Capítulo 20
Capítulo
«Nuria y Nila sólo han sido los entrantes. Necesitamos el plato fuerte»
Me dolía la cabeza de estar tanto tiempo delante del ordenador.
Me tomé un paracetamol y me metí en la cama junto a Alonso, que ya dormía.
En la penumbra de la noche lo observé detenidamente durante un tiempo.
Su respiración, su rostro, sus cejas, esas canas incipientes que le hacían tan sexi, ummm…
, lo amaba demasiado. De pronto, lo ocurrido no me pareció tan grave.
Al fin y al cabo, sólo se ha follado a una prostituta y lo ha hecho tan bien que le ha robado el corazón además de las bragas.
Contemplando a Alonso a escasos centímetros, comprendí por qué ella se había podido enamorar de él y me quedé dormida a su lado.
Por la mañana, no supe quién de los dos comenzó a moverse primero, pero nos despertamos a la vez. Nos abrazamos y nos dimos un tierno beso sin decir nada. Ya me encontraba mejor.
—Desayunemos pronto, cari, y vayamos a algún sitio —propuse.
—¿Al centro?
—No, al centro estoy harta de ir.
—¿Y si salimos con el coche a algún pueblecito?
—Voy a buscar en Google algún restaurante o venta en la que comer. La última estuvo regulera.
Nos dieron prácticamente las once de la mañana desayunando.
Por fin parecíamos una pareja normal. Él con su móvil viendo las últimas noticias y yo con el mío leyendo reseñas.
«Comida muy buena y trato amable. Doy una estrella porque tenían un cartel de Manolete y odio los toros», vale.
La siguiente, «No es para tanto. Al cocido le falta morcilla», no pensaba salir a comer cocido.
Morcilla acaso la de mi marido. Continué.
«Los filetes de este restaurante son tan grandes como las tetas de la dueña», reseña confusa porque todo depende de la magnitud glandular de la dueña.
Era divertido leer reseñas. Di con varios restaurantes que encajaban con lo que nos podía gustar y mandé la ubicación a Alonso.
—Me han llegado.
—Perfecto. Voy a vestirme.
Caí en la cuenta de que todavía tenía tirada por el salón un montón de ropa.
—Lo del roleplay tenemos que hacerlo algún día.
—Ya te disfrazaste de Kata, ¿no? Y con mi toga —Alonso me hizo una señal para que dejara de recoger—. Se nos va a hacer tarde.
—No es lo mismo, cari. Esos eran disfraces, tú lo has dicho. El roleplay es otra cosa. Me había hecho ilusiones pensando guarradas.
—Tú siempre piensas guarradas.
—Te equivocas, cari. Siempre digo guarradas, que no es lo mismo. Seguro que pensar, lo que es pensar, piensas tú muchas más que yo. Los tíos sois así…
Recogí toda la ropa que pude. La tomé rápidamente, formé con ella una gran montaña en mis brazos y la llevé al dormitorio para lanzarla a la cama.
—La dejo aquí para cuando volvamos.
Alonso estaba mirando el móvil, pero su rostro había cambiado.
—¿Qué pasa, cari?
—Es un mensaje de Nuria.
—No le contestes, dile que tu mujer te tiene vigilado y que no puedes quedar con ella.
—Me dice que quiere hablar conmigo de algo serio. Que vaya a su casa, que es urgente.
—Ah, no. Tú a su casa no vas.
—Insiste en que es importante.
Vale. Como os dije, no quería ser la mala de la película, así que me tocaba transigir un poco.
—Esta vez no me quedo sin saber qué pasa —no estaba enfadada pero quería sonar seria—. No voy a pasarme el sábado aquí aburrida. Mándale un mensaje y dile que se pase por aquí. Yo os observaré por el reloj-espía como la otra vez.
—No vamos a follar.
—Folléis o no, no voy a estar aquí haciendo el tonto mientras estás fuera. Dile que tu mujer ha ido a ensayar polka tirolesa con su grupo de amigas… yo qué sé, y que estás ocupado con tus cosas de abogado y no puedes salir del despacho de casa… esa viene donde sea con tal de verte.
—Ya le mandé el mensaje. Dice que viene ahora.
—¡Qué rapidez!
Rezaba para que Nuria no nos fastidiara el sábado como Nila me había fastidiado el viernes.
Tuve que acabar de recoger la ropa de un modo apresurado.
Ya le diría el martes a Kata que la arreglara.
Me vestí rápido, casi sin pensar. Falda vaquera larga con abotonadura delantera; una blusa smock blanca con ribetes rosa y unas mules de punta cerrada y tacón bajo.
Tanteé la aplicación del reloj-espía a ver si funcionaba. Perfecto. Funcionaba bien.
—Estaré en el cuarto de baño del fondo, como la otra vez —iba cerciorándome del estado de las puertas mientras Alonso se vestía—. No cierres la puerta que así os podré escuchar.
—La mantendré en el salón. No la haré pasar para dentro. Por cierto, quería decirte algo.
Desviaba la mirada mientras se terminaba de abrochar la camisa.
—¿Qué? —ya me temía lo peor.
—Aunque corté con Nuria, la he seguido viendo.
Puse cara de lanzadera recalculando la trayectoria del misil.
—¿Cuándo dices «viendo», quieres decir «follando», no?
Por su expresión no hizo falta que me contestase.
