La Cornuda Fiel Capítulo 19
88%

Capítulo 19

Capítulo

«Seré cornuda, pero no apaleada»

No era, por entonces, la mejor cocinera del mundo.

Aun así, me veía capaz de preparar una ensalada como la de Kata.

La teoría era sencilla. Abrías la nevera y en un bol troceabas todo lo que encontrases en ella para luego ahogar la individualidad de cada ingrediente en mayonesa.

Me hubiera gustado recibir a Alonso con algo preparado por mí, pero el wasap se encargó de sodomizar mis fantasías culinarias.

«Esta noche tu marido me pertenece. No lo esperes»

Últimamente los mensajes de Nila me estaban jodiendo más de lo que ella se jodía a mi marido.

Igual que con la ensalada, en teoría, no debería sentirme mal.

Entraba dentro de nuestro acuerdo y estos imprevistos daban a los cuernos un plus de realidad que los amplificaba.

Me excitaba la sensación de cornuda, me fastidiaba la sensación de que Nila controlara a Alonso.

No quería vivir semejante contradicción.

Reflexioné en su día, y todavía lo sigo haciendo, sobre mis fantasías.

Tuve claro desde el principio que no me convertiría en cornuda atormentada.

De éstas ya he tenido varias amigas a lo largo de mi vida.

Les ponían los cuernos, ellas perdonaban.

Les seguían poniendo los cuernos y ellas miraban para otro lado fingiendo no saber.

Si iba a ser cornuda, quería ser cornuda consentida feliz.

Al menos, tan feliz como cualquier matrimonio convencional pudiera serlo.

Ser una cornuda carcomida por los celos no me diferenciaría de cualquier mujer que tolere una infidelidad.

Lo había intentado hablar con Alonso y tal vez los problemas venían de reducir las opciones.

¿Por qué contentarnos con una pelirroja y una rubia pudiendo experimentar con todo el espectro cromático?

Normal que al empezar hayamos sido prudentes, pero veía que nos quedaba un mundo por descubrir ahí fuera.

Sobre todo, cada vez se me intensificaban más los deseos de ver a Alonso con otras mujeres.

«Tengo Alonso para todas, chicas, venid y catad de su manguera», pensaba al tiempo que revolvía aquella especie de plasta que había aglutinado con mayonesa mezclando restos de mortadela, zanahoria, tortilla de patata del supermercado, medio aguacate, manzana golden y una lata de sardinas que me sobraba.

No estaba bueno. Tampoco malo. Al menos aquella ensalada consiguió que me alegrara un poquito de que Alonso se hubiera quedado con Nila y no tuviera que probar mi experimento.

No podía dejar de rumiar sobre Nila y Alonso.

Me asaltaban mis típicos flashes mentales con escenas en las que me los imaginaba haciendo guarradas a cada cual más salvaje.

Inventiva no me faltaba: Nila colgada de cuerdas y Alonso sodomizándola.

Nila haciendo el pino y mi marido comiéndole el potorro.

Ella amordazada y Alonso eyaculando y extendiendo su corrida con la polla por cada rincón de su cuerpo.

Seguro que ella conocía técnicas insospechadas.

La única forma de poder dormir tranquila aguantando la soledad era masturbarme.

Además de mis fantasías me ayudé de unos calzoncillos de Alonso que salvé de la lavadora en uno de sus encuentros con Nila.

Lógica no tenía mucha, ya que se los quitaría antes de la acción y no olían ni estaban muy usados.

Pero tenían una carga simbólica que me gustaba experimentar sobre mí.

Ayudada por la crema a modo de lubricante, me masturbé con la tela de sus calzoncillos con rozamientos precisos.

No tenía prisa, por lo que me regodeé en mis propias imágenes y elucubraciones al tiempo que frotaba el tejido sobre mi entrepierna.

Alcancé un punto de excitación que conseguí mantener por bastante tiempo sin llegar al orgasmo, pero sin recaídas que me impidieran retomar la masturbación.

Al final, incrementé el tenor de mis fantasías junto al de mis movimientos y roces para estremecerme en contracciones intensas y rápidas.

Un buen orgasmo para una noche mediocre sin mi Alonso.

Revisé el móvil por si hubiera algún mensaje.

Sólo alguno de los grupos chorras en los que me tenían metida las amigas. Los leí y me quedé dormida al poco.

Al despertar sola sí que tenía mensaje aunque no de Alonso. Otra vez Nila.

«Alonso va a quedarse a desayunar. Ve a su despacho a recogerle unas fotocopias que te tiene preparadas»

¿Es que Alonso no podía ir más tarde a recoger las malditas fotocopias?

¿Nila le había extraído la voluntad a fuerza de follárselo o qué?

Tenía unos días de teletrabajo en los que editaba y maquetaba los libros desde casa.

Tiempo que perdía por la mañana era tiempo que me tocaba recuperar por la tarde.

Perdí como cinco minutos pensando contestaciones «al estilo Lore», pero andaba algo espesa.

Recién levantada necesitaba tiempo para resetearme.

