Capítulo 18 #6
Alonso se dejaba hacer. Estaba relajado.
Aunque era sobre su esposa de lo que estaban hablando, la situación de calma le proporcionaba paz mental y no sentía ni un ápice de angustia ni recelo por Petra.
¿Estaría malmetiendo? ¿Sembrando cizaña?
Daba igual, lo importante era que lo que decía tenía sentido.
—Parece que Lore cada vez necesita más —reconoció el abogado.
—He tenido clientes cornudos. Es más habitual de lo que la gente se cree. Le encanta ver a su mujer con otros y tal. Igual que Lore, pero en masculino. Como las mujeres no suelen acceder con el fetiche, yo finjo ser la esposa y en fin, lo humillamos y todo lo que puedas imaginarte.
—Supongo que les surgirán problemas como los que tenemos Lore y yo.
—Ese es el punto, Alonso. Los que me pagan para fingir no tienen problema. Yo no soy su amantísima esposa ni la madre de sus hijos.
—No tenemos hijos.
—Ya sé. Casi mejor.
—El punto que quería remarcarte —tras los glúteos había bajado por los muslos y ahora trabajaba sus gemelos—, es que los que han destrozado su matrimonio son los que lo han llevado a la realidad.
Conozco cuatro casos del club swinger donde he tenido alguna cita con clientes y sólo uno lo llevaba realmente bien.
Los otros eran un puro infierno matrimonial encubierto con las mentiras que se contaban para sobrellevar el martirio.
—Esos que lo llevaban bien, ¿cómo lo conseguían?
—Date la vuelta —Petra aprovechó el cambio de postura de Alonso para calentar otra porción de aceite en sus manos—.
Para que funcione, la persona que menos se deja controlar por el vicio, o el fetiche o como quieras llamarlo, debe ser la que domine y encauce la relación.
Si domina la otra parte, al final es arrastrado por sus gustos y fantasías, cada vez más omnipresentes. Es así.
Ahora ella había comenzado a extender el aceite por su pecho y torso, realizando círculos amplios. A veces jugaba con los pelos del pecho de Alonso, que le encantaban.
—Estaba presente cuando le dijiste a Lore que yo tenía que domarla.
—Te lo dije a ti, Alonso. Específicamente a ti. Además ella te lo dejó clarito. Necesita tener cuernos de verdad, que tú seas realmente un infiel y no un marido que juega a ser infiel.
—¿Esto no parece una infidelidad?
—Lore no ha contestado al mensaje, Alonso. Le he dicho que ibas a ser mío y no le ha importado lo más mínimo. Ni siquiera ha mandado alguna broma de esas que manda a veces. ¿Te ha mandado algo a ti?
—No.
—Porque está contenta de que esto ocurra. Y si está contenta es que no es una infidelidad real. Ella necesita ser una cornuda de verdad y cuando lo sea…
—Ya lo es. Le dije que había cortado con Nuria, pero la he seguido viendo.
—No sé qué lío os traéis con esa Nuria y no es de mi incumbencia, pero te diré lo que va a pasar. Cuando se lo digas, hará como que se indigna mucho, pero en el fondo se alegrará y lo dejará pasar. Hasta puede que te chantajee para sacarte algo haciéndose la muy dolida.
Alonso estaba pensativo. No estaba alterado, estaba en paz. Tal vez el masaje tuviera algo de viaje iniciático; pensaba con más claridad y los sentimientos de angustia o culpa no aparecían para obnubilarlo.
—¿Cómo se domina, Petra? Nunca he sido así con las mujeres.
—Sí que lo has sido, pero no te has dado cuenta. Te he visto trabajando y eres bueno.
—Lo que domino es el derecho, no las mujeres.
—¡No hace falta que domines a las mujeres en general! Nadie es el macho alfa del universo. Sólo tienes que dominar a Lore. Hacerlo por su bien. Evitar que se estrelle.
—Te repito la pregunta, ¿y cómo lo hago?
Petra había alcanzado ya la entrepierna y se entretenía acariciando el escroto de Alonso con aquel aceite.
—Tienes deseos, Alonso. Cúmplelos. Verbalízalos. No bastan sólo los de Lore. Lleva a cabo los tuyos. ¿Cuáles son? Sincérate.
La polla embadurnada de aceite comenzaba a responder, al tiempo que también respondía Alonso.
—Me encantaría que me sirvieran.
—Buen punto, desarrolle esa idea, señor letrado. ¿Te gustaría una esclava?
—¡No! No es eso. No es nada bondage ni de esos temas raros, pero a veces tengo un deseo de paz mental. Me encantaría llegar a casa y que Lore o alguien me sirviera sin retarme, sin contradecirme, sin que todo sea una discusión.
—Entiendo —Petra asentía con la cabeza al tiempo que había comenzado a masturbarlo levemente—. Tiene que ser estresante estar siempre de juicios.
—Los plazos, Nila, digo Petra, los plazos son lo peor.
Necesito un lugar de tranquilidad y descanso.
Ni siquiera sé si quiero a alguien sumisa.
