La Cornuda Fiel Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Ah, no. No le consultes nada a Sandra que me estará comiendo la cabeza un mes con lo mala que son las grasas esas. Tendré que aguantarme.

—Mañana le traeré su mantequilla. La hacemos manualmente. No es de lata.

—Si lo haces, Sandra rescindirá vuestro contrato. Lo he leído.

Nuria se puso nerviosa sin saber qué decir.

—No te preocupes, que no voy a decirle nada —la tranquilizó Alonso—.

Sandra es peculiar. Te acostumbrarás a tratarla.

Tú tráeme la mantequilla. Será nuestro secreto.

Le diré que ese puré de alubias es maravilloso y así la tendremos contenta —le guiñó el ojo y se volvió a su despacho mordisqueando el bollo.

Nuria volvió de sus recuerdos. Ya había dejado preparado todo lo necesario para el desayuno del bufete, pero quedaba la mejor parte. Llevaba escondida la mantequilla como si fuera contrabando.

Miró si Sandra andaba cerca. No la vio. Tocó en la puerta de Alonso.

—¿Se puede?

Alonso asintió con la cabeza mientras no apartaba la mirada de la pantalla del ordenador. Nuria cerró la puerta y echó el pestillo.

—No vengo sólo por la mantequilla.

—Ya me lo imaginaba. Espera que acabe esto…, le doy a guardar y ya está. Ven.

Nuria se abalanzó sobre él y lo besó a bocajarro. Sorteó la mesa, los cables y con habilidad y precisión, se colocó a horcajadas sobre Alonso mirándolo frente a frente. Volvió a besarlo; esta vez, sus lenguas se entretuvieron durante más tiempo.

—Nuria, tenemos que hablar —consiguió balbucear Alonso todavía con los labios pegados a los de su amante.

—¿Ahora?

—Ahora, sí, ahora. No creo que debiéramos seguir haciendo esto. Te estás haciendo una idea equivocada.

—Soy mayorcita, chiqui —por fin, Nuria tomó distancia de los labios de Alonso para mirarlo a los ojos—, sé que estás casado. No soy tonta.

Sus manos ya estaban excavando en la bragueta de Alonso buscando el premio gordo. Bingo. Comenzó a masturbarlo.

—He practicado con los dilatadores.

—Lo digo en serio.

—Y yo también. Pero no lo discutamos aquí. Ven a casa. Te prepararé una cena.

Alonso puso cara de circunstancias pensando en la comida que Nuria solía preparar para el bufete.

—¡Prometo no hacer cosas raras!

—No, si reconozco que malo, malo, no está.

La comida de Nuria no era un tema excitante. Su pene flácido, a pesar de las caricias incisivas de su amante, daba fe de ello.

—Te sorprenderé —Nuria soltó una carcajada al ver la cara de Alonso— ¡En el buen sentido! ¡No me pongas esa cara! No te preocupes, que no te haré comer quinoa, aunque la preparo muy rica…

—Si me prometes que hablaremos en serio, acepto hasta comer quinoa de esa.

—Hablaremos.

Alonso se movió levemente bajo Nuria, pero ella le agarró del miembro con más fuerza.

—No te me vas a escapar.

Su iniciativa se vio truncada por dos contratiempos. Llevaba el uniforme puesto y bajarse los pantalones estando a horcajadas sobre la cadera de Alonso era algo prácticamente imposible. Y segundo, necesitaba los condones.

—¿Tienes condones? —preguntó a Alonso.

—No.

—Ya podrías haber comprado unos, siempre los traigo yo —Nuria cayó en la cuenta—, perdona, chiqui. Tengo los condones en el bolso. Creo que me los he dejado junto a la máquina expendedora. Ahora vuelvo.

Nuria se había montado su propia película con los preservativos.

Creyó que Alonso no los compraba a causa de Lore.

Efectivamente, a diferencia de ella, Lore no tenía problema de trombosis y utilizaba anticonceptivos.

«Si Lore le ve los condones, va a sospechar.

Mejor que no los compre él», había sido su razonamiento.

Lo cierto era que Alonso pecó por omisión dejando que Nuria creyera lo que quisiera.

Alonso no necesitaba preservativo con Lore ni con Nila —los análisis siempre eran correctos—, si Nuria se encargaba de ellos, un problema menos en el que pensar al día.

La pelirroja salió del despacho en busca de los profilácticos. Al lado de la máquina no había nada. ¿Dónde habría dejado el bolso? Entre focalizarse en el trabajo y distraerse con Alonso no parecía quedar mucho tiempo para estar pendiente del bolso.

—¿Buscas esto, niña? —Nuria dio un pequeño grito de susto cuando Sandra la abordó por sorpresa en el pasillo.

—Gracias, Sandra —Nuria lo agarró como un tesoro.

—Supongo que te vuelves al despacho de Alonso, ¿no?

Nuria no sabía dónde mirar de la vergüenza. Por lo visto, a Sandra no se le escapaba nada.

—Sí, yo…

—Pues dale esto —Sandra no dejó que iniciara la excusa—. Dile que en el informe de cargas de la SOCIMI aparece una segunda hipoteca no declarada en la última junta. Que decida él si lo metemos en el concurso o lo dejamos aparte. No puedo hablarlo con él ahora porque tengo un lanzamiento.

