Capítulo 16 #5
—Ves demasiadas películas. Los búlgaros han golpeado en lugares que frecuentáis. Es la vigilancia personal de toda la vida. Alguien os sigue y da el chivatazo. Ya quisieran poder pinchar teléfonos, es más complicado de lo que parece. El mío ya te aseguro yo que no lo tienen pinchado.
—¿No vas a acompañarme?
—No, vas a ir tú solito —volvió la preocupación a Emilio—, pero no te preocupes, que te va a gustar. Al final seguro que lo disfrutas.
Su marido no entendió a la primera. Tampoco a la segunda, porque Sandra se fue directa al dormitorio y le gritó desde allí.
—¡¿Vas a venir, o qué?!
Cuando Emilio entró, Sandra ya tenía tendida sobre la cama de matrimonio uno de sus trajes.
—Vas a ponerte esto. No me mires con esa cara que ya te has puesto mi ropa otras veces.
—Pero era lencería. Nunca he salido a la calle así, no sé.
—La clínica de Darío siempre está llena de transexuales.
Nadie va a decirte nada. Además, vas a salir de aquí directo a un taxi.
Le diremos que te recoja aquí mismo, en la puerta del portal.
Te he comprado hasta una peluca, vas a quedar mona.
En el hipotético caso de que alguien te viera salir, pensaría que soy yo.
Y ya en la clínica nadie va a sospechar nada. Darío sabrá dónde llevarte. ¡Desnúdate!
Emilio inmediatamente dejó de procesar el plan de Sandra. Su condicionamiento mental de años de sumisión le hizo responder instantáneamente a la orden quedándose totalmente desnudo. Sólo lucía la jaula de castidad cuya llave custodiaba su mujer.
—Te llevarás la llave por si tienes problemas y yo no puedo acudir. Pero no te quites la jaula si no es necesario y, por supuesto, no te vayas a tocar sin mi permiso.
Emilio asintió con la cabeza gacha en señal de sumisión. Miró la ropa y no sabía por dónde empezar. Tomó la falda.
—Antes tendrás que ponerte la ropa interior, ¿no?
—Perdona.
—Vamos al baño que voy a depilarte las piernas. No soporto las medias sobre los pelos, me da grima.
Sandra no sólo le depiló las piernas sino que repasó aquellas zonas que ya tenía depiladas y lo acicaló con sus cremas y perfumes.
Le puso las medias cuidadosamente e improvisó con unos calcetines viejos el relleno del sostén.
Sandra volvió a ser una niña que jugaba con muñecas.
Se sorprendió a sí misma disfrutando de aquello.
—¡Mírate! Si hasta vas a tener mejor cuerpo que yo.
Ahora voy a maquillarte. Pero no como la última vez.
Te hice caso y fue horrible, parecías una fulana.
Mi marido no puede ser una fulana. Voy a darte base, te suavizaré las facciones pero utilizaremos el color con moderación.
Espera, que voy a la cocina a por la peluca.
Emilio en aquellos momentos ya estaba tranquilo y relajado. Estaba disfrutando también. Su polla lo corroboró hinchándose dentro de la caja de castidad. La peluca que había comprado Sandra era muy parecida al cabello de la propia Sandra.
—Sólo hace falta que lo recojamos con un moño, et voilà!
La abogada estaba orgullosa de su obra. Recorrió con sus manos el cuerpo de Emilio hasta llegar a la entrepierna.
No lo hizo con un fin erótico ni sexual.
Lo hizo como la escultora que repasa su trabajo.
La caja de castidad parecía que iba a estallar.
Emilio no lo dudó. Se arrodilló y buscó desesperadamente la entrepierna de Sandra buscando complacerla, pero Sandra lo detuvo rápidamente.
—¡Quieto! ¡Ni se te ocurra! No vas a comerme el coño después de lo que me ha costado maquillarte. Te estás quietecito aquí —señaló a la cama—; permanece de pie. Levanta ese culo y sostenlo con tus manos. Te mereces un regalo.
