La Cornuda Fiel Capítulo 18 #5
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Capítulo 18 #5

—Qué va. El nuestro era un estercolero. Nos daba vergüenza llevar allí a nadie. Conforme venían salían corriendo por las cucarachas.

La persiana estaba subida y las cortinas corridas.

No hizo falta iluminar más la habitación.

La luz nocturna de las farolas les regalaba un ambiente propicio.

Petra ya se había quitado la camisa y bajado el short mientras Alonso todavía se estaba desabrochando los botones de la camisa.

Ella, resolutiva, le dio un beso buscando la lengua de Alonso con la suya mientras le ayudaba a bajarse los pantalones.

El morreo continuó con abrazos y caricias.

Tenían tiempo y lo iban a aprovechar. Las manos de Alonso exploraron el cuerpo de Petra, repasándolo cada milímetro, desabrochando el sostén, y jugando con sus pechos.

Ella no buscó su polla. La dejó crecer encerrada en los calzoncillos del abogado, que en estos momentos eran la única prenda que vestía.

Para Petra era una cuestión de orgullo: tenía que poner tiesa aquella verga sin tocarla.

Y lo había conseguido a tenor de lo que veía.

Alonso, de manera sutil pero decidida, fue llevándola al borde de la cama mientras se besaban.

Bastó una pequeña presión de él en los hombros para que Petra se recostara en la cama.

Antes de que pudiera abrir sus piernas, él ya le había bajado las bragas.

Totalmente desnuda, Petra sintió los besos de Alonso en sus muslos.

Era su forma de proceder. Ya lo conocía, así que se dejó hacer.

Se extendió más sobre la cama dejando que él le separara más las piernas e indagaba entre sus pliegues.

Esta vez, él se sirvió también de sus dedos, que jugaban con el clítoris mientras su boca repasaba el extrarradio de la vulva.

Estaba mojada. Alonso la estimuló con esmero y fue elevando poco a poco la intensidad de los movimientos circulares en el clítoris.

No introdujo nada en su vagina, ni dedos, ni lengua.

Sólo estimulación periférica con la lengua mientras los dedos bailaban rítmicamente sobre su interruptor.

«Ya me cansé», pensó. Le gustaba más participar que dejarse hacer.

Acarició el pelo de Alonso, le pidió que parase y que se echara a un lado.

Alonso no pareció querer parar, pero Petra lo zarandeó hasta colocarlo de espaldas para lanzarse a bajar sus calzoncillos.

Buscaba su polla y la encontró preparada y lista para la acción.

«Yo también puedo ser muy buena». La poseyó una especie de «orgullo de puta».

Quería marcar la diferencia. Su mamada no podía ser como cualquier mamada que le hubieran hecho a Alonso. No lo iba a consentir.

Puede ser que otras se la hubieran simplemente chupado, pero ella iba a extraerle el alma con su boca.

Se la metió lentamente, pero esto fue lo único que hizo despacio.

Sus labios recorrieron el miembro de Alonso hasta toparse con el pubis.

La introdujo entera sin ningún problema.

La única cooperación de Alonso era seguir empalmado.

Todo lo hizo ella y lo hizo muy bien. Aunque él intentó buscar el contacto visual, Petra tenía los ojos cerrados, concentrada en los precisos movimientos.

Subía y bajaba a un ritmo constantemente acelerado.

Su lengua acompañaba a la fricción de los labios, y el placer que comunicaba paralizó a Alonso, que no sabía muy bien qué hacer en aquel momento.

Era magia. Magia en su polla cuando al subir succionaba y al bajar friccionaba.

Magia cuando paraba un microsegundo para lamer su capullo como un caramelo volviendo luego al trabajo preciso de subir y bajar por la polla con los labios.

Generalmente, la Nila del Smolyan desconectaba cuando chupaba.

Repasaba las tareas por hacer, la agenda del día siguiente, o meditaba sobre la última chorrada que había leído en Twitter.

La Petra que estaba mamando ahora había desconectado, es cierto, pero de un modo nuevo.

Tenía la mente en blanco y estaba en pleno éxtasis.

Estaba concentrada en el momento y la soberbia de regalarle a Alonso la mamada perfecta.

Subió y bajó tantas veces como quiso detectando el momento preciso en el que la polla de su amante cambió de textura.

—¡Quieta, Nila, que me corro, para joder! —el raudal de placer no dejaba pensar con claridad a Alonso incapaz de retener el nombre de Petra.

Por supuesto, Petra no paró. Aceleró estratégicamente hasta sentir el temblor inconfundible de la polla eyaculando.

Cerró sus labios y la aprisionó aguantando las réplicas del terremoto.

Alonso se había mordido el puño para no gritar.

No había que hacer ruido. Petra mantuvo el pene recién corrido todavía un ratito más en su boca.

Estaba inspirada y deseaba jugar un poco con el semen, la saliva y la carne brillante del capullo.

Alonso procuraba reponerse mientras Petra ingería el trofeo recién extraído. Tras tragárselo sonrió.

—¡Mírate! Si parece que te ha pasado un tren por encima. ¡Estás molido! Ja, ja, ja.

—Eso, ríete, ríete… muy bonito. No quería correrme.

