Capítulo 15 #5
¡Plashh! Ahora el azote fue más contundente.
Tuvo más eco. Noté cómo la onda se transmitía desde mis glúteos hasta la nuca.
Era una sensación nueva. Agradable y picante a la vez.
Literalmente, picante. Me picaba el culo.
¡Zas!, ¡Zas!, ¡Zas! Ahora se repetían en una cadencia precisa.
Más rítmica. Alonso se embaló. El picor se transformó en un dolor caliente.
Mi vientre se volvió a encoger mientras me invadían un montón de sensaciones contradictorias de placer, humillación, gozo y temor.
Se elevó mi excitación sexual. Sentía cada estímulo de un modo erótico.
Nila se debió dar cuenta, porque me acarició uno de mis pezones.
Cerré los ojos para reducir mis estímulos y concentrarme en las sensaciones.
Lo estaba disfrutando. Me gustó. Volví a lanzar en voz alta un «gracias» que ahora nadie me ha pedido.
¡Zas!, ¡Zas!, ¡Zas! La palma abierta de Alonso era una metralleta en mi trasero.
Me sentía como una niña mala. Como si, por fin, recibiera el castigo que debieran haberme dado hace mucho tiempo.
Nila pasó de mis pezones a mi vientre. Lo recorrió con su mano hasta posar sus dedos en mi entrepierna.
Recordad que estaba a cuatro patas. Me encorvé levantando el trasero cuando sus dedos comenzaron a circunvalar mi clítoris.
Debía estar muy mojada, aunque a decir verdad, mis sensaciones estaban dispersas y no conseguía distinguir desde dónde me venía el placer, si del trasero, la entrepierna o cada centímetro de piel que tenía desnudo ante Nila y Alonso.
Él continuaba implacable con los azotes.
Sin prisa, pero sin pausa, uno se sucedía a otro.
Nila comenzó a masturbarme al tiempo que me susurraba al oído «déjate llevar».
Y me dejé llevar. Vaya que si me dejé llevar.
Entre zurra y zurra de Alonso los dedos de ella me estimulaban cómo sólo una mujer sabía hacerlo.
Joder, me encantó. Fue como un escalofrío caliente.
Como un orgasmo, pero de todo el cuerpo, desde la punta de los dedos de mis pies hasta la nariz.
Todo me tembló. Ya no sentía frío a mi alrededor.
Sólo un tremendo calor y el sonido de los azotes.
Lo cierto es que no me dolía tanto como pensaba que iba a dolerme.
Y eso que Alonso fue aumentando la intensidad a medida que iba entrando en situación.
No podía verlo pero lo sentía de un modo especial.
Me sentía conectada a él como nunca lo hubiera estado.
¡Zas!, ¡Plas! Nila aumentó su masaje en mis partes íntimas; se aceleró el ritmo de mi respiración.
Solté sonidos guturales sin mucho sentido manteniendo mis ojos cerrados.
Quería saborear cada una de las sensaciones. ¡Zas!
—¡Más fuerte! —alcancé a pedir entre azote y azote.
Los dedos de Nila efectuaron algo que no puedo describir.
Manipuló mi botón de placer de un modo que me pareció maravilloso, aunque no podría definirlo, porque sólo lo sentí y no lo pude verlo.
Unos movimientos más al compás de los azotes y percibí cómo el orgasmo se confundía con el calor de los azotes y las vibraciones de los trallazos de Alonso se mezclaban con los estertores de mi entrepierna.
Me estaba corriendo. Perdí mis fuerzas y encogí los codos pegando mi cara a la mesa.
Resoplé durante un tiempo, aquellas ondas de placer no parecían terminar.
Desde que comencé mi aventura cornuda con Alonso ya no me valían los orgasmos simples y normales; necesitaba todo el embalaje erótico que lo rodeaba.
Necesitaba esto. Rebufé y gemí mientras los azotes continuaban. ¡Zas!, ¡Zas!, ¡Zas!
Nila abandonó mi entrepierna. Se levantó y fue a buscar algo. Escuché que estaba abriendo su bolso.
—No te muevas. Quