La Cornuda Fiel Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

—Me encanta tu cuello —Alonso la besó ahora allí.

Fue suficiente. Apenas unos roces más de las yemas de Alonso y sintió el orgasmo al mismo tiempo que la inundó una claridad mental que antes no había tenido.

Amaba de verdad a Alonso y no lo dejaría partir.

Le daba igual Lore, Sandra o el mismísimo demonio.

Alonso debía ser suyo. Aceleró la contracción de sus músculos pélvicos y al poco su amante ya estaba bufando y abriendo la lengua.

Entre el condón y el anestésico no podía sentir plenamente la polla de Alonso, pero sí que sintió el orgasmo de su hombre salir por la garganta.

Ambos se abrazaron y no se dijeron nada. Ya habría tiempo de seguir hablando.

—o—

Sandra llegó a casa con los pies hinchados y un par de bolsas.

Había tenido que acudir a un lanzamiento judicial a favor de su demandante y después se pasó por una posticería.

No tenía obligación de asistir al lanzamiento, pero era la culminación de un largo proceso para recuperar una finca de un cliente muy importante.

Para ella, allí residía la auténtica victoria y no en la sentencia previa.

Dejó los tacones en el armario de la entrada, las bolsas en la cocina y fue descalza hacia el salón.

Allí estaba Emilio con señales claras de haber estado llorando.

—¿Todo fue bien? —preguntó su marido.

—Siempre intentan que se aplace con tonterías, pero Julio ya ha recuperado su finca.

—Han matado a Marcos y Fali. El tío Fermín está en el hospital.

Fermín Cotrina era el jefe del clan. Marcos y Fali eran hijos suyos; primos de Emilio.

—¿Cómo ha sido?

—Me acaba de llamar Esteban —uno de los subalternos de Marcos—, estaban en el gimnasio y…

—Espera, ¿estaban los dos juntos en el gimnasio?

—No es la tontería que parece. Estaban los dos con los guardaespaldas. Era un local de los nuestros. Pero al salir los estaban esperando. Se cargaron a los búlgaros, pero Marcos y Fali murieron. También un guardaespaldas.

—¿Y el tío Fermín estaba allí?

—No, lo del tío Fermín ha sido esta tarde en el velatorio de Ciro. Yo estaba allí mismo —por eso a Emilio todavía le temblaban las piernas—. Alguien por la espalda le clavó una navaja. Han sido rápidos. Ninguno vio nada. El propio tío Fermín tardó en darse cuenta.

—Lo siento por el tío Fermín. Pero Marcos y Fali eran unos mierdas.

—No digas eso.

—¿Vas a defenderlos? Marcos habló conmigo para que te convenciera de no ir al velatorio. «Dile al marica de Emilio que no se presente» —Sandra imitó la voz grave de Marcos—. Mira por dónde él tampoco se va a presentar.

—El tío Fermín siempre me defendió.

—Si no fuera por Fermín algunos de los Cotrina ni te mirarían. Pero, en fin, por lo menos os habéis quitado un problema.

Emilio sintió un escalofrío reconocible. Era la sensación que recorría su cuerpo cuando Sandra se mostraba fría y racional. Capaz de abstraerse de la situación. Si Sandra tenía emociones, las ocultaba mucho mejor que él.

—¿Fali?

—Sí, claro. ¿Quién, si no? Era muy amiguete de Tolo.

Tenían unos chanchullos para la familia que Marcos toleraba.

Es posible que hasta se hubiera liado también con la Yoli, esa se tira a todo lo que se mueve.

Entiendo a Rosario, pero yo antes de matarlo hubiera hecho que se comiera los huevos.

Valiente pandilla de cabrones estaban hechos.

Esta Rosario era, evidentemente, Charo Sánchez. La cliente y amante ocasional de Teo, socio del despacho de abogados, además de la amante despechada de Petko.

—¿Y por qué me cuentas eso ahora?

—Déjame a mí ser la mala. Al final estas cosas te acaban afectando.

No eres de la misma pasta que ellos. Cuanto menos sepas mejor.

Fali estaba bien jodido con las pruebas que salían del caso de Rosario.

Teo me contó cosas, no mucho pero algunas cosas pude sonsacárselas.

Sospecho que toda esa porquería contra nosotros del caso Tolo se la han pasado los búlgaros.

—¿Y tú no lo has impedido?

—Lo hablé con el tío Fermín y le conté que por culpa de Tolo saldría mucha basura de Fali.

Fermín estuvo de acuerdo conmigo en que no me metiera ni hiciera nada en el despacho.

Lo último que nos hacía falta era que Teo o Alonso se acabasen dando cuenta de que estoy haciendo trabajos para los Cotrina.

El tío Fermín tenía razón. Al final Fali se lo buscó.

Pero tampoco creo que Fermín fuera muy consciente del alcance de todo esto.

Sinceramente, yo tampoco. Teo es bueno y lleva las cosas con discreción.

La conversación había hecho que Emilio se tranquilizara. Pero sólo por unos minutos.

—Tengo miedo, Sandra. ¿Tú, no? —ya había comenzado a llorar.

