Capítulo 16 #2
—Mira, Lore —me dijo mientras arrancaba—, al final harás lo que te dé la gana, como siempre. Pero espero que no te masturbes en mi ausencia.
—No tengo por qué hacerte caso.
—Cierto. Precisamente por eso quiero que me lo hagas.
Rugió el motor y salió de allí dejándome en un estado catatónico.
Sorprendida de que pese a mi superficial queja, había decidido inmediatamente que cumpliría las órdenes de Alonso.
Y aunque habíamos discutido por Nuria, sabía que el problema era Nila.
Podía soportar, y disfrutar, ser dominada por Alonso.
Pero no estaba dispuesta a que esa puta me dominara a través de mi marido.
Había llegado el momento de prescindir de sus servicios.
¡Clin! Me entró un extraño mensaje al móvil.
«Tengo algo importante que decirte, ¿quedamos mañana?»
Si era importante para Sandra, seguramente sería malo para mí.
—o—
Eran las seis en punto de la mañana y el bufete estaba desierto. Teo se tomaba en su despacho un café junto al inspector de policía con el que había quedado extraoficialmente. Esperaban a Charo. No querían a nadie más en la oficina.
—Está bueno este café —comentó el inspector, más por rellenar el silencio que porque apreciara las virtudes organolépticas de aquel café de civeta.
—Vendrá, no te preocupes.
—No estoy preocupado, Teo. Por la cuenta que le conviene sé que vendrá. La ciudad está en una guerra por el poder y ella está en medio.
Sonó el móvil. Teo colgó. Sólo necesitaba un toque como señal.
—Ya está aquí. Voy a abrirle la puerta.
Charo no sabía cómo saludar a Teo. ¿Dos besos protocolarios? ¿Darle la mano pensando en la presencia formal del inspector? ¿Un beso de tornillo? Sin duda esto último le hubiera gustado. Pero se contentó con la mano.
—Buenos días, Teo.
—Buenos días.
—Este es el inspector del que te hablé.
Se saludaron cortésmente.
—Antes de que digas nada, Charo, quiero dejar algunas cosas claras —Teo se vio en la necesidad de hablar inmediatamente—.
En España no existe la figura de colaborador con la justicia.
En Italia hay algo parecido, pero no viene al caso.
Lo que estás haciendo es una confesión que tendrá efectos atenuantes en caso de que, presuntamente, hubieras cometido algún delito.
De todos modos, yo considero que es más una denuncia, porque en buena parte eres la víctima.
Así que no te preocupes tanto por las posibles consecuencias legales, por ahí estás cubierta conmigo.
—No me preocupan las consecuencias legales. Me preocupa esa gente, Teo. Ni te imaginas lo que son capaces de hacer.
—Charo, soy Roberto —se presentó el inspector—. Llevamos años investigando a los búlgaros y a los Cotrina. Tenemos mucho contra ellos, pero nos faltan flecos, como tener testigos directos que puedan declarar ante la justicia.
—Que puedan estar vivos, querrás decir —Charo estaba interesada en maximizar el peligro.
—No te preocupes por eso. Lo haremos de tal forma que no será peligroso para ti.
—Confía en él, Charo.
—No te confundas, Teo. Confiar confío. No me queda otra. Lo que necesito es algún tipo de garantía de que no me dejaréis en la estacada.
—Roberto no puede prometerte protección, Charo. Eso sólo podría hacerlo el juez instructor y, para serte sincero, no siempre ocurre.
—No puedo ofrecerte protección formal —corroboró Roberto—, pero sí informal. Tenemos formas de protegerte mientras convencemos al juez de que dicte algún tipo de protección sobre ti. Todo depende de lo que tengas para nosotros y lo que estés dispuesta a declarar. No voy a mentirte.
—¿Qué tienes realmente, Charo? —preguntó Teo, que no las tenía todas consigo. Como abogado sabía que el valor de un testigo vale tanto como su testimonio y la capacidad para mantenerlo delante de un juez.
—He visto cómo abusaban de las chicas búlgaras y cómo seguramente se la llevaban para matar a una de ellas.
—¿Lo has visto tú directamente? —preguntó el inspector.
—Sí.
—¿Has visto cómo mataban a alguien? —matizó Teo—. Has dicho «seguramente», como si no estuvieras segura. Es muy importante que hayas sido testigo presencial.
—De los abusos, sí. Y no una, sino varias veces. Pero de una chica, Vesela, vi cómo se la llevaban. Nunca más apareció por el club después de aquella noche.
—Lo de los abusos ya lo tenemos. Tenemos nuestras técnicas para conseguir que las chicas testifiquen sobre su explotación. Por ahí no nos aportas mucho si no eres testigo presencial de un asesinato u otro delito.
—Sé además cómo funciona el «tinglado».
—¿A qué te refieres? —preguntó el policía.
—Le llaman así al modo con el que trafican con armas.
—Esos son palabras mayores —remarcó Teo—. Continúa.
—Utilizan a las búlgaras para lo de las armas.
Las españolas realmente están ahí de distracción.
Estas putas viven muy bien porque casi todas vienen o de la competencia de alterne, antes de la llegada de Petko, o de cuando estaban los antiguos propietarios de «el Tormento».