Sandra se incorporó. Fue a la cómoda y del último cajón sacó unos guantes de látex y lubricante. Se acercó por la espalda a Emilio.
—Disfruta, hoy estoy generosa.
Y lo fue. Hacía mucho tiempo que Sandra no lo era generosa con él.
Con su mano enguantada y untada de lubricante, tras bajar las bragas que le había puesto —sus propias bragas—, comenzó a jugar con el ano del marido.
Primero un dedito. Luego, tras estimularlo en círculos y abrirlo convenientemente, un segundo.
Mismo proceso. Y un tercero, tras el cual, podía decirse que comenzaba a follárselo con la mano.
Cuando cupo el cuarto, la respiración de Emilio le hizo saber a Sandra que era el momento de introducir más los dedos.
Su índice y corazón dieron con el bulto hinchado de la próstata y comenzó a masajearla.
Suavemente, sin rabia. Sin dureza. La acarició como al clítoris de una virgen novata.
Pocas veces Emilio podía gozar de aquel placer.
Daba gracias a Sandra por aquello. Por tenerla allí.
La amaba y la odiaba al mismo tiempo. El pene de Emilio clamaba por salir aprisionado en su celda metálica.
Le dolía el capullo, pero el placer prostático lo mitigaba.
Sandra no variaba el ritmo, pero la excitación se hacía cada vez más fuerte.
Sus dedos se movían precisos una y otra vez.
La tensión se acumulaba en los testículos y por fin, pudo eyacular plenamente tras mucho tiempo.
Fue un orgasmo pleno. Y fue un regalo de Sandra.
—No te muevas —le ordenó, aunque no hacía falta porque todavía el placer del orgasmo mantenía paralizado a Emilio.
Sandra tomó una toallita y limpió con cuidado el pene enjaulado de su esposo. Subió de nuevo las bragas y le hizo un gesto para que se vistiera completamente con su ropa. En pocos minutos, Emilio estaba vestido. Falda, blusa y chaqueta.
—Recuerdo esta blusa. Te la regalé cuando estuvimos en Bilbao —Emilio se inspeccionaba en el espejo. Por un momento, no parecía reconocerse.
—Mírate. Se nota que esto te gusta. Voy a llamar al taxi y buscarte algo para esos pies.
Sandra, acostumbrada a la multitarea, llamó al taxi a la vez que rebuscaba entre sus zapatos.
—Toma —le pasó a Emilio uno de sus pares.
—¿Estos?
—Sí, estos, que te conozco. No vas a ponerte mis tacones, que das dos pasos con ellos y en vez de taxi te llevamos a la clínica en ambulancia.
Tengo el pie un poco más pequeño que tú.
Estos te van a molestar, pero por lo menos apenas tiene tacón y podrás llegar a la clínica manteniendo el equilibrio.
Date Nivea en los pies o si no lo vas a pasar mal.
—Pero… —Emilio señaló sus pies enfundados en las medias.
—Da igual, dátela así, aunque sea encima de la media, no vas ahora a quitártelas y ponértelas de nuevo. Ah, espera, toma uno de mis alfileres de adorno. Te dejaré este aquí en el ojal. Cuídalo, que es de plata.
El truco improvisado sirvió porque Emilio llegó a la clínica con sus pies intactos.
Había salido rápido del portal tras la llegada del taxi y en veinte minutos, ya estaba en la clínica.
Otro cuarto de hora charlando en la sala de espera y por fin, Darío se hizo cargo.
Sandra recibió el mensaje de confirmación sumergida ya entre las sábanas.
«Todo bien».
Y lo estaría mejor mañana, pensó Sandra. Aquella noche, sin Emilio a su vera, se masturbó sin saber muy bien qué le había excitado: si maquillar y vestir a Emilio como a su muñeca o saber que al día siguiente tendría la oportunidad de joder a Lore.