Capítulo 20 #3
—Estamos en problemas, ha metido al despacho en problemas.
—Ha conseguido que preñes a la pelirroja, quería romper nuestro matrimonio espiándote y restregándome tu putiferio por la cara y encima es una jodida criminal. Tenemos que darle un escarmiento. Tienes que darle un escarmiento. Llámala. A la mierda los problemas.
Sabía exactamente lo que transitaba por la mente de mi marido.
Lo conocía demasiado bien. Igual que hace un rato con Nuria, si no hablaba es porque estaba calculando.
En estos momentos estaba repasando códigos, jurisprudencia y leyes internacionales calibrando los peligros, las consecuencias y las posibilidades.
Tenía que conseguir que aquello no lo paralizara.
—Llámala —repetí con voz dulce. Puse ojitos de tierna y esponjosa felatriz—, llama.
—¡Joder! —estaba cabreado. Muy cabreado. Sentía el espesor de su ira.
—Eso es, cari. Deja que fluya, deja que fluya. Joder. Joder de mil formas distintas. Nuria y Nila sólo han sido los entrantes. Necesitamos el plato fuerte.
—Si la llamo se va a dar cuenta de que algo me pasa. No es tonta. Le mandaré un mensaje.
¡Bien! Alonso se ha decidido. Otro escalofrío me recorrió la entrepierna, me subió por el vientre y se acabó incrustando en mi cerebro.
—Pues algo intermedio, cari. Envíale un wasap de voz, así si vemos que te sale mal, lo borras y envías otro.
Sacó el móvil y le envió un mensaje de voz escueto. No hizo falta repetirlo.
«Necesito discutir una cuestión jurídica importante. Es urgente y no puede esperar. Nos vemos dentro de dos horas en el despacho»
Alonso no solía enviar mensajes de voz. Sandra pensaría que es importante de verdad. Doble check azul. Sandra contestó casi de inmediato:
«Allí estaré»
Yo no me cambié, pero Alonso sí. Se puso uno de sus trajes. Para él, ir al despacho y llevar traje eran realidades intrínsecamente idénticas. No concebía otra opción. Lo observé mientras se vestía. Follar está bien, pero verlo desnudarse y vestirse me parecía de un erotismo equivalente.
—No, cari, esa no —le indiqué desde la puerta cuando vi que cogía una corbata polkadot azul claro—, mejor esa azul marino de la derecha.
Era una corbata regimental de estilo británico. Disciplina británica era lo que necesitaba Sandra y mi Alonso debía estar a la altura.
Nos montamos en el Audi y salimos para el despacho. Alonso seguía rumiando las consecuencias. Temí por nuestra seguridad.
—Si quieres conduzco yo.
—No, no te preocupes. Estoy bien.
—Tranquilo que la hemos pillado bien pillada.
—No, Lore, no es tan fácil como tú lo ves. Habría que ser imaginativo con el Código Penal para empurarla.
—Tengo mucha imaginación.
Me reservo los detalles, pero en mi mente Sandra sufría toda una serie de refinadas torturas sexuales.
—Lo del preservativo ni siquiera es delito y lo del documento no es tan sencillo.
—Pero el rombo es suyo. Es evidente.
—Es evidente para nosotros. Pero necesitaríamos un pericial, algo objetivo.
—Entiendo.
Putas garantías procesales. Con lo fácil que era linchar a las brujas antaño.
—Y aunque tuviéramos ese peritaje, la forma en la que me llegó el documento impide que lo utilicemos.
—Joder, me están entrando ganas de delinquir. Ahora resulta que no tenemos nada contra esa hijaputa.
—Tampoco es así.
Llegamos al garaje del edificio. El bufete había comprado tres aparcamientos para los socios. Los tres estaban vacíos. Bien. Sandra todavía no había llegado. Creo que era la primera vez que entraba en el bufete estando desierto. Era raro.
—Voy a mi despacho.
Me quedé en medio del recibidor entre las mesas de las auxiliares.
La soledad invitaba a la reflexión. Inspiré buscando llenar mis pulmones de paz, pero los llené de más determinación.
Durante años he fantaseado con ser cornuda.
Ahora que ya lo era, tener cuernos, así sin más, me parecía poca cosa.
Ser cornuda estaba muy bien. ¿Pero para qué?
¿Con qué fin? El sonido inconfundible de sus tacones me respondió.
—Loreto.
—¡Sandruska! —engolé la voz y sonreí de modo forzado aunque mi postureo fuese redundante. Las dos reconocíamos el odio de la contraria sólo con la mirada.
—¿Y Alonso? He quedado con él.
—Pinchaste los condones de Nuria. Seguramente con la mierda esta… —fui a coger el alfiler de su solapa cuando lo impidió agarrándome de la muñeca.
—Ni se te ocurra, niñata. Como me pongas la mano encima, te la corto.
Vaya miradita que me propinó la cabrona. Sentí miedo de su frialdad. Lo decía en serio. Hubiera sido capaz de coger un cuchillo y rebanarme la mano.
—¿Y Alonso? Las personas adultas tenemos cosas que discutir. Entreténte con un sonajero o algo.