—Tengo superpoderes —Petra se incorporó y fue a buscar algo en el armario.

—Tú tal vez tengas superpoderes, pero yo no —susurró Alonso—. No sé si podré volver al ruedo. Me has dejado sequito…

—Anda que no eres exagerado —tras revolver la ropa, Petra tomó una toalla grande y un bote extraño—, verás qué bien nos lo vamos a pasar.

—Siempre nos lo pasamos bien.

Sonrió de manera pícara.

—Nos lo pasaremos mejor. Baja de la cama, que tengo que tender esto.

—¿Qué es?

—Una toalla. Es un poco vieja, pero es grande y viene genial para esto. Es muy suavecita, toca.

—Coño, si es Patricio —comentó Alonso mientras Petra extendía a Patricio Estrella encima de la cama.

—El rosa está un poco descolorido. Tiene ya sus años. Es de cuando se estrenó Bob Esponja en España.

—Yo era más de Dragon Ball Z.

—Pues pon tus bolas de dragón sobre la toalla, anda —Petra hizo un gesto con la mirada que Alonso no llegó a entender—. Que te tiendas boca abajo…

Alonso se tendió boca abajo.

—¿Qué vas a hacerme?

—Tranquilo machote, que no tengo ningún arnés.

—Muy graciosa, seguro que habrás utilizado alguno.

—Pues mira sí, y no una ni dos veces. No es cómodo. Tiene su técnica.

—Lo que no está en el sumario, no está en el mundo. Y ese dato no quiero incluirlo en la instrucción.

—Mira que sois frikis los abogados. Relájate, que voy a darte un masaje con aceite de jojoba.

—¿Qué es eso?

—Relájate, que te va a gustar. Es el aceite de una semilla, no sé muy bien de dónde. Deja una capa muy fina, como cera. No parece aceite. Relájate, verás cómo te vuelvo a poner en funcionamiento.

Petra cogió su móvil y buscó en el álbum Chet de Chet Baker para colocarlo a bajo volumen en la mesilla. Comenzó a sonar el primer tema, Alone together.

—No puedo ponerlo más fuerte.

Se echó un poco de aceite en una mano y con la otra lo fue calentando a base de fricción.

Cuando estuvo a punto, comenzó a extenderlo por la espalda de Alonso comenzando por la nuca.

Lo hizo con las dos manos juntas que fue deslizando lentamente por toda la columna en movimientos largos y fluidos.

Aumentó la presión poco a poco. Al llegar al coxis, retomaba el camino hacia el cuello para abrir luego las manos y masajear en círculo los tremendos omóplatos de Alonso.

—¿Puedo serte sincera, Alonso?

—Ya sabes la respuesta.

—Es que no quiero que te lleves una mala impresión de lo que voy a decir. No quiero meter la pata, pero si no te lo digo reviento.

—¿Tan malo es?

—Es sobre tu mujer —Petra bajó todavía más la voz—, no quiero que creas que estoy malmetiendo cizaña o algo. La quieres y la defiendes, respeto eso. Pero veo y percibo cosas…

—Conozco los fallos de Lore.

—No es eso. Fallos cometemos todos. Es una viciosa.

A Alonso le extrañó el adjetivo.

—No lo somos todos.

—Tal vez no es la palabra. No manejo los conceptos como tú —bajó a los glúteos y comenzó a trabajarlos también en círculos sin presionarlos demasiado.

Nunca levantaba las dos manos. Siempre estaban las dos o una trabajando el cuerpo de Alonso, extendiendo aquel aceite por su orografía—.

La palabra que no me salía era adicta. Es una adicta, créeme.

—No utilizaría esa palabra. Creo que tiene unos deseos peculiares, tiene sus gustos.

—Sé que te gustan las medias brillantes.

—Alonso iba a volver la cabeza para mirarla de cara, pero Petra se lo impidió—.

Sigue así de lado. Lo sé por la forma en la que me miras cuando me las pongo.

Hice la prueba en varias citas. Intentas disimularlo muy bien, pero no puedes dejar de recorrer mis piernas más de la cuenta cuando me las pongo.

Eso, Alonso, es un gusto. Te gusta así y ya está.

Como a mí me gusta cuando vienes sin afeitar con esa barbita incipiente.

Pero también me has mirado con deseo estando en camisa y yo podría comerte entera ese rostro recién afeitado.

—Sé por dónde vas.

—Claro que lo sabes. ¿Recuerdas aquel cliente del que te hablé? Ese que me pagó para que fuera a cenar con él con su corrida en mis bragas —Petra susurró esto todavía más bajo, casi imperceptible.

—¡Cómo olvidarlo!

—Pues sólo se le empinaba con aquello. Se divorció porque sólo se le ponía tiesa viendo porno con eso o pagándonos para realizar el fetiche.

Era incapaz de otra cosa. Era un adicto.

Al final el fetiche te acaba dominando y consumiendo.

Hubo una época en la que casi caigo en la bebida, así que sé de lo que hablo.

Por lo menos, no me dio por otra cosa. En este mundo casi todas se meten algo.

Por eso tampoco tengo mucho ahorrado, por lo de mi hermana, sí, pero también porque hubo un par de años, tras el embarazo, de los que no estoy orgullosa.