La Cornuda Fiel Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Tranquila. Cálmate. Alonso, ve a por un vaso de agua.

Alonso obedeció. Ahora fui yo quien la abrazó.

—Tranquila.

—Creí que me gritarías o me insultarías como a Sandra.

—Vaya concepto que tenéis de mí en ese despacho. Somos adultos, tomémonos esto como adultos.

Alonso llegó con el vaso de agua.

—Toma —le dije—, ¿es que no tomas la píldora?

Tenía que hacer la pregunta lógica para que no sospechara.

—No puedo, por los trombos.

«Trombo el que te ha metido mi marido», me contuve y no lo dije.

—Usamos siempre preservativo, te lo juro, Lore.

—Serán condones tuyos, porque a mi amantísimo esposo no le he visto ninguno —una pizca de cabreo estratégico tenía que soltar para ser creíble—, supongo que no los tendrías guardados desde tu graduación de secundaria.

—No. Siempre los llevo conmigo.

La pobre se tomó el comentario en serio. Miré a Alonso de refilón. Estaba serio. Demasiado serio. Su pose me inquietaba. Él no es así. Nunca lo ha sido. Vi en su rostro que algo pasaba por su mente, pero no podía preguntarle qué.

—Supongo que pensarás abortar, ¿no?

Ahora dejé de mirar a Alonso y la miré a ella. Por primera vez nuestras miradas se cruzaron y mis ojos penetraron en ella. En ese mismísimo instante, supe que no iba a abortar, supe que estaba enamorada de mi esposo y que quería realmente tener ese hijo, lo hubiera buscado o no.

—Creo que sí, no sé, no lo he pensado. El lunes volveré al ginecólogo. No quiero causar problemas, no soy una buscona. No quiero…

—Voy a decirte una cosa y no te lo tomes a mal, ¿vale?

No voy a gritarte ni voy a insultarte, simplemente quiero dejarte una cosa clarita —Nuria asintió con la cabeza y otra vez desvió la mirada—.

Ya no se trata de lo que tú quieras o no quieras.

Se trata de que tus decisiones afectan a Alonso y me afectan a mí.

Así dicho, soné muy adulta y responsable.

Pero en mi interior comenzó a carcomerme un poquito de culpa.

¿Tendría Alonso razón y nos habíamos divertido con ella?

Un poco sí, desde luego. El enfado que acumulaba desde que supe que Alonso continuó «viéndola» se disolvió paulatinamente en la culpa.

Poco a poco el ambiente se relajó. No es que antes fuera tenso, pero ahora podía decirse que era distendido.

Después del agua mandé a Alonso a por unas Coca-Cola Zero y continuamos charlando.

Alonso a base de monosílabos y yo conteniendo mi verborrea.

Nuria intentando explicarse y justificarse.

Estaba dispuesta a informarnos si hubiera aborto; no pediría dinero a Alonso; no le exigiría acompañarla al ginecólogo…

y luego, nos pidió perdón: que si no lo había buscado, que si todo surgió de improviso, que si ella no era así, y patatín patatán.

Os engañaría si negara que aquello me animó un poquito.

Sabía que mentía o por lo menos, no decía toda la verdad.

Igual que yo. Tal vez igual que hace todo el mundo.

Claro que ella había buscado a Alonso. No se cayó de repente encima de su polla y se embarazó porque sí.

Ella mintió un poquito, nosotros mentimos un poquito. Estábamos en paz.

—Mira, Nuria, tendremos tiempo de hablar de todo eso —le dije en mi mejor tono—, pero ahora hay cosas delicadas que sólo pueden hablarse entre mi marido y yo, espero que comprendas.

—Sí, sí, lo comprendo, lo comprendo.

Resultó ser una forma elegante de hacer que se fuera de casa.

Alonso le entregó su bolso, se recompuso la ropa y acabó de secarse los últimos restos de lágrimas.

La despedida fue rara porque ninguno se despidió de nadie.

Normal visto nuestros estados anímicos: Alonso medio zombie; Nuria medio drogada por las endorfinas posteriores al llanto; y yo en un estado raro entre el cabreo, la contención y cierta excitación propia de mi fetiche sexual.

Cuando se fue, caí en la cuenta de lo que significaba aquello.

Alonso, mi marido, iba a tener un hijo con otra mujer.

Me lo repetí varias veces para poder tomármelo en serio.

Me encontraba en pleno shock post-traumático.

Creí que Alonso también, pero su semblante había cambiado completamente.

Era el Alonso que siempre me ha gustado.

El fuerte y poderoso. Un Alonso cabreado.

Por un momento temí que estuviera cabreado conmigo.

¿O tal vez con Nuria? Si hubiera sido con Nuria le habría dicho algo.

—¿Qué te pasa?

No me contestó, se dio la vuelta y fue camino a su despacho. Tuve que correr para llegar al mismo tiempo que él.

—¿Qué pasa, cari? ¡¿Qué pasa?!

—Esto pasa —me enseñó una ristra de condones—. Los he cogido del bolso de Nuria mientras tomabais la Coca-Cola.

—¿Qué le pasan a los condones?

—Siempre, siempre, siempre hemos follado con condones. Siempre —a Alonso le parecía que el ordenador tardaba en encenderse tres eones geológicos consecutivos—. ¡Puto ordenador!

Ese lenguaje no solía ser habitual en él.

—Ya sé que habéis utilizado condones. Os vi. Te creo.

