Capítulo 19 #2
El obrador no estaba lejos. Sólo unas cuatro calles más abajo, una de ellas perpendicular. Tomé al niño con una mano y el móvil en la otra guiándome por el GPS a ver si hoy me ayudaba.
—¿Cuántos años tienes, ricura? —Luisito me miraba extrañado. No terminaba de confiar en mí.
—¿Eres amiga de mamá?
—Más bien amiga de un amigo de mamá.
—¿Eres amiga de Alonso?
¡¡Conocía a Alonso!!
—Ese sí. ¿Y tú de qué conoces a Alonso?
—Ha venido a casa a ayudar a mamá y a la tía Felisa.
—Mira qué bien.
Mi mente calenturienta y envilecida por mis fantasías no paraba de imaginar un trío con Alonso de protagonista.
—Tengo cinco años, pero dentro de dos meses cumplo seis.
Llegamos pronto al obrador. Entre cruce de semáforos y estar pendiente del GPS no me dio tiempo a sonsacarle información al crío, que no se portó del todo mal, la verdad.
La puerta estaba abierta, esperándonos. Avisé con los nudillos tocando fuerte y desde el fondo emergió Nila envuelta en aquel olor espeso a pan y pastel en elaboración.
Se la veía muy guapa incluso con el delantal, la mascarilla, la camisa remangada y los restos de harina por los brazos.
—Gracias, Lore. No podía dejar esto.
—Ya —me turbé, la verdad. Quise preguntarle e indagar cosas, pero me corté. Ya le haría el tercer grado a Alonso—, se ha portado muy bien.
—Bueno, eso es porque no te conoce. ¡Pasa al fondo! —le indicó a su hijo, que ya sabía hacia dónde tenía que ir—. Lo siento, pero tengo que continuar. Saluda a Alonso.
Ambas hicimos gestos de despedida sin decir nada más y retomé la vuelta a casa. Ya en mi coche, en un semáforo, me maldije a mí misma por no haber explotado el chiste. «La Dicha, la Picha», aquí había petróleo para hacer bromas. A toro pasado todo se ve muy fácil.
Alonso y yo llegamos casi al mismo tiempo. Yo estaba aparcando en el garaje cuando llegó él. Nos dimos el beso protocolario y comencé a quejarme de inmediato. Había cosas que debía aclarar.
—Toma, aquí tienes los papeles. Por la mierda esta y el niño ese voy a tener que pasarme esta tarde liada con el curro —importante comenzar generando complejo de culpa para ablandar a Alonso—, ¿no podías haber recogido tú los papeles?
—Tenía un señalamiento a las once. ¿Éstas son las fotocopias?
—Sí, esto es lo que me han dado —mentalmente recomponía la sucesión de eventos. Alonso se levantó con Nila, y en vez de ir al trabajo y recoger los papeles, enviaron a la cornuda de Lore para poder desayunar los dos juntitos.
—Se ven de pena.
—Me dijo algo del tóner, que estaba mal.
—Si lo llego a saber lo imprimo aquí. Pero en fin, creo que podré leerlo. Lo prefiero así a la pantalla.
—Puedo ser cornuda, cari, pero no apaleada.
—¿Qué? —estaba ya revisando los papelotes y no me hacía mucho caso.
—Ya sabes el dicho, «además de cornuda, apaleada». Pues eso, que cornuda lo disfruto, lo de apaleada no lo tengo yo tan claro.
—¿Tan mal te ha sentado?
—¿Por qué no mandaste tú el mensaje? Sabes que lo hubiera hecho.
—Lo has hecho, ¿no?
—Sí, pero no me cambies el foco.
—Creí que te gustaría. ¿No forma parte de tu fetiche?
—No lo llames así —yo no hubiera dicho que mi tendencia cuckquean fuera exactamente un fetiche. Iba más allá—, puede que me gustara, pero no sé si quiero que me guste. Además, luego está lo de ese niño, ¿qué coño hacía Nila en el obrador ese de la Picha?
Pude encajar el chiste. Tenía que dejarlo salir en algún momento. Dejarte guardadas estas cosas te pueden hacer salir granos.
—Es «La Dicha», es por el nombre de la hermana, Felisa —me lanzó este mansplaining de manual.
—No soy tonta, ¿sabes?
—¿Qué? —Alonso parecía en Babia.
—Revisa esos papeles luego, anda. ¿Por qué me mandó a por el niño? ¿Deja que cualquiera recoja al niño? ¿Y si hubiera sido una pervertida? En parte lo soy, no sé, yo no dejaría a un niño a mi cargo.
—¿Lo dices en serio? —no me gustó la mirada de Alonso.
—Puede que exagere —sus ojos me desarmaron—, pero no entiendo…
—Felisa tuvo un tumor. No era maligno, y se lo han extirpado. Tenía una revisión.
—¿Y esto no lo sabían ya de antemano? —hice gestos con las manos como si fuera una italiana cabreada.
—Lo que no sabían de antemano es que tendrían un pedido urgente para la tarde en el obrador. Petra se quedó a apoyar a las dos chicas que tienen contratadas para que no estuvieran solas.
Mi padre era empresario, así que reconocí de inmediato el modus operandi. No quieren dejar a los trabajadores solos con encargos importantes. Nila estaba allí para ayudar y fiscalizar al personal. De paso, me ponía a prueba a la vez que me mostraba que era algo más que una prostituta.
—o—
Loreto era consciente de que tenía que bajar el tono de sus preguntas si quería conseguir su objetivo: que Alonso aceptara una dinámica de roleplay con ella como prostituta y él como cliente.
