La Cornuda Fiel Capítulo 16
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Capítulo 16

Capítulo

«Fóllate a todas las perras que quieras (…) si luego acabas follándome así de bien»

Cuando desperté Alonso no estaba junto a mí aunque sí las huellas del paso de su virilidad por mi trasero.

Un picor raro habitaba en mi recto, parecido a esas veces en las que haces una caca enorme y se te queda el esfínter irritado.

No era exactamente dolor. Tampoco placer.

Sólo el recuerdo de que mi ano había pasado ya a la edad adulta.

Me asusté los escasos segundos que tardé en escuchar a mi marido trastear en la cocina.

Últimamente nuestro ciclo de sueño no parecía coordinarse entre sí.

Ni me calcé las zapatillas. Fui directamente a la cocina como una niña que temiese que su padre se hubiese ido a trabajar sin darle el beso.

—Buenos días, cari —me abalancé sobre él para abrazarlo fuerte.

—Buenos días —levantó las manos en las que llevaba el café y el plato con las tostadas—. ¡Cuidado que quema!

—No me importa quemarme.

—Pero a mí sí que te quemes.

Me encantó su respuesta.

—Te quiero mucho —me salió casi del alma.

—Yo también, yo también. Espera que deje esto en la mesa —soltó el plato y la taza. La mitad del café se derramó, pero no hizo drama. Ahora, con las manos libres volvió a abrazarme y me lanzó la pregunta.

—¿Qué te pasa?

—No me pasa… bueno, me pasa.

—¿Te gustó, o no te gustó lo de ayer? —insistió.

La sesión con Nila fue espectacular, cierto. Había generado en mí ciertas certezas que me inquietaban y a su vez, levantado dudas que me atormentaban.

—Me encantó —afirmé en seco—. ¿Queda más café?

—Sí, en la máquina.

Busqué mi jarra en la mesa y la extendí como una niña buena para que me la llenara. En vez de servirme a mí primero, se sirvió él.

—La verdad es que nunca pensé que llegaríamos tan lejos —dije—. Tengo mucha imaginación pero, joder, estas cosas que hacemos casi las igualan.

—Me alegra que disfrutes.

—Como si tú no disfrutaras… —nos reímos de mi ocurrencia.

—Sí, ya sé, yo también disfruto.

—Peroooo… —su mirada lo delataba. Quería decirme algo.

—¿Pero qué?

—Algo quieres decirme, ¿no?

—Nuria —su nombre en seco me dejó un poco traspuesta. Yo hubiera jurado que tendría que ver con Nila.

—¿Qué pasa con ella?

—Pues que me come la cabeza.

—Se suponía que era la polla lo que te tenía que comer —esta vez me reí yo sola como una estúpida. Mis bromas estaban empezando a bajar de calidad. No le hizo gracia.

—Ya te lo dije. Nila es de pago. Pero Nuria no se merece que juguemos con ella. Creo que debo cortar con ella.

—¿Vamos a tener que seguir discutiendo esto? —tras mi pregunta Alonso hizo un ademán raro con los brazos que no sé muy bien qué coño significaba—. No voy a hacer el papel de esposa despechada, pero te recuerdo, cari, que esa chica no es precisamente «inocente».

Remarqué muy mucho lo de «inocente» para que no quedara ninguna duda. Para mí era importante.

—La hemos manipulado —soltó como si nada.

—Ni manipulación ni hostias en vinagre. Sabe que estás casado y no duda en acostarse contigo. No la culpo por querer polla, pero podría buscarse otra que no estuviera pegada al marido de alguien.

—Sabías que yo le gustaba.

—Vamos a ver, vamos a ver, que a veces pareces tonto.

Upss. Alonso me miró serio y se me heló la sangre. Nunca había sentido eso. Inmediatamente supe que la había cagado. Apenas unas horas antes, había prometido dejar que mi marido creciera. Someterme más a él y dejarlo ser el macho de la casa. La había cagado.

—Lo siento —agaché la cabeza.

Alonso me tomó de la cintura y me dio la vuelta colocándome de espalda.

«Por favor, por favor, diosito, que no me dé por culo de nuevo».

Me bajó el short del pijama dejando al aire mi trasero.

Hice el intento de voltear mi cuello buscando ver qué me hacía.

Sus grandes manos me lo impidieron colocando mi torso y mi rostro de nuevo hacia el frente.

Quería tenerme de espaldas e impedía con su fuerza que me girase.

No dijo nada, sólo pasaba sus grandes manos por mis glúteos y ¡plash!

azote en el trasero. Respiré aliviada. Esto podría soportarlo, pero no quería que se acostumbrase a darme por culo.

¡Plash! ¡Plash! Repitió en cadena. Lo cierto es que no me dolía.

No lo hacía con fuerza. Me gustaba la sensación.

—Buena chica. Te has disculpado pronto. Pero aun así Nila insiste en que no debo dejarte pasar ninguna.

Nila por aquí. Nila por allá. ¿Demasiada Nila, no os parece?

—Nuria sabía que estabas casado y aun así fue a buscarte al Strada —argumenté tranquila, pero con la respiración entrecortada por la excitación. No podía verle la cara—. No es del todo inocente. Quiere tu rabo para ella sola. Se le nota mucho.

