Capítulo 18 #4
—¡He leído tu mensaje! ¡No tendrías que haberte molestado con la cena! —Alonso se había presentado con dos grandes pizzas familiares y unas bolsas con botellas de refrescos.
—No es molestia ninguna.
—¿No esperarás que nos comamos todo eso? Con una habría suficiente.
—Siempre se puede recalentar. Luego están más buenas.
Luis había salido de su cuarto y gritaba, «¡¡Pizza!!, ¡¡Pizza!!».
—Hola, Alonso. Mi hermana me ha dicho que vas a solucionar lo de Hacienda —Felisa saludó y comenzó a poner la mesa.
—Haremos lo que se pueda. He traído la alegación para que la leas.
—Déjalas aquí —señaló Petra refiriéndose a las pizzas. Alonso se estaba quemando con ellas—, puedes colgar allí la chaqueta.
Así hizo. Dejó las pizzas y tras colgar la chaqueta, sacó de su interior una serie de folios doblados.
—Perdona que estén así doblados, pero por las pizzas no me he traído el maletín. Te la he mandado también al email para que la repases cuando quieras.
Petra tomó los papeles e intentó leerlos mientras Felisa distribuía las pizzas e impedía que Luis comenzara por su cuenta.
—Espera que comamos todos —le regañó su madre mientras intentaba descifrar el documento.
—Me estuve informando de lo que contiene la instrucción y no hay nada sólido que vincule los dos nombres. Por ahí no tendremos sorpresas.
Con el niño y su hermana delante tampoco quería ser muy específico.
—Todas somos relaciones públicas —sonrió—; yo también he estado hablando con alguna compañera y no vamos a decir nada. A alguna de todas formas le ha faltado tiempo para pagar. Yo lo flipo. ¿Eso me afecta?
—Cada requerimiento es personal. Que una admita algo no afecta al resto. A veces, si tienes el dinero, lo mejor es pagar y evitar problemas. Ocurre si tienes otro tipo de negocios y por lo que sea no quieres a Hacienda indagando. Pero vamos, yo no hubiera recomendado a ninguna pagar ahora.
—¿Quieres algo de beber? —le preguntó Felisa a su invitado—. Tenemos también cerveza y Red Bull.
—No, gracias, tomaré la Coca-Cola Zero que he traído.
Comenzaron todos a comer su porción de pizza, iniciando conversaciones triviales que fueron escalando hacia lo personal. Luis, inquieto, le preguntó a Alonso qué era un abogado.
—Es alguien que te defiende si tienes algún problema.
—¿Te defiende de los malos?
—También puede defenderte si eres malo.
—Vaya caca.
—¡Niño! —le gritaron al unísono las hermanas.
Todos rieron y la charla discurrió por la biografía de todos. Alonso explicó cómo se hizo abogado. Felisa le habló de su negocio, y cuando se habla de negocios y está Alonso delante, siempre sale el tema de impuestos. Supo así que Petra había ayudado a montar el obrador de repostería de su hermana.
—Es un obrador muy cuco. Pequeño, pero me da el apaño —explicaba Felisa.
—Perdona mi ignorancia —Alonso, por deformación profesional, buscaba la precisión del concepto—, pero un obrador, ¿qué es exactamente? Quiero decir, ¿es una pastelería.
—Como una pastelería, pero sin sitio físico de venta al público.
Reparto por encargo a pastelerías, a panaderías, a restaurantes, o a particulares por WhatsApp, tengo un grupo que funciona muy bien.
Tengo un localito pequeño, pero muy funcional, con mi horno, mi amasadora, una pequeña cámara de fermentación…
Alonso comprendió que, en buena medida, el proyecto de Felisa era el proyecto de Petra. Ambas hermanas parecían compenetrarse. Felisa, además, era experta en saber cuándo desaparecer.
—Bueno, Luis. ¡A la cama, que ya es tarde! —tomó a Luis de la mano y se lo llevó al cuarto de baño—. Nos lavamos los dientes y a dormir. Di, ¡Buenas noches!
—¡Buenas noches! —repitió Luis.
—¡Buenas noches! —correspondieron Alonso y Petra al unísono.
Felisa preparó al niño para dormir y también ella se despidió para dejarles intimidad.
—El otro día, no insististe sobre mis ingresos. Me extrañó, ¿por qué? —Petra marcó el volumen de la conversación, más bajo de lo normal para no molestar a su hijo ni a su hermana.
—Porque con los papeles que me enseñaste no me hizo falta.
—¿No?
—Voy a hacer de «adivino», a ver si me equivoco mucho.
—Dale.
—Está en la alegación.
—Apenas pasé de las tres primeras líneas.
—Bien. En tu cuenta corriente tienes unos seis mil euros. Tu hijo tiene otros seis mil. Viendo los movimientos de cuentas está claro que el dinero de tu trabajo no lo guardas en tu cuenta corriente ni en la de tu hijo. Y como supongo que no lo guardas debajo del colchón.
—En metálico tengo cinco mil para emergencia.
—Espero que no debajo del colchón —insistió Alonso—; el caso es que seguramente le pases en mano el dinero a tu hermana que lo ingresa en la cuenta del obrador y consta como ingresos de ventas o algo parecido. ¿Me equivoco?
—¿Eso lo has sabido sólo mirando los papeles? Pero si no sabías lo del obrador.
—No me hacía falta. Sabía que tu hermana tenía algún tipo de negocio y ya son muchos los casos que llevo a las espaldas.
—Joder, eres bueno.
Alonso se hinchó un poquito de orgullo.
