La Cornuda Fiel Capítulo 18
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Capítulo 18

Capítulo

«No juguemos a ser dignos cuando lo que queremos es follar»

Pasaron dos semanas y media desde que Alonso cenó con Nuria.

La amante pelirroja cumplió su promesa y no se amilanó ante la aparente ruptura.

La semana siguiente lo abordó en el trabajo y tuvieron varios escarceos sexuales de diversa intensidad.

A la semana siguiente, Nuria faltó al despacho por motivos de salud, sumándose así a un cúmulo de circunstancias que hicieron que, por primera vez en varios meses, Alonso disfrutara de una semana de tranquilidad sexual.

Tras la clausura policial del Smolyan, el letrado había insistido por varios mensajes de wasap a Nila.

Quería saber cómo estaba, pero ella sólo contestó con lacónicos «estoy bien», «no te preocupes», «ahora estoy ocupada», «ok, ya hablaremos».

Con su esposa la comunicación no era mucho mejor.

Apenas hablaban trivialidades o ella se tomaba todo demasiado en broma; más de lo que era habitual, que ya era bastante.

Habían intentado retomar la actividad sexual «normal», pero el puro sexo matrimonial ya no agradaba a Lore, que insistía en tener con Nila una última sesión para pasar a probar cosas nuevas.

La sensación de estar en el fin de un ciclo vital invadía a Alonso.

Todavía no había decidido si le angustiaba o le alegraba.

Como buen abogado simplemente esperaba la siguiente fase del proceso vital intentando no fastidiarla en alguna preclusión amorosa.

Así se encontraba Alonso cuando en plena mediación judicial le comenzó a vibrar insistentemente el móvil.

Lo tenía en silencio, pero aquel aparato no dejaba de zumbar.

Disimuló con soltura hasta que, por fin, las circunstancias le permitieron ver quién llamaba con tanta insistencia.

Era Nila. Siete llamadas perdidas. Le devolvió la llamada que ella cogió de inmediato.

—¡Alonso!

Fue lo único que escuchó claramente porque lo siguiente fueron lloros y sonidos entrecortados. Dedujo, por las cuatro palabras que consiguió entender, que Nila estaba en problemas legales de algún tipo.

—Tranquilízate, respira hondo y dime dónde estás, que voy para allá y sobre todo, no digas nada hasta que yo llegue —pensó que tal vez estuviera detenida, pero no, estaba en su casa.

Alonso nunca había estado en casa de Nila.

Ella le envió la ubicación y marchó hacia allá.

Era el tercer piso sin ascensor de un barrio construido por el antiguo sindicato vertical.

No era marginal, pero desde luego, no era el tipo de barrio que Alonso frecuentara.

Llegó al portal y buscó el timbre, pero la mitad de las teclas del portero estaban rotas o descolocadas.

Alguien salió y Alonso aprovechó para entrar.

Subió y llamó a la puerta. Le abrió una chica cuyos mofletes y nariz eran idénticos a los de Nila.

—¿El abogado?

—Sí.

—Pasa, perdona el desorden, pero Luis ha estado jugando y ha dejado todos los playmobil tirados por el suelo. ¡Recógelos!

Al fondo del saloncito, Luis había montado un enfrentamiento a vida o muerte entre sus muñecos: piratas contra caballeros medievales, todos ellos montados en una réplica de una furgoneta hippie Volkswagen.

—Petra ya viene.

Nila llegó desde el pasillo visiblemente afectada. Su rostro estaba todavía marcado por el llanto reciente y la preocupación se percibía a través de sus hermosos ojos. A Alonso le pareció que estaba especialmente guapa sólo con la camisa y el pantalón vaquero.

—Esta es mi hermana, Felisa. Y este pequeño demonio es mi niño, Luis.

Alonso saludó protocolariamente. Sabía que la hermana de Nila había tenido problemas de salud, pero no vio pertinente preguntar.

—Nosotros os dejamos solos. Ven, Luis —Felisa tomó de la mano al niño dejando a piratas y caballeros medievales a medio combate—. Nos vamos a comprar. ¿Necesitas algo?

—Falta menestra.

—Vale.

—Ah, y detergente para la ropa negra.

—Anotado. Nos vamos. Adiós.

Alonso y Nila ya estaban solos. Ella miró a Alonso sin saber si debía disculparse, alegrarse o darle explicaciones de algún tipo.

—Tranquilízate, ¿qué ha pasado?

—Me ha llegado una carta de la Agencia Tributaria. Me piden ciento trece mil euros, Alonso. No puedo pagar eso, Alonso. No puedo.

Aunque hizo el esfuerzo por contenerse, no pudo evitar retomar el llanto.

—Dame esa notificación.

Nila entró a su dormitorio enjugándose las lágrimas. Casi corrió de vuelta llevando aquel sobre excesivamente grueso.

—Sentémonos, lo leo y te lo explico. Tú tranquila.

—Te pagaré, Alonso, te pagaré.

—No te preocupes por eso. Dame. A ver.

Nila observaba cada milímetro del rostro de Alonso. Mientras Alonso leía, Nila intentó dar explicaciones.