A Nuria aquello le pareció japonés. Tomó los papeles y se fue con ellos y su bolso caminando a pasitos cortos, pero rápidos, hacia el despacho de Alonso. Podía sentir los ojos de Sandra apuñalándole la espalda durante el trayecto.

—Ya estoy —por fin, se sintió segura en la guarida laboral de Alonso. Cerró tras de sí asegurándose varias veces de que el pestillo estuviera bien puesto.

—¿Te has topado con Sandra, verdad?

—¿Tanto se me nota?

—¿Te ha dicho algo?

—Algo de un concurso de sashimi, toma —Nuria le extendió los papeles.

—¿Qué? —Alonso sonrió al revisarlos—, vale, es el informe de cargas de la SOCIMI. Creo que Sandra me ha marcado por aquí lo de la segunda hipoteca. Hace unos puntitos tan pequeños que me cuesta verlos. Aquí están.

Nuria no quería desaprovechar el tiempo y ya se había bajado los pantalones del uniforme. Esta vez no iba a cometer el mismo error táctico. Alonso todavía seguía revisando el informe cuando su amante ya estaba de nuevo colocada a horcajadas sobre su cintura. Ahora en bragas y necesitada de acción.

—¿Te ha visto Sandra salir del despacho?

—Y entrar. Siempre me tiene controlada, sobre todo si estoy a tu vera.

—Ten cuidado con Sandra. No me ha comentado nada sobre ti y es raro en ella. Algo trama.

Nuria había sido confidente de Sandra. Pero este era un dato que no quería desvelarle a Alonso. Tampoco le dio mucha importancia a que Sandra les dejara retozar libremente en el trabajo.

—Si tan mal os cae a Teo y a ti, ¿por qué seguís con ella? —Nuria comenzó a moverse sobre las caderas de Alonso, al tiempo que sus manos exploraban la bragueta abierta del abogado, decididas a retomar la tarea pendiente.

—Ella aportó la mayor parte del capital para el despacho. Teo y yo, tras acabar la carrera, estábamos tiesos. Sandra trabajaba en una inmobiliaria y tenía el dinero que nos ayudó a empezar.

—Vaya, por lo que noto sigues todavía tieso.

Nuria sacó el pene de Alonso, que había alargado la mano para tomar el preservativo del bolso. Mientras besaba a Nuria lo consiguió abrir. Eran un equipo: ella le sostenía la verga mientras él desenrollaba el condón.

—Espera que voy a untarte el anestésico —Nuria rebuscó de nuevo en su bolso—, aquí está, este es el menos potente. He estado practicando, espera que me saque el dilatador.

—¿Lo llevas puesto ahora?

—Sí, claro. Espera que me lo saque —Alonso ayudó acomodándole las bragas hacia un lado—. Ya está y…, ¿dónde lo dejo?

Alonso señaló con la mirada una parte despejada de la mesa.

La pelirroja lo dejó allí para pasar a untarse ella misma el lubricante analgésico.

Por fin, estaban listos. Ella se elevó unos centímetros poniéndose de puntillas para luego acoplarse y reajustarse sobre las caderas de Alonso.

La polla ya estaba dentro de Nuria, o mejor dicho, Nuria sobre la polla de Alonso.

—¿Qué tal? —preguntó el abogado.

—Bien. Está chulo porque no me duele casi nada. Tampoco te siento muy bien dentro, es raro. Ya te lo dije la otra vez.

Otra vez se fundieron en un beso intenso. Alonso la había tomado de las caderas y comenzó a moverla. Su amante respondió acompañando sus movimientos a la vez que contraía y relajaba los músculos del suelo pélvico.

—He estado con los ejercicios de Kegel.

A Alonso aquello le daba igual. Le estaba gustando. Era un baile donde mutuamente se llevaban uno al otro. Alonso guiaba sus caderas, Nuria contraía y relajaba sus músculos al son de la cadencia. Sus bocas seguían engranadas.

—Como sigas así voy a correrme —dijo Alonso en una pausa para respirar.

—Pues córrete —Nuria se sintió orgullosa de sí misma. Sonreía de gozo, altiva y feliz. Por fin, follar no era un pequeño infierno. Aceleró buscando que Alonso acabara, pero las poderosas manos de su hombre le detuvieron en seco las caderas.

Mientras la mantenía retenida, Alonso se escupió en la yema de los dedos y rebuscó entre los pliegues de la vulva de Nuria.

Tuvo que apartar un poco más parte de las bragas.

Su polla había elevado un poco el clítoris, objeto de su búsqueda.

Comenzó a frotarlo; primero suavemente, pero luego con más y mejor cadencia.

—Muévete —ordenó.

Nuria obedeció con gusto retomando el ritmo.

Ahora, mientras cabalgaba a Alonso, él la masturbaba.

Le encantó. Debido al anestésico no sentía del todo la polla de Alonso en su interior, pero aquello sí que lo sentía.

Para la mujer siempre es más excitante sentir con la mente que con el interior de la vagina.

Y la mente de Nuria respondía al igual que su clítoris, y esto era más que suficiente para ella.

Estaba extasiada y aceleró buscando exprimir a Alonso, que movía la mano con soltura.

Estaban en una pequeña lucha a ver quién hacía correr al otro antes.