—Hay cosas en la vida que no podemos controlar —Sandra lo abrazó y le acarició el pelo, más como una mascota que como a un marido—, además, hay un patrón muy claro. Saben lo que hacen.

—No entiendo.

—Están siguiendo un patrón claro. Esos búlgaros se dedican a tres cosas: armas, fulanas y negocios inmobiliarios…

¡Clin! Mensaje para Sandra. Interrumpió su explicación para leerlo. Calmar a Emilio podría esperar un poco más.

—Hablando de fulanas… es Lore.

«Vale, mañana en el café Olé a las 17. Si quieres café sabroso puedo llevarte unos cuantos granos en el culo☺»

—Léelo, anda.

Emilio miró la pantalla y no pudo evitar la carcajada. La situación se calmó un poco y pareció recuperar la compostura.

—Esa Lore… ¿qué estabas diciendo?

—Ah, sí. Lo discutí con Ciro una vez. Los búlgaros necesitan nuestro entramado inmobiliario.

Ya sabes cómo va esto, Emilio. Todo nace de ahí.

Sin el patrimonio legal perdemos las tapaderas para las otras actividades.

Así que quieren dinamitar el poder inmobiliario de los Cotrina y matan a los herederos.

Ahora mismo Fermín no tiene herederos directos.

—Pero los búlgaros no heredan nada.

—No, les basta con que haya peleas por la herencia.

En el mejor de los casos, ya nos matamos entre nosotros y ellos no tienen ni que mover un dedo.

En el peor, la herencia se divide o entra en litigios eternos.

Conozco el tema y al final las herencias o causan peleas o se acaban troceando.

Es lo que buscan. No el pastel, directamente.

Sino que lo despedacemos nosotros mismos.

—Ojalá eso pudiera calmarme.

—Estabas en el velatorio de Ciro y casi matan al tío Fermín. Si hubieran sabido quién eras, también te hubieran clavado el cuchillo a ti, créeme.

—¿Se supone que eso debe tranquilizarme?

—Pues sí, porque eso indica que todavía no te tienen fichado. Al final el cabrón de Paco pudo haberte hecho un favor al no darte su apellido.

El comentario sobre su padre no calmó a Emilio.

Sandra se esforzaba por abrazarlo y darle un calor que ella misma no sentía.

No odiaba a su esposo. Con el tiempo había conseguido sentir algo de cariño por él y apreciarlo en algunas cosas.

No era tan mal empresario como él mismo creía.

Llevaba bien las franquicias y los negocios tapadera de los Cotrina.

No cometía grandes fallos y sobre todo, Sandra apreciaba que Emilio la valorase como poca gente la había valorado en la vida.

Su marido le consultaba cualquier decisión importante y era humilde para recibir consejos.

¿Era sumiso? Tal vez, pero también sabía muy bien de quién ser sumiso y eso era un rasgo de inteligencia que Sandra apreciaba.

Precisamente, pensando en la situación del tío Fermín, la abogada recordó el preciso momento en el que su vida comenzó a cambiar.

Fermín la llamó a su despacho, y le pidió que «hiciera algo con Emilio».

Fermín Cotrina siempre se había sentido responsable del desliz de su hermano Paco.

«La familia es la familia», era un tópico que se tomaba en serio y lo seguía a rajatabla.

Emilio no sólo era el bastardo de la familia.

También el «mariquita» o el «rarito». No se le conocían novias ni amigas de ningún tipo.

Fermín insistió en que Sandra fuera la cicerone de Emilio.

Primero, en la inmobiliaria en la que Sandra comenzó a trabajar antes del bufete y luego, guiando a Emilio por el proceso de montar las empresas para los Cotrina.

Al final, el pragmatismo cerebral de Sandra y el sentimiento protector del tío Fermín confluyeron y Emilio se vio casado con Sandra en un intento de acallar ciertas voces del clan.

No sirvió para mucho, aunque por lo menos Emilio y Sandra alcanzaron con ello una posición periférica pero importante en el entramado de la familia.

—Emilio, no podemos seguir aquí. Esta es nuestra vivienda habitual, todos la conocen —ahora era su esposo quien estaba abrazado a ella y no se apartaba.

—¿Ahora tienes miedo?

—Miedo no, pero cualquier precaución es poca. Tengo la sensación de que todos, tanto los búlgaros como los Cotrina, están pensando a punta de testosterona. Tenemos que ser prudentes. Debemos separarnos.

—¿Vas a dejarme solo?

—No, claro que no; te irás con Darío. Voy a llamarlo.

—Sé quién es, pero no lo conozco.

Darío era médico y director de una serie de clínicas centradas en tratamientos de fertilidad, cirugía plástica, cirugía estética y reasignación sexual.

Era hijo de un antiguo «consigliere» de la familia.

Su posición en los Cotrina era muy parecida a la de Sandra y Emilio.

Un trabajo plenamente legal pero realizando favores puntuales para la familia.

Al fin y al cabo, el tío Fermín fue quien pagó personalmente la carrera a Darío.

La abogada estuvo un rato hablando por teléfono.

—Ya está. La clínica cierra en cuatro horas. Te da tiempo a llegar. Darío te estará esperando. Te mantendrá escondido unos días.

—¿Y si han pinchado tu móvil?