—No es cuestión de creerme. Mira, mira los putos condones —miré los putos condones sorprendida más por el lenguaje de Alonso que por los profilácticos en sí. Algo pasaba, y grave.

Me quedé mirando los preservativos. «Hechos en la UE», pues muy bien, no eran chinos. «Utilice sólo uno en cada acto sexual», lógico aunque no ecosostenible.

—¿Qué les pasa? —Alonso parecía indicarme con su mirada que los mirase bien.

—Mira aquí. Pasa el dedo. Pasa el dedito por encima.

Pasé la yema de mis dedos por encima y joder. Lo sentí. Eran unos agujeritos. Unos putos y malditos agujeritos casi imperceptibles.

—La madre que parió. La muy zorra ha pinchado los condones.

—No ha sido Nuria.

—¿No?

Esto se ponía interesante.

—No.

Por fin, el sistema operativo ya estaba operativo. Alonso se metió en su correo electrónico y se descargó un archivo que le había mandado Teo. Era un pdf con movidas jurídicas que no entendía. Amplió el pdf.

—Mira. Compara —me señaló los cuatro puntitos en forma de rombo que estaban a un lado del texto del documento.

—Joder. Son el mismo patrón que los condones.

—Sandra.

—¡¿Qué?! —lo del embarazo de Nuria me parecía ya una anécdota.

—Es su patrón. Lo hace para marcar los documentos. Lo tiene interiorizado y ni se da cuenta cuando lo hace. No me percaté el otro día al leer las fotocopias porque están de pena. Pero es inconfundible. Es Sandra.

—Vale, cari. Entiendo que la hijaputa de Sandra pinchara los condones. Seguro que con la horterada esa de alfiler que siempre lleva puesto. Ésa se enteró de lo vuestro desde el principio. Ya me extrañaba.

—¿Qué te extrañaba?

—Ya te conté algo. Cuando quedó conmigo para «delatar» tu infidelidad —hice el gesto de las comillas en el aire—, ella ya sabía que estabas tirándote a Nuria, pero no me lo dijo al principio.

Quería ocultarlo. Pero cuando vio que sabía y consentía lo de Nila me soltó lo de Nuria.

Ésa estaba enterada desde el principio y se lo calló por algo.

No se le escapa ni una a la muy cabrona.

Sabía que tú te zumbabas a la pelirroja y le pinchó los condones.

—Y eso no es lo peor.

—Joder, cari, pues ya es suficiente para que quiera trepanarle las orejas con su alfilerito de mierda.

—Este documento me lo envió Teo.

—Ya he visto que es de Teo.

—Es uno de los documentos de Charo.

—¿Y por qué Sandra dejó sus putos puntitos en un documento de Charo? —iba hilvanando unos datos que llevaban a un sitio bastante tenebroso.

—Es un documento interno de los Cotrina. Era de Tolo y Charo se lo pasó a Teo. Teo me lo pasó para que lo estudiara y le diera consejo.

—Siempre fue una marrullera.

—Es más que una simple marrullera, Lore. Sandra es el cerebro jurídico de los Cotrina. Seguramente ha estado asesorándolos durante tiempo. Este documento lo redactó ella. Marcó sin querer lo importante con sus puntitos. Al tratarse de un borrador no lo revisó pormenorizadamente y aquí se quedaron.

Lo vi con total claridad. Me pareció hasta una bella ironía del destino que me hiciera aquel regalo.

Ya tenía a Sandra cogida por los pelos del coño y no iba a soltarla.

Claro que no. Era la ocasión que había estado buscando.

Un escalofrío de gustito y excitación me recorrió por el cuerpo. Casi como un orgasmo.

—Llámala.

—¿Qué?

—Que la llames. ¿No nos ha jodido ella? Pues ahora vamos a joderla nosotros. Sobre todo tú.

—No bromees, esto es serio.

Lo miré fijamente.

—No es ninguna broma, Alonso. Quiero que le des por el puto culo y no lo digo en plan metáfora poética ni como eufemismo legal.

Lo digo literal. Abrirle de tal forma el orto que tenga que comprarse uno de esos cojines ortopédicos para las almorranas.

Vas a dejarle el culo como el túnel de Guadarrama.

Me había invadido la euforia. Volvía a ser yo misma. La Lore calenturienta. La Lore resuelta y gallarda. La perspectiva de dominar a Sandra a través de Alonso me caramelizaba el coño.

—Ojalá todo fuera tan fácil, Lore.

—Mírame.

—¿Qué?

—¡Mírame a los ojos!

Nos follamos con la mirada. Reconectamos por primera vez en mucho tiempo. Alonso estaba cabreado y yo poseída por una alegría desbordante y un torrente de sentimientos que conducían hasta Sandra siendo sometida por Alonso.

—Lore…

—Dime que no te has fijado nunca en sus piernas.

En ese culito que va meneando por el despacho pidiendo que le den lo que su marido seguro no le da.

Dime que, como hombre, nunca te has preguntado cómo te la chuparía con esos labios que parecen siempre cabreados.

Dime que no te gustaría abrirle el coño y verter en él ese puto café de los cojones que compra.

Yo la haría comerse los puñeteros granos de café para que los cagara y se alimentara luego de ellos.

Vale, demasiado gráfico. Tenía que bajar las revoluciones para que Alonso no creyera que se me había ido la pinza.

—Quiero joderla —me dijo.

—Eso es, Alonso. Ese es el espíritu. Repítelo más fuerte. Joderla. ¿Qué quieres?