Aquello eran cuernos gourmet. Cuernos de verdad.
Cuernos de verdad de la buena. Me entró una especie de bajón raro que no sabría describir.
¿Cómo coño se supone que tenía que reaccionar a esto?
¿Cabreándome y gritándole como posesa por Belcebú y toda su cohorte celestial?
¿Alegrándome por ser una cornuda premium?
Nila y Nuria. Nuria y Nila. NuNiNuNiNuNi… me pitaba la cabeza.
—Se supone que ya habíais cortado. Eso me dijiste.
—Lo sé. Lo siento. Pero ella es insistente.
—Ya veo —me sentía un poco depre, sin ganas de reaccionar.
Quise cabrearme, pero no me salía nada. Ni siquiera un chiste malo sobre pelirrojas—.
Mira, cuando venga, que te cuente su movida y la largas cuanto antes, que podamos disfrutar del puñetero fin de semana.
Ya hablaremos, porque ahora no sé ni qué pensar.
—No podemos jugar así con la gente, Lore…
—Para, por favor. No discutamos ahora —respiré hondo—, tus amantes no sólo consiguen follar contigo cuando quieren, sino que además tienen un abogado personal a su disposición las veinticuatro horas.
Asesórala con lo que sea y mándala a tomar viento fresco.
Lo digo en serio. Centrémonos en nosotros durante un tiempo.
Tocaron al timbre. Nuria ya había llegado.
Me fui al segundo cuarto de baño mientras Alonso iba a recibirla en la puerta.
Conecté la aplicación y me mantuve atenta a la discusión.
El saludo entre ambos fue a la entrada de nuestro chalet, por lo que no lo capté muy bien, aunque me pareció algo protocolario.
Cuando entraron en el salón vi por la pantalla que Nuria estaba llorando.
Alonso le pedía que se tranquilizara, que cualquier cosa podría solucionarse.
—Estoy embarazada —soltó la pelirroja.
¡¿Qué?! Lo peor fue no poder gritar. Estrujé mi móvil tan fuerte que casi lo rompí. Alonso debía de estar igual que yo. Traspuesto. Pálido, con cara desencajada de no saber si reñirle, abrazarla, darle un beso o una patada.
—¿Pero…?
Alonso no lograba acabar la frase. La abrazó finalmente viendo que ella no podía controlarse. Lloraba y lloraba intentando decir algo. Cuando por fin se calmó, sólo repetía y repetía el mismo mantra:
—Yo no quería, Alonso. No quería. No he intentado cazarte, Alonso. No lo he buscado. No quería. No soy una manipuladora, Alonso. Créeme, por favor, es importante para mí. Créeme, créeme…
No haré una transcripción taquigráfica, pero más o menos repetía siempre la misma idea.
Temía que Alonso creyera que ella se había embarazado para «cazarlo» o sacarle el dinero.
Se veía sincera, desde luego, pero había entrado en un bucle de justificaciones y lloros que habían paralizado a Alonso.
Tan macho y decidido para algunas cosas y tan cohibido y sensible para otras.
SuperLore tendría que ir al rescate. No podía aparecer en el salón desde dentro de casa porque delataría que ya estaba allí y tendríamos que reconocer nuestro juego con ella.
Apagué el teléfono. Salí con cuidado del baño secundario.
Desde allí no podían verme, pero tampoco me oyeron porque me descalcé.
Tomé el pasillo hacia el lado contrario al salón saliendo por la puerta que daba al patio trasero, calzándome de nuevo, y desde ese patio pude escabullirme a la parte delantera del chalet.
Una vez allí, podía entrar por la puerta principal como si hubiera llegado desde la calle. Respiré profundo. Debía calmarme.
¿Qué papel debo interpretar? No puedo hacer de mujer despechada, entre otras cosas, porque no me saldría.
Lo lógico era aprovechar mi superpoder: me gustan los cuernos que me pone mi marido.
Tal vez podamos disentir en el modo en el que me los pone y con quién me los pone, pero qué cojones, me encanta que se folle a otras.
Mi entrepierna y mi cerebro lo tenían claro.
Así que lo utilizaría a mi favor. Adoptaría la pose de esposa madura preocupada por el qué dirán.
Al fin y al cabo, las amigas ricachonas de mi madre soportaron los cuernos de sus maridos.
No sería tan raro. Abrí la puerta y me planté en mitad del salón.
Al primero que sorprendí fue a mi esposo, que mantenía abrazada a Nuria, que ahora estaba pidiéndole perdón.
Tranquilicé a Alonso guiñándole un ojo aprovechando que la pelirroja seguía rodeada por sus brazos y no me había visto.
Era primordial que Alonso siguiera el juego.
—Perdón, ¿por qué? ¿Qué está pasando, Alonso?
Nuria pegó un respingo al escucharme. Intentó hablar, pero estaba paralizada. «No doy tanto miedo, niña, habla», pensé al tiempo que luchaba por contenerme. No era mi ira lo que pretendía contener sino la posibilidad de humillarla con mis bromas. Nuria no era Sandra.
—Cálmate, niña. Dime qué te ha pasado y por qué pides perdón.
—Estoy embarazada.
De la vergüenza que sentía, ni me miró. El contexto dejaba claro que era de mi marido, así que no indagué por esa vía. Pocas veces en mi vida habré ejercido el autocontrol sobre mi lengua como en aquella ocasión.