—Lo sé. Por eso mismo tontearé con ella. Pero no debemos hacerle daño. ¿Entendido?

Asentí con la cabeza. Seguía dándole la espalda.

Parecía que le estaba dando la razón al muñequito de Hello Kitty que tenía colocado en la repisa junto al Nesquik.

Oí algo a mis espaldas que no sabía si iba a gustarme.

Se estaba bajando los calzoncillos. Sonidos de goma y telas moviéndose.

Sentí de inmediato otra palmada en los glúteos.

Esta vez más fuerte. Podía soportarlo. Me seguía gustando.

Su mano separó mis nalgas y se adentró buscando algo.

Me encomendé a todos los santos. «Por favor, mantened mi ojete cerrado.

Como Alonso le coja gusto a darme por culo, mi trasero acabará como el ensanche».

Respiré aliviada cuando sus dos dedos entraron en mi vagina.

No estaba especialmente lubricada. Tampoco sequerona.

No sé. Era un estado raro. Sus dos dedos rotaron dentro de mí.

Dudé. No sabía si apretar mi vagina y atraparlos o relajarme y dejarles jugar libremente.

Poco me duró la duda, porque los sacó y en su lugar entró su polla.

Sentí su cuerpo entero pegándose en mi espalda mientras me follaba con contundencia.

Se le notaban las ganas y a estas alturas ya estaba lubricando para él.

Me abrazó estrujándome las tetas al tiempo que sus embestidas eran cada vez más rápidas.

Podía sentir su excitación en mi nuca; lo cual me excitó inmediatamente.

Me encantaba haber provocado esto en Alonso.

Joder. Me gustaba mucho tenerlo así. Necesité tiempo para concentrarme en las sensaciones.

Amasó mis tetas, que fácilmente había recubierto con sus grandes manos.

Me encantó la sensación de pertenencia, mientras proseguía empotrándome salvajemente.

Me puse de puntillas sobre el frío suelo para que mejorase su ángulo de ataque.

«Qué bien follas, cabrón». Entraba y salía a su gusto a ritmo irregular.

Notaba su aliento en la nuca. Sus jadeos acompasados con la follada y entrecortados con grititos de placer.

En ese momento supe que estaba dispuesta a todo por Alonso.

«Fóllate a todas las perras que quieras —asentí mentalmente— si luego acabas follándome así de bien».

Me apretó los senos con más fuerza. Comencé a gemir sin sentido.

No me salieron las palabras mientras entraba su polla, pero me hubiera gustado declarar allí mismo mi adoración por su rabo.

Gracias por tenerte entre mis piernas. Estaba ya lo suficientemente excitada, lubricada y a tono como para buscar a mi amigo clítoris con los dedos.

Quise frotar mi lámpara mágica para que saliera el genio. Alonso me retuvo.

—No.

Rotundo y contundente. Apartó mi mano de la entrepierna mientras continuaba follándome con rapidez.

Oprimió ahora mis pechos apretándolos con tanto vigor que comenzaron a dolerme.

Me gustó, pero me tenía aprisionada entre sus brazos de tal modo que no podía mover los míos mientras me ensartó sin miramientos.

Nunca lo había sentido así. De esa forma.

Habíamos echado polvos fuertes, pero esto era otra cosa.

No sabía qué era. Pero aquello me gustaba y quería sentirlo.

Dejarme hacer. Incrementó la furia de sus envites mientras se pegó todavía más a mi pecho, de tal modo que ahora su piel tocaba continuamente mi espalda.

Quería que Alonso acariciara mi botón mágico para que saliera el premio de mi orgasmo.

—Tócame, por favor. Tócame.

Supliqué. Y al suplicar, una de las manos que estrujaba mis senos se deslizó por mi vientre a la entrepierna.

«¡Alabado seas, cariño! Mi Señor ha escuchado mi plegaria».

Con tanto movimiento frenético, mi macho no alcanzaba a atinar muy bien dónde estaba mi interruptor.

Exploró entre mis pliegues. Tras unos tanteos periféricos manoseando mi vulva y labios, acabó por encontrarlo.

Lo frotó. Me quise morir del tremendo gusto que comenzó a brotar de mi entrepierna.

Iba a correrme. Se intensificaba el placer y notaba cómo se insinuaban las contracciones.

Y en ese momento, todo se detuvo: sus pollazos, sus jadeos, sus grititos de placer.

Se separó de mí y me quedé de puntillas sin saber qué hacer, ni qué decir.

Bajé mi mano. No estaba dispuesta a quedarme así.

—¡Quieta! ¡No te toques!

Me volteé para mirarlo a la cara. Alonso lucía impasible, pero aun así no dejaba de dibujársele cierta sonrisa de pícara maldad.

—¿En serio? —pregunté lacónica.

—Será un pequeño castigo. No te toques hasta nueva orden.

Ya había escondido su pollón, reacondicionado los pantalones y recobrado la compostura. Tomó sus cosas y se dispuso a salir para el trabajo.

—¡¡Eh!! ¡Sabes que puedo restregarme en cuanto te vayas! —le seguí por el pasillo.

—Lo sé. Pero no lo harás.

—En serio. Me voy a frotar tanto que voy a pulirme el coño. La próxima vez que me lo comas vas a poder verte reflejado en él. Ahora sí le salió una tremenda carcajada mientras se metía en el automóvil.