La Cornuda Fiel Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Me saldrá Nila durante algún tiempo —a Alonso le iba a costar acostumbrarse—.

Lo que sí quiero que tengas claro es que desde este momento entiendo que soy tu abogado.

Lo que me digas sobre tu trabajo o ingresos está protegido por el secreto abogado-cliente.

Debes ser sincera y no ocultarme nada. Los únicos casos que he perdido de forma absurda son porque mis clientes se esforzaron en mentirme.

Yo no soy el juez, y no voy a juzgarte, sino a protegerte. ¿Lo entiendes? Es muy importante.

Alonso estuvo un rato revisando los papeles.

Nila sentada a su vera sólo contemplaba a Alonso.

Le parecía algo mágico verlo así, enfrascado en aquellos papeles.

De forma inconsciente le pareció sexi y hasta erótico.

Nada de un macho musculado a base de hormonas y gym levantando pesas ni metrosexuales aceitosos marcando paquete mientras cantaban con autotune.

Nada de eso. Sólo un hombre guapo y atractivo preocupándose por ella utilizando el intelecto.

Era una nueva fantasía femenina que debía explorar.

—Estoy revisando aquí tu vida laboral y cuadrándola con las nóminas. Antes del Smolyan tu vida laboral es una ristra enorme de altas y bajas. Encadenabas trabajos temporales, pero siempre de relaciones públicas. Perdona la pregunta, pero tengo que hacértela, ¿eran trabajos sexuales encubiertos?

—No te preocupes por las preguntas. Hazme las que hagan falta.

No, todas estas son de cuando realmente trabajaba como relaciones públicas.

Por entonces hasta mi hermana trabajaba de eso.

Fue a raíz de una compañera. Ella sí que se ganaba unos euros en el Tormento como trabajadora sexual.

Me pareció interesante. Dinero fácil. Por entonces mis padres vivían y mi vida era un poco complicada.

Le pedí referencias y me presentó a gente del Tormento.

—El Tormento era el antiguo nombre del Smolyan, ¿no?

—Lo regentaba Mario Leal. Se lo vendió a los búlgaros.

—Vale, ahora entiendo parte del papeleo.

—Hay algo más —Nila tomó aire—, Mario es el padre de Luis.

—¿Y cómo acabaste contratada como relaciones públicas por los búlgaros? —intentó que el cauce de la conversación no tomara derroteros demasiado íntimos o personales.

—Mi embarazo coincidió con la venta del Tormento.

Mario está vinculado con los Monda. Ya no me acuerdo cómo, pero el caso es que estaba metido con ellos.

Los Monda son de fuera y no tenían nada más que el Tormento en la ciudad.

Además, por entonces los Cotrina lo acaparaban casi todo.

Los búlgaros llegaron a un trato con él.

Cuando Mario se enteró de que estaba embarazada me la lió dando gritos, gritando que el hijo no era suyo y que era una puta.

Sabía que era un cabrón, pero nunca sabes lo cabrón que es un hombre hasta que le dices que va a ser padre.

El caso es que nos peleamos. Al final aceptó que era su hijo aunque lo inscribí sin padre.

Me pasa en negro dinero, pero cuando le sale de sus santos cojones, que suele ser de muy tarde en tarde.

Yo no le pido nada. Si me da dinero, lo acepto, porque no es mío sino de mi niño y no soy quién para quitárselo.

Pero de mi boca no va a salir pedirle un céntimo a ese miserable.

—Te comprendo, pero centrémonos en algo importante.

No es que no me interese tu vida, que me interesa, pero quiero centrarme en esta cuestión y hacerte la pregunta claramente.

Antes de trabajar como falsa «relaciones públicas» en el Smolyan trabajaste como relaciones públicas de verdad en todos estos sitios, ¿cierto?

—Sí, ¿pero por qué importa eso? No lo entiendo.

—Porque te da un historial fiscal limpio y una categoría profesional preexistente y verosímil. Ya de entrada tendrían que demostrar mejor de lo que dicen aquí, que tu trabajo de relaciones públicas en el Smolyan es un fraude.

—Bueno, todo el mundo sabe lo que soy allí.

—Las cosas se tienen que probar. Pongamos por caso que fueras verdadera relaciones públicas en el Smolyan, pero al margen, fueras prostituta.

Aquí ellos presuponen a través de la contabilidad en negro que tú trabajabas de prostituta.

Lo han inferido de la lista de nombres al cruzarla con los datos fiscales de Hacienda.

El inspector cotejó datos y lo dedujo, pero no directamente.

—Pero vamos, todas las de la lista trabajamos de lo mismo.

—Aun así, Hacienda no puede hacer una deducción general.

Te acusan personalmente a ti y es precisamente lo que tienen que demostrar.

Que las otras trabajaran de prostitutas encubiertas como relaciones públicas no implica demostrar que tú también lo hacías.

Sobre todo, cuando realmente ya has trabajado mucho antes como relaciones públicas.

