poco lejos para ir andando.

—Jo, ahora no puedo quitarme el cachopo de la cabeza. Lo que sí me gusta del cambio es lo de los niños, ahí sí que ha mejorado esto.

—¿Qué niños? —preguntó intentando encontrar alguno con la mirada.

—Pues eso, que no hay niños. Lo han puesto en la puerta en inglés para que quede cuci: «Adults only».

—Ya —Alonso seguía pendiente de la pantallita.

—Nuria debe abortar. Debemos conseguir que lo haga.

—Es algo que debiera decidir ella, ¿no? —Ahora sí parece salir del letargo telefónico.

—No, porque va a afectarte a ti y a mí.

—Tal vez nos lo hayamos buscado.

—Hemos buscado follar y guarrear, eso lo hemos buscado. Asumo eso. No estoy celosa —estaba un poco alterada por la situación con Sandra, más tirando hacia la euforia que a la preocupación—, pero el embarazo es cosa de la hijaputa que acabas de follarte.

—¡Loreto!

—Que me escuchen, no me importa.

—Pero a mí, sí.

—Cari, es simple. Piénsalo de este modo. Ni Nuria, ni tú ni yo buscábamos ese niño. Es todo cosa de Sandruska. ¿Vamos a dejar que se salga con la suya? Ya la tenemos cogida por los pelos del coño y no vamos a soltarla.

—No la tenemos cogida de ningún sitio, Lore. Es inteligente. No tenemos nada que podamos utilizar contra ella. No sé ni por qué ha ocurrido lo de hoy.

—Pues porque quería comerse tu solomillo desde la reforma de Bolonia, no te jode. ¿Por qué no te la tiraste en la Uni?

—Peor me lo pones.

—¿Por?

—Porque si es eso sólo lo que tenemos el día en el que se harte de solomillo…

—Es que no llego a entender que no puedas denunciarla o algo así. ¿Teo no puede ayudarte?

—Esa es otra. A ver cómo le cuento a Teo. No sé —volvió a mirar el móvil—. Teo puede ayudarme, pero también tiene que defender a su cliente. Puedo investigar, pero es buena y habrá dejado pocas pruebas.

—Tan buena no será cuando la hemos descubierto, tú mismo lo dijiste.

—La hemos descubierto porque Tolo la cagó, no por ella.

Sonó un mensaje. Alonso revisó el móvil y por fin, lo guardó.

—Es Nacho, todo bien —debería estar más tranquilo. No lo estaba—, dice el periódico que Fermín Cotrina ha muerto.

—Esa sería la llamada que recibió la cabrona. Era del Emilio, la voz era inconfundible aunque no entendí lo que dijo.

—Yo he pensado lo mismo. Pero si la han avisado de la muerte de Fermín antes de que se filtrara a los periódicos es que está metida a fondo con los Cotrina.

—También el Emilio —apostillé.

—Seguramente.

—No nos desviemos de la conversación, que esto me da la razón. Lo importante es que Nuria no tenga al churumbel.

Nos interrumpieron trayendo las bebidas. Al final pedí secreto ibérico al no sé qué francés, y Alonso el solomillo al bidé.

—Lore, los Cotrina son criminales. Si lo que sabemos sobre Sandra les estorba, nos «neutralizan» —no lo dijo en broma, desde luego.

—Comprendo. No voy a hacer bromas al respecto, pero creo que exageras. No sigo las noticias y aun así sé que los Cotrina están bien jodidos. Los búlgaros les han dado a los Cotrina y los Cotrina a los búlgaros. Todos ganamos. Ese mismo Fermín era el cabecilla, ¿hay sustituto?

—No lo sé. Vete a saber quién hereda el entramado. El documento de Sandra indica que hay un tinglado legal que les permite sostener lo ilegal.

—Sé cómo funciona. Mi padre tenía rollos de esos.

—Lo de tu padre era distinto, no era un criminal. Sólo cosas en negro.

—Negra me tenía a mí.

—Debemos ser prudentes. Si los Cotrina no se reorganizan, no tendremos problemas.

—Insisto. Hay que convencer a Nuria para que aborte. Si no puedes tú, que lo haga Sandra. ¿No es la que la contrata para el despacho?

—¿De verdad? —me sorprendió la cara de desprecio que me lanzó Alonso. Por primera vez, me miró con asco. Casi me entraron ganas de llorar.

—¿Qué? —no pude articular nada más.

—Ni vamos a chantajearla ni a presionarla. No vamos a hacer eso con Nuria. Ella tomará su decisión libremente.

No era el momento de recalcar lo del aborto.

Me hubiera gustado lanzarle a la cara lo ingenuo que era.

Nuria estaba abducida por su simiente. Seguro que tendría al niño y luego, poco a poco, que si visita al ginecólogo, que si visita a zutano, a mengano, que si necesita ropita, que si esto, que si lo otro, y al final, si tenemos suerte, sólo nos saca los cuartos.

Si no la tenemos, nos saca además el tiempo.

El tiempo de Alonso. El tiempo que me quita a mí.

Y no iba a permitir eso, no señor. Por fin, llegó la comida.

Tendría que haber pedido la mierda esa del bidé.

Tenía mejor pinta que mi secreto caramelizado recubierto de una salsa no identificada.

—Voy a probar del tuyo —implementé la técnica femenina milenaria para dejar al macho muerto de hambre. Poquito a poquito, el solomillo de Alonso desaparecía del plato. Ofrecí, faltaría más, a Alonso del mío, pero lo rechazó cortésmente.

—o—