—Perdona que no te llamase o dijera nada. Han sido dos semanas de locos con lo del Smolyan. Han llamado a algunas chicas a declarar; la Guardia Civil quiso que firmara una declaración.

—¿La firmaste?

—No.

—Bien, ya sabes el dicho. No firmes nada, vivirás más años.

Nila, con toda la razón del mundo, no se rio. El chiste tenía distinto significado según la rama del derecho a la que se aplicase.

—Creí que toda esta movida —siguió explicando Nila— era contra los búlgaros y los Cotrina. Siempre buscan alguna forma de jodernos a nosotras.

—Ya está.

—¿Ya lo has leído? ¿Todos estos folios?

—Lo básico ya lo he leído.

—Nadie lee tan rápido.

—Los abogados sí. Todo depende de leer lo importante.

La mayor parte de los documentos son las mismas fórmulas de siempre repetidas una y otra vez.

Lees uno y ya has leído cientos. Lo que te han mandado es un procedimiento de comprobación limitada con propuesta de liquidación provisional.

Básicamente, la policía ha investigado las finanzas del Smolyan y han comenzado a cruzar datos.

Habéis aparecido vosotras en los asientos y han pasado los datos de la causa penal a Hacienda que ahora os reclama los rendimientos no declarados.

—Pero yo hago la declaración de la Renta. El Smolyan nos tenía dadas de alta, al menos a las españolas como relaciones públicas y azafatas de eventos. Tengo mis nóminas por aquí.

—Ahora me las enseñas, pero el problema es precisamente ese. Que declarabais unos ingresos inferiores a los que aparecen en la contabilidad real que han incautado al Smolyan.

—¿Y de dónde sacan esa cifra?

—Es una mezcla de lo que cree Hacienda que no les has pagado, los intereses de demora y como te han abierto un procedimiento sancionador tributario, que es lo peor, pues te aumenta mucho el importe total.

El semblante de Nila no se relajaba.

—No puedo pagar eso, Alonso.

—No te preocupes que no lo vas a pagar. Al menos no esta cifra.

Siempre tienden a exagerar un poco en estos casos.

Lo que te ha llegado realmente es una propuesta de liquidación provisional, no es definitiva.

Es como una factura provisional a ver si estás de acuerdo con ella y, evidentemente, no estamos de acuerdo.

Tenemos días para alegar y haremos las alegaciones.

—¿Y qué alego? ¿Que me obligaron los búlgaros?

—No funciona exactamente así, aunque podremos utilizar algo de eso.

Es un procedimiento administrativo-sancionador, no es penal.

En ocasiones, lo penal es más garantista en muchas cosas, pero en este caso creo que ha sido mejor para ti.

No es nada penal y podremos manejarlo. Tenemos dos opciones y vamos a sentarnos tranquilamente a estudiarlas.

—¿Cuáles son esas opciones?

—Podemos conseguir una reducción parcial mediante el pago rápido por conformidad. Aceptamos la liquidación tal cual. Si tuvieran algo sólido e impepinable sería lo mejor. La cifra se te quedaría en unos 75.300 euros.

La opción la tranquilizó algo más, pero no mucho.

—Es mucho también, pero bueno.

—Esa opción está descartada en tu caso. No te la recomiendo.

—¿Y la otra opción?

—La otra opción es —prosiguió Alonso— intentar la exoneración total, alegamos y vamos con todo hacia adelante.

—Y si alegamos, ¿puedo acogerme a esa reducción luego si sale mal?

—No, pero hay otras formas de reducción.

La clave, de todos modos, está en el tipo de sanción.

Te han calificado de «muy grave», pero está claro que es un mecanismo que os han impuesto a las chicas en el Smolyan y no sois responsables, por lo que puedo rebajarla, en caso de que la exoneración salga mal, a «grave».

Aquí puedo ser firme porque estoy seguro.

Ya lo he hecho otras veces y conozco el procedimiento y no he fallado nunca.

Así que si la exoneración saliera mal, tendrías que pagar unos 79.

000 euros. La diferencia no es tanta por la posibilidad de acabar sin pagar nada. Nos conviene luchar por la exoneración.

—¿Y cómo se hace lo de la exoneración esa, Alonso? —a Nila se le iluminaron los ojos.

—Primero, vamos a relajarnos, tomárnoslo con tranquilidad y a discutirlo porque no es fácil. Por lo pronto, vas a traerme a esta mesa lo único que un abogado tributario necesita.

—¿Cerveza?

Por fin, un chiste. La luz volvía al rostro de Nila.

—Papeles, montañas de papeles. Todo papel que tengas, hasta el del váter, tráemelo, que vamos a estudiarlo.

Nila, más animada, se lanzó a rebuscar entre carpetas y cajones mientras mentalmente repasaba cada rincón en el que había puesto algún papel. Alonso se acomodó y sacó su arma más preciada contra la Agencia Tributaria: su estilográfica Parker.

—Tráeme algún folio en blanco.

Nila le pasó una libreta vieja de cuadritos con una pegatina de Zakumi medio arrancada en la cubierta.

—Perdón. No tengo otra cosa.

—No te preocupes, esto servirá.

—Otra cosa, Nila.

—Llámame Petra. Todo el mundo me llama Petra. Nila es mi nombre de trabajo.