—No te preocupes que, en principio, la Agencia Tributaria no meterá la mano en el negocio de tu hermana sin una causa justificada.
Si quieres podría revisar las cuentas a ver si no habéis metido la pata.
Pero vamos, salvo que hayáis inflado absurdamente los ingresos del obrador no tendréis problemas.
—La hipoteca, la puñetera hipoteca nos tiene más amarrada que los búlgaros.
—En la alegación lo argumenté y por eso quería comentártelo. Esos rendimientos que Hacienda dice que has tenido supuestamente trabajando de prostituta.
—¿Supuestamente? —Petra se rio.
—Yo diría que eras una… ¿cómo decirlo? «Relaciones públicas con derecho a roce».
La risa entre ambos ya era cómplice.
—Ahora en serio. Tus ingresos en la cuenta corriente como en la de tu hijo, de la que eres cotitular, dan una imagen que cuadra perfectamente con la nómina legal del Smolyan. Es un buen punto a nuestro favor, además de los otros argumentos. Repasa las alegaciones para ver si estás de acuerdo.
Petra tomó de nuevo el papel y se puso a leer con detenimiento.
—Más o menos lo entiendo. ¿Pero por qué admites que hay indicios? ¿Eso no es admitir que soy culpable?
—Una cosa son los indicios y otra una prueba. Indicios puede haber muchísimos, por ejemplo, te ven salir del Smolyan en minifalda y tacones. Es un indicio, pero, ¿prueba que trabajabas de prostituta? ¿Todas y cada una de las que han salido en minifalda del Smolyan eran prostitutas?
—Si no todas, casi todas, ya te lo digo yo.
—Pues eso. Una prueba tiene que demostrar y hacerlo de modo preciso y directo según las reglas del criterio humano.
—¿Hay criterios inhumanos? ¿Criterios perrunos? ¿Gatunos?
—Bueno, he visto algunos jueces que utilizan criterios de marcianos. Básicamente es que no haya contradicciones lógicas o que lo que se diga sea coherente con nuestro estado de conocimiento del mundo.
—Tampoco entiendo lo de fraudulenta, si me han obligado.
—Hacienda no está calificando tu intención personal, sino el mecanismo objetivo. Eso es lo fraudulento.
—Además me reclaman una «cuota tributaria», como los búlgaros. Aquí todos van a sacarme la cuota. Ahora va a ser la Agencia Tributaria la que me chulea.
—Nos chulea a todos.
—Ya. ¿Seguro que no hay nada en lo del Smolyan o los Cotrina que pueda afectarme?
—Seguro, seguro del todo totalmente, no hay nada en la justicia ni en la vida. Pero podemos estar muy seguros de que no hay nada que te afecte en esta cuestión y si la hay, estaremos avisados. Teo ha puesto interés. Él me ha informado y además estará al tanto de ti y de Lua.
—Es un buen tipo. Se le notaba buena persona. Sé que ha estado intentando tener una cita conmigo. Ahora me sabe mal.
—Bueno, léela con atención y si tienes dudas me lo dices por correo electrónico. Mañana sobre las doce la presentaré si te parece bien. Yo debo irme, ya. Lore me espera esta noche.
—Tú no te vas a ninguna parte, caballero. Te quedas a dormir conmigo. «Supuestamente» vamos a acostarnos.
—Debo irme, de verdad —Alonso ya se estaba levantando al tiempo que Petra, rápida como el viento, tecleaba en el móvil.
—Ya está.
—¿El qué? —preguntó Alonso.
—Le he enviado un mensaje a Lore, mira: «Esta noche tu marido me pertenece. No lo esperes».
—Le va a sentar mal.
—Lo que va es a tenerla caliente toda la noche. Venga, vamos a la habitación.
—No sé, Nila, digo Petra, no quiero que parezca que te ayudo para que te acuestes conmigo.
—Y yo no quiero que parezca que me acuesto contigo para que me ayudes. Ya estamos en paz.
Alonso se quedó parado sin saber qué hacer y Petra vio rastros de ansiedad. Sabía que debía romper esos rastros con sinceridad.
—Siéntate, por favor.
Alonso se sentó.
—Mi hermana tiene por lo menos una FP en Repostería y Confitería.
Yo, en cambio, siempre he trabajado con mi sexualidad, incluso cuando era relaciones públicas «de verdad».
Es la única forma que tengo de expresarme.
Se me da bien. Sabes que se me da bien. Soy tan buena en esto como tú de abogado.
Necesito expresarte mi agradecimiento. No porque te deba algo ni porque seas mi cliente, sino porque necesito mostrarte lo que siento.
¿Por qué me has ayudado tú sin cobrarme?
Alonso cayó.
—Ya te lo digo yo, Alonso. Querías demostrarme que eres algo más que un cliente o un «putero». Pues yo quiero demostrarte que soy algo más que una puta. Déjame expresarme.
—Te comprendo, pero no sé si debo. Estoy confundido.
—No lo estás. Si realmente no quisieras hacerlo, no iba a obligarte. Pero quieres. Por la forma en la que me miras ahora mismo sé que me deseas. Lo sé igual que tú has sacado todas esas cosas de los papeles con sólo mirarlos. No juguemos a ser dignos cuando lo que queremos es follar.
Le tomó la mano y lo llevó con ella a su dormitorio. Cerró con cuidado la puerta.
—No debemos hacer ruido.
—Esto me recuerda mis años universitarios. Tenía una novia, Paqui, que vivía con unas amigas muy tiquismiquis. Teníamos que follar al estilo Ninja.
—¿Y no podías llevarla a tu piso? —a Petra le hizo gracia lo del estilo Ninja.