«Vale —contesté—. Si desayunas huevos cuidado con confundirte. Los de mi marido son los que tienen pelo»

¡Mierda! Caí tras enviarlo que ahora Alonso se los depila.

Tendría que haber buscado algo más efectista relativo a utilizar la mantequilla «al estilo Último tango en París».

No estaba fina. Necesitaba mi dosis de cafeína mañanera.

Me respondió rápidamente con un emoticono.

Una carita sonriente relamiéndose de gusto. ¡Puta!

En fin. ¿Por qué había aceptado sin más? Desayuné y trabajé un poco con el portátil en el salón. Sobre las once y media salí en coche para el despacho de Alonso. Efectivamente, allí la asistenta, Carmen creo que se llamaba, me tenía preparadas unas fotocopias.

—Aquí están. Alonso me mandó el mensaje esta mañana. Se ha roto algo del tóner de la fotocopiadora nueva y la vieja todavía no la han arreglado.

—Vaya asco de fotocopias. ¿No tenéis un tóner nuevo? Si tenéis, yo puedo cambiarlo, en el trabajo ya lo he cambiado varias veces.

—Del mantenimiento se encarga una empresa. He llamado y vendrán más tarde. Se lo he dicho a Alonso por si quería esperar, pero ha insistido que quiere tenerlas para cuando llegue a casa.

—A ver si adivino de quién ha sido la sublime idea de contratar una empresa externa para esta chorrada… ¿La misma estirada que tuvo la idea del café ese de culo de rata y té con yerbajos, verdad?

Evidentemente, Carmen no iba a contestarme.

Sandra sacó la cabeza de su escondrijo. Desde su despacho me miró fijamente recordando a mi maestra de lengua.

Qué odio le tenía. La saludé con la mano, tomé las fotocopias y me fui antes de interactuar más con ella.

Ya tendría su momento. Tenía que buscar la ocasión propicia para que la polla de mi Alonso le diera su merecido.

Era otra de las cosas que desde unos días venía rumiando, pero no conseguía ensamblar ningún plan mínimamente coherente para ella.

Saliendo del despacho me entró otro mensaje. Otra vez Nila. Otra vez jodiéndome un poquito más.

«Se me ha complicado recoger hoy a mi hijo. CEIP Concepción Arenal. Recógelo tú y llévalo al obrador La Dicha. Te envío ubicaciones. No seas mala y hazlo»

¿Qué no fuese mala? ¿Qué coño significaba eso?

El mensaje tenía un tono a dominatrix evidente.

Salvo que no me mandaba chupar nada, ni introducirme nada, ni besar ningún pie.

Bueno, al menos literalmente. Era una sensación muy extraña porque me gustaba recibir la orden, pero no me gustaba cumplirla.

«Ah, perdona. Mi niño se llama Luis Figueroa Domínguez. 3º Infantil»

Contesté con un pulgar hacia arriba, pero no en emoticono, sino con el gif de un anciano desdentado medio en cueros que enseñaba el pulgar hacia arriba con cara de querer enseñarte otra cosa. A mí me hacía gracia. Lo rescaté de un grupo de amigas.

Fue sencillo dar con el colegio. Una marabunta de madres agolpadas en la puerta me facilitó el trabajo.

Esperé de las últimas para recoger al chico.

Observar a aquellas madres me pareció un trabajo casi de etología fina.

Cómo vestían, cómo hablaban entre ellas.

Sus problemas. Era como un universo paralelo.

Desde luego, no era el mío ni tenía claro que quisiera que lo fuera.

Allí en medio de aquel guirigay me fustigaba pensando que me había tocado la peor parte.

Las putiamantes disfrutaban del marido mientras las esposas tenían que venir a recoger a los pequeños gremlins.

¿Dónde estarían los maridos de todas estas?

Supongo que trabajando con alguna o trabajándose a alguna.

La lógica de mis elucubraciones me llevó a verlo claro: un roleplay.

Si me ponían cachondo los cuernos de Alonso, tal vez debiera hacerme pasar por otra persona.

Dos en uno. Cuernos y disfrute al mismo tiempo.

¿Y si yo hacía de prostituta y él de cliente? Umm, cada vez me parecía mejor idea.

Cuando llegó el momento, sólo quedaba un niño junto a una maestra repipi.

—Vengo a recoger a Luis Figueroa —me adelanté antes de que dijeran nada.

—¿Y usted es?

Os juro que me faltó muy poco para soltar una burrada. De las veces que más me ha costado contenerme en mi vida.

—Amiga de Nila.

—¿De quién?

—De Petronila Domínguez —no caí en la cuenta, pero posiblemente «Nila» fuera el nombre de pilingui.

—Petronila Figueroa, querrá decir.

Ahí me pillaron, la verdad.

—Sí, claro. Petronila Figueroa.

—Espera que hable con la profe de tercero.

Allá que dio un grito y le contestaron no sé qué de que la madre ha autorizado la salida por la aplicación y que ha llamado confirmándolo.

En resumen, que podía sacar al churumbel.

Tenía que dejar mi DNI y les jodí un poco la existencia embadurnando con mi nombre y apellidos completos varios casilleros del documento para la firma.