El interrogatorio que acababa de hacerle sobre los mensajes y los consiguientes recados había creado un malestar en la pareja que debía ser reconducido a terrenos no conflictivos.
—¿Y eso va a gustarte? —insistió Alonso mientras almorzaban.
—Es como que me pongas los cuernos, pero sin ponérmelos.
Puso esa cara de niña pícara que tanto gustaba a Alonso. Cuando Loreto sonreía, su nariz respingona y ligeramente asimétrica aumentaba la belleza del rostro.
—Por eso mismo. No va a haber cuernos.
—La clave —su esposa estaba tan metida en querer convencerlo que apenas comía—, está en que cada uno nos metamos en nuestro papel. Nos sumerjamos en él. Si lo hacemos, lo hacemos bien. Con toda la parafernalia. Me busco un putinombre, un putivestido, y nos buscamos un putihotel de esos.
—¿El Moncada no te vale?
—Noooo —hizo un mohín moviendo negativamente la cabeza—, el Moncada no. Algo más sucio. Más guarro. Algún motel de esos de carretera con camioneros durmiendo en el aparcamiento, condones tirados por el suelo, cucarachas y nombre sugerente como Bugaloow’s.
—Sigo comiendo, ¿eh? —la imaginación gráfica de Loreto no se compaginaba muy bien como guarnición para el almuerzo.
—¡Que lo digo en serio, cari! No te hagas el remolón.
—Vale, entiendo que lo que buscas es una experiencia inmersiva.
—La experiencia inmersiva debe ser la de tu polla, esa sí que debe inmergirse.
—¡Loreto!
—¡¿Qué?! Ahora resulta que eres un mojigato. Tómatelo tú en serio.
—Yo me lo tomo en serio.
—Pues no lo parece.
—Por la autovía —acceder al juego de Loreto era la única forma de calmarla un poco—, poco después de la salida norte, hay un motel. Ese parece que es de los que estás buscando.
—Muy bien, ¿y cómo lo conoces?
—Paré una vez porque Teo se estaba meando nada más salir de la ciudad.
—Lo anoto.
—Me voy al despacho, tengo que ver los papeles estos que me has dado. Tú deberías también acabar de trabajar que si no se te acumula.
Fue una forma sutil de pedir que no se le molestara. Misión imposible con Loreto rebuscando en los armarios y cajones.
—¡¡Qué minifalda de las mías te gusta más!!
Si le contestaba malo. Si no le contestaba peor. Alonso se resignó a ir leyendo a trompicones.
—¿Por qué no te pones con godets que compramos?
Loreto sonrió rememorando la compra y asomó la cabeza por la puerta del despacho de Alonso con la peluca rubia ya puesta.
—Esa no es una falda de puta, cari. Tal vez de calenturienta de discoteca o de buscapolla veraniega, pero no me imagino de puta con esa falda.
—¿Y entonces para qué me preguntas?
Su esposa desapareció de la vista camino a otros armarios y cajones en los que prospectar ropa. Tardó lo suficiente como para dejarlo completar la lectura y llamar a Teo.
—Dime —respondió su compañero a la llamada.
—Me leí el documento y es interesante. También he leído los otros. Es que no hay color. El que me indicaste es profesional, los otros son chapuzas.
—Te lo dije.
—Sí, lo que no sé es qué te interesa realmente de este documento.
—En principio, algo que pueda exonerar a Charo —le explicó Teo—, como habrás visto, Tolo había puesto varias propiedades y empresas a su nombre.
Ella firmaba cualquier cosa que le pusieras delante.
Tolo era amigo íntimo de Fali, uno de los hijos del jefe de los Cotrina, el que ahora está en el hospital.
—¿A ese Fali no se lo han cargado los búlgaros? —preguntó Alonso.
—El mismo. También se cargaron al otro hijo, Marcos.
—¡¡No tengo ni unas puñeteras medias decentes!! —interrumpió Loreto. Alonso tapó el micrófono del móvil.
—Estoy hablando con Teo.
—Saluda al pichabrava de mi parte. ¿Qué te parecen? Son las únicas medio decentes y mira cómo me quedan —se refería a unas medias autosujetables con banda de silicona que le apretaban como un torniquete.
—No sé, ahora mismo estoy en otra cosa.
—Ni una puñetera minifalda me queda bien, ¡¡Ni una!! Y medias decentes sólo éstas y hacen que las piernas parezcan barras de chopped. Me aprietan, joder.
—Perdona, Teo, un momento, Lore me está hablando —mientras se excusaba, hacía muescas con la cabeza indicándole a su mujer que se fuera—. ¿Pero tú tienes un montón de medias?
—Pantis, Alonso. Eso son pantis. Las medias son esto.
—¿Y qué más da?
—Pues que no me imagino de puta con pantis. No me sentiría lo suficientemente zorrón.
Alonso apretaba el teléfono con todas sus fuerzas rezando para que Teo no hubiera escuchado nada. Loreto volvió a dejarlo en paz, ahora camino del trastero de la terraza.
—Perdona.
—No pasa nada. ¿Qué ibas a decirme?
—Lo que me has pasado se divide en dos partes.
—Sí, yo me he fijado en la de Charo y la Yoli, que son las que me interesaban para la defensa. Por eso quería pasarte la otra, vi que no era como los otros.
—Exacto. Es que está muy claro, al menos yo lo veo claro. Charo y Yoli fungían como testaferros externos sin ningún vínculo con los Cotrina, no formaban parte de la arquitectura fuerte. Es todo muy burdo y dejando rastros claros.