—Pinchaste los malditos condones, hija de puta —remarqué lo de hija de puta. Lo importante hay que dejarlo claro siempre.
—No sé de qué me hablas.
Claro que lo sabía. Lo sabía muy bien.
—Pinchaste los preservativos de Nuria —Alonso no tuvo que levantar la voz.
Caminaba lentamente hacia nosotras con unos papeles en la mano que dejó en una de las mesas—.
No puedes evitarlo, ¿verdad? Ya tenías ese mismo patrón de puntitos en la universidad.
Seguro que si reviso alguno de los apuntes que me dejaste los encuentro igual que los encontré en la documentación de los Cotrina.
Sandra quería permanecer impasible, pero no podía. Todo lo que yo dijera o hiciese le resbalaba, pero Alonso era su kryptonita. Lo que dijera Alonso, le importaba.
—Nunca he trabajado para los Cotrina.
Alonso seguía acercándose. Me dejó a un lado y agarró por el cuello a Sandra.
No os voy a mentir. Estaba flipando un poco con mi marido.
No le hacía daño. No estaba violento. No parecía cabreado ni tenso.
Sólo seguro de lo que hacía. Su mano abierta abarcaba grácilmente el estrecho cuello de Sandra.
Era una caricia y una advertencia a la vez.
—Claro que sí.
Sonó el teléfono. Sonó el maldito teléfono de Sandra. Ni ella ni yo teníamos claro qué hacer en esa situación.
—Responde —le indicó mi marido sin mover su mano del pescuezo de la pelandusca.
Sandra sacó su móvil del bolsillo de su traje sin mover la cabeza. No pudo ver quién le llamaba antes de contestar.
—Dime.
Desde donde estaba pude reconocer la voz de Emilio, pero no lo que decía.
—Lo siento. Lo siento mucho. Gracias, yo también estoy afectada. Estaré al tanto de lo que ocurra. Tengo que colgarte.
No supe lo que le había dicho Emilio. Desde luego, no buenas noticias. Sus ojos estaban vidriosos. No lloraba porque era una profesional de la cara de cartón, pero se le notaba afectada. Tenía que aprovechar su vulnerabilidad.
—Necesito otra amiguita de juegos —dije.
—Estás loca —miró a Alonso—, no sé por qué dejas que te manipule así, Alonso. Tú vales más. No entres en su juego.
—Quiero que me escuches.
Alonso la agarró por la cintura con la mano izquierda mientras mantenía la derecha sujetando el cuello de Sandra. Le dio la vuelta y la puso mirando hacia mí. Ahora Alonso estaba detrás de ella, pegado. Me acerqué a la abogada. Podíamos olernos nuestros respectivos alientos.
—Escucha a mi marido —le susurré.
—No sé cuánto tiempo llevas trabajando para los Cotrina. Seguramente años. Nos has jodido la vida, Sandra. A Teo y a mí.
—¿Qué pruebas tienes? ¿Unos puntitos? —mientras respondía dándole la espalda a Alonso yo la observaba cara a cara. Escudriñaba su rostro. Sandra estaba disfrutando. A la sabionda le estaba gustando aquello.
—Ponme a prueba, Sandra. ¡Ponme a prueba! Me conoces. Sabes de lo que soy capaz. Si busco en los expedientes, si reviso casos, si indago siguiéndote las huellas, ¿seguro que no encontraré algo?
—Soy buena.
—No tanto si te hemos descubierto.
Llegó mi momento. Alargué mi mano y le desabroché el botón superior de su camisa. Me miró sorprendida.
—Tal como lo veo, Sandruska, tienes dos opciones. Y en una no está incluida la polla de Alonso.
—¿Me estáis chantajeando? Vaya mierda de chantaje —se rio en mi cara.
Se lo tenía que estar pasando en grande cuando utilizaba ese lenguaje.
Estaba desmontándose y yo tenía que ayudarla a dar el paso.
Desabroché el siguiente botón. Ya podía verle los pechos.
No pude evitar compararlos con los míos.
¿Por qué todas tienen estos melones menos yo, joder?
Me vino bien aumentar la dosis de cabreo con ella.
—No es chantaje, Sandra —apostilló Alonso—, es un acuerdo. Tú juegas con Lore y yo no juego con tus documentos.
Estos momentos de complicidad y conexión con Alonso me ponían a cien.
A doscientos en este caso. Desabroché por completo la camisa de la estirada.
Me costó un poco más quitarle la chaqueta, por la postura en la que Alonso la mantenía, pero al final se la quité.
La tiré al suelo y no protestó. Debía estar medio en trance porque no protestó a pesar de que odiaba ensuciar su ropa.
—Vamos a jugar un poquito con el sonajero de Alonso —tomé su falda y la fui subiendo, hasta enrollarla en la cintura. Le iba a costar quitarle las arrugas—, seguro que es más interesante que el pequeño cascabel de tu Emilio, ¿a que sí?
Nombrar a Emilio tenía un efecto raro sobre ella. No supe qué era exactamente. No lo amaba, eso estaba claro. Bastaba observarlos cuando estaban juntos. No obstante, de alguna manera retorcida, sentía algo por él.
—Estás enferma.