Sólo a alguien con quien no sea todo una maldita broma o conflicto.
A veces no sé si está ironizando, diciendo las cosas en serio o me está regañando.
Quiero el silencio, Petra, el silencio en mi intimidad, poder escucharme cuando llego a casa.
«Tal vez por eso me gusta Nuria, por eso me siento tan bien con ella», pensó sin verbalizar.
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer. Si ella quiere cuernos, tendrá que servirte.
—No es sólo sexual… —matizó para no parecer ante Petra un puro pervertido.
—Ya sé que no es sólo sexual, pero en la vida lo sexual nunca es sólo sexual ni lo asexual puramente asexual.
Ahora ella estaba centrada en acariciar su capullo y sólo su capullo. Untado en aceite, estimulaba el frenillo y cada sección de esa carne rosa brillante.
—Parece un trabalenguas.
—Sabes a lo que me refiero.
—Lo que veo con claridad es que no puedo hacerlo yo. Lore es de naturaleza insumisa. Lo lleva en la sangre. Ha sido una niña consentida y no puede evitar que todo gire siempre en torno a ella.
—Castígala; ya conseguí que le abrieras el orto.
—Eso mismo. No puedo encargarme de convencerla, corregirla, educarla; es imposible, a mí ya me conoce y sabe cómo manipularme. En vez de quitarme estrés sería otra carga, más enfrentamiento. Necesito tu ayuda. Te necesito.
Petra paró. Sabía que aquello eran palabras mayores.
—Quiero que seas claro, si es verdad que piensas lo que creo que piensas.
¿Era lo que Alonso pensaba o lo que Petra había conseguido que Alonso pensara? Una cuestión que el abogado no se planteó, tal vez porque las maravillosas manos de su amante seguían trabajando con precisión en su magnífica polla.
—Vente a vivir con nosotros, Petra. Ya no hay nada que te ate.
El Smolyan ha caído. Esto, con perdón, es un cuchitril.
Además, no está lejos. Puedes venir a visitar a tu hermana y al niño.
El niño si quieres puede tener su habitación en mi casa, hay habitaciones de sobra.
Además, en verano tenemos piscina, seguro que le gustará venir. ¿Te vienes?
Si Alonso le hubiera estado comiendo el coño durante una década no habría conseguido que le calentara tanto como esas palabras. Con cuidado se montó sobre Alonso guiando su polla para encajarla bien. Montada sobre él, comenzó a moverse. Primero lentamente, pero luego más rápido.
—¡Joder!
Alonso la tomó de la cintura intentando guiar sus movimientos, pero Petra iba a su aire.
Contraía y cerraba los músculos vaginales.
Alonso no había sentido nada igual. Aquella noche, en aquella habitación normal, estaba experimentando cosas en la polla que no imaginaba podían sentirse.
Petra se arqueó sobre él, lo besó profundamente y acarició su pecho.
Se lo estaba follando ella. Sabía lo suficiente como acomodarse en el punto justo donde la tranca de Alonso rozaba la zona que ella quería que fuera rozada.
Se movía precisa y eficazmente. Sin brusquedad.
Era un vaivén rítmico que la fue calentando.
No era la primera vez que se corría con Alonso, pero sí fue la primera vez que Petra conectaba aquel orgasmo con su vida personal.
Le estalló la entrepierna y le tembló el abdomen mientras jadeaba.
Alonso constató en el rostro de ella la fuerza del orgasmo.
Ella, como una profesional, supo reconducir sus estertores para contraer los músculos y dar unas últimas sacudidas a las caderas y hacer que Alonso también se corriera.
Cayó sobre el pecho de Alonso para abrazarlo y besarlo.
Poco a poco, llegó la tranquilidad post-orgásmica.
—Supongo que es un sí a la propuesta.
—Si no le ha quedado claro, puede repetir la pregunta, señor letrado, que se la vuelvo a contestar.
—No, gracias, no creo que me queden fuerzas.
—No me retes, no me retes, que te consigo una tercera corrida.
—Sabes, el caso es que Lore me insistió en que prescindiéramos de ti.
—¿Ah, sí?
—Sí, me lo dijo en la casa y hasta me dejó un audio de wasap antes de ayer —Alonso tomó el móvil, buscó unos segundos y le puso el mensaje de voz:
«Mira, cari, lo he estado pensando y como te dije, es mejor prescindir de Nila. Está bien, es buena, pero mejor pasar a otra fase. Hay cosas que quiero probar. Tengamos una última sesión de despedida y dejemos a esa Nila que siga chupando pollas por el cosmos a precios competitivos»
—Bueno, podrás darle el gusto, porque afortunadamente no vas a contratar a Nila, sino a Petra —ambos se rieron mirándose con complicidad—. Sabes, Alonso, como consigas que me exoneren este va a ser el polvo más caro de mi carrera.
Alonso no pudo evitar una sonora carcajada mezclada con cierta preocupación.
—¡Tranquilo, que es broma!
—Ya, perdona.
Las bromas siguieron durante un poquito más hasta que, por fin, bien entrada la madrugada, se durmieron.