La presunción está de tu parte: desde que comenzó tu vida laboral has trabajado de relaciones públicas con contratos y nóminas con las que podemos demostrar que no trabajabas de prostituta.

—¿Y si ellos dicen que los trabajos anteriores eran también de prostituta?

—No pueden hacer esa inferencia. Estos eran trabajos legales, de sitios legales, con nóminas legales y todo en regla.

Del Smolyan, por la causa policial, saben que hubo prostitución, pero en los otros no pueden presuponerlo.

Con ese tipo de razonamientos podríamos presuponer que cualquier relaciones públicas es prostituta.

—Comprendo.

—Esto nos lleva a la contabilidad extraña que llevaban los búlgaros.

Estos son de la vieja escuela y desconfían de lo digital.

Todo está a mano. Aquí han puesto algunas fotocopias que se ven de pena.

Te han tenido que mandar una notificación electrónica a ver si en ella se ve mejor. ¿Tienes certificado digital?

—Sí. En el móvil.

—Pues descarga la notificación si puedes. Ven, te digo cómo. Y cuando la descargues me lo mandas.

Estuvieron un rato hasta que por fin consiguieron descargar la notificación con toda la documentación anexa. Ahora Alonso podía ampliar los documentos.

—Estoy viendo y esto es ilegible. Esos tipos escriben de pena. ¿Es español?

—Son esas letras raras en las que escriben. Es búlgaro.

—Vale, es cirílico cursivo. Escriben vuestro nombre en español, pero en caracteres cirílicos para que sea más difícil reconocer los datos. Algo bueno, porque hay que tener mucha imaginación para leer aquí algo.

—Sí, se ve fatal —Nila se acercó a Alonso para ver juntos la pantalla del móvil. Sintió el aroma del abogado, mezcla de perfume y sudor, que se escapaba de la camisa encorbatada. Se turbó al ir dándose cuenta que, poco a poco, crecía su atracción física hacia Alonso.

—¿Se supone que ésta eres tú? ¿Qué pone? ¿Nuva Minda?

—Nila Monda.

—Pero tu apellido es Figueroa, ¿no?

—Figueroa Domínguez.

—¿Tiene que ver con eso que me has contado de los Monda?

—Sí, ponen lo de Monda para acordarse de que soy la madre del hijo de Mario. Es una especie de anotación interna que tienen como marcando el territorio o propiedad. «No te metas con esta, que es de nuestro socio». Algo así. A mí me beneficia, la verdad.

—Vale, esto podemos utilizarlo.

—¿Que me beneficiaba?

—No, que no aparezcan con tu apellido. Y además, por lo que veo, algo muy importante. Tampoco apareces con tu nombre. Mira, por lo que se puede entender de la caligrafía infame, todas tienen su nombre real y la primera letra de su apellido con un punto.

—Es verdad. ¿Por qué lo harían, si allí a todas nos conocen por nuestro otro nombre?

—Seguramente porque quien llevaba la cuenta en negro llevaba también las nóminas legales y en esas nóminas aparecía vuestro nombre real.

Con todas seguían el mismo procedimiento para no equivocarse, pero contigo pusieron la indicación interna para diferenciarte.

Esto nos beneficia, y además, por lo que estoy viendo en estos papeles, nos beneficia doblemente.

—¿Tan importante es la factura de teléfono?

—Pues va a serlo más de lo que parece. Casi todas tus facturas o documentación vienen a nombre de Petra Figueroa, no Petronila.

—Sí, odio Petronila. Además es demasiado largo, y muchas veces en los formularios no tienes espacio para escribirlo entero. Así que pongo Petra en todos los sitios, salvo el DNI o cosas con el certificado digital que ahí sale mi nombre.

—Lo mismo le pasó al que escribió las cuentas, y se ahorró trabajo y así te identifica directamente. Nila Monda, la Nila con la que hay que tener cuidado, ¿no?

—Dicho así parece que soy una especie de malvada superprostituta.

—No he querido decir eso, perdona.

—No, perdóname tú, si te entiendo. Te entiendo. Sólo que nunca lo había escuchado así de la boca de otra persona. Eres la primera persona que le cuento esto y al contarlo veo lo raro que parece.

—No es tan raro en ese mundillo. De todos modos, ¿en qué se concreta que te «marcarán» de esa forma? Ese respeto, ¿en qué se traducía en el día a día? Si puedes contármelo.

—En nada especial, la verdad. Bueno, miento, seguramente en que yo tenía más libertad de movimiento que otras chicas españolas.

—¿Cuánto ganabas de verdad y cómo le pagabas al Smolyan?

Quiero decir, siempre lo he pensado, pero nunca me he atrevido a preguntártelo.

Si por ejemplo, y perdona lo que voy a decir, quisieras acostarte con el vecino de enfrente, los búlgaros no iban a enterarse y podrías quedarte ese dinero. ¿Cómo controlan los búlgaros eso?