Les sacan el dinero, eso sí, pero les dejan margen de libertad dentro de lo posible.
Las españolas al final tienen sus familias y contactos aquí, así que mejor sacarles sólo la pasta y dejarlas trabajar en paz.
—¿Y cuál es el papel de las chicas búlgaras? —preguntó Roberto.
—No es casualidad que las españolas trabajen casi todas de escorts en los hoteles y las búlgaras las tengan de la calle al Smolyan y del Smolyan a la calle.
Los clientes las recogen fuera, se las llevan al Smolyan, aparcan allí su coche que dejan sin cerrar.
Pagan dentro y en la oscuridad del aparcamiento alguien les pone las armas dentro del auto.
Cuando salen se meten en el coche y por lo que se ve, todos creen que sólo se han follado a las chicas.
—Llevamos meses detrás del tráfico de armas en la ciudad.
Sabemos que alguien las está moviendo, pero no tenemos constancia de si eran los búlgaros o los Cotrina, porque los pocos confidentes que tenemos delatan al grupo contrario, son imprecisos y no aportan ningún indicio o prueba de calidad salvo algún arma ilegal que hemos incautado y del que el criminal no ha dicho ni mu.
—¿Os vale esta información? —preguntó Charo.
—Pensábamos trincarlos sólo por la trata de seres humanos, abusos sexuales, pertenencia a crimen organizado y blanqueo de dinero. Siempre hay blanqueo de dinero. Pero lo de las armas es interesante porque con tu testimonio podemos darles un buen palo. Pero no sé si todo eso nos servirá.
Charo se rio.
—¿Qué pasa? —se preocupó Teo.
—Que siempre minusvaloráis a la mujer. Os fijáis en las tetas y el culo, y así siempre os engañan.
Roberto y Teo no sabían muy bien qué contestar. Charo se ajustó el sujetador y entre sus tetas sacó un objeto metálico. Era una grabadora portátil.
—Aquí tenéis doscientas setenta y cuatro horas, las he contado, de conversación entre Petko y sus secuaces, así como de todo quisqui con quién me acercaba en el Smolyan. Yo estaba presente siempre. ¿No me explicaste, Teo, que podía grabar una conversación si yo participaba o estaba presente?
—Era en otro contexto, y no es lo mismo participar que estar presente. Lo mismo no nos vale todo lo que has estado grabando.
Roberto y Teo ahora estaban expectantes.
—¿Y cómo coño te han dejado entrar con eso? Esos búlgaros no son gilipollas. Son muy profesionales —el inspector no las tenía todas consigo.
—Alma de cántaro. ¡Qué ingenuos sois los hombres! Esos búlgaros, no es que se hayan olvidado de inspeccionarme, es que ni se atreven a rozar el cuerpo de la tipa que le chupa la polla todos los días a su jefe. ¿Me conseguirás esa protección?
—¿Qué hay exactamente en la grabadora? —necesitó preguntar Teo.
Charo la puso en marcha pasando a los trozos más jugosos. Confesiones de delitos, testimonio de los mecanismos concretos con lo que blanqueaban, esbozos sueltos del mecanismo legal con el que encubrían las actividades ilegales, conexiones de los búlgaros con otros grupos criminales, etc.
—No todo podrá ser utilizado en un juzgado —explicó Teo.
—Cierto, pero es información que sabremos utilizar —el inspector calibraba las consecuencias de lo que acababa de escuchar—. Charo, les vamos a dar bien.
«Conmigo no se juega», se repetía a sí misma.
No era para menos. Aquello era un torpedo contra los búlgaros.
No sólo sería la causante de poner en aprieto a los Cotrina, a través de la información de su difunto marido sobre el blanqueo de capitales y la trama inmobiliaria en la que estaba metido.
También dinamitaría a aquellos criminales extranjeros.
El miedo que decía sentir no era fingido, pero el orgullo lo disimulaba.
—o—
Entre los mejores momentos del día, Nuria siempre contaba acudir al despacho de Alonso.
Ya lo consideraba «su Alonso». Mientras aquella mañana reponía el catering del desayuno, recordaba la primera vez que lo vio.
Había sido Sandra quien la contrató para el servicio al bufete, por lo que nunca vio a Alonso exactamente ni como a un jefe ni como a un cliente.
Se enamoró de él la primera vez que se le acercó.
—¿No tienes mantequilla? Es imposible comerse esta cosa sin ponerle un poco de sustancia —se refería a una especie de ente a medio camino entre el pan y el bizcocho—. Con sal o sin sal, me da igual.
—Lo siento, la señora Loriega —todavía no tenía la confianza como para referirse a ella como Sandra—, especificó claramente que no quería grasas untables.
—Ya bueno, Sandra especifica muchas cosas.
—Puede untarle esto. Es puré de judías blancas. Lo preparo yo misma, lleva limón, ajito, comino, pimentón dulce y pimienta negra. Está bueno.
Alonso se contuvo las ganas de reír. Aquella pasta no tenía pinta de ser digna sustituta de la mantequilla. Nuria se dio cuenta y se ruborizó ante Alonso. Le pareció, en aquel momento, el hombre más guapo del mundo.
—Si quiere podría consultarlo con la señora Loriega y traerle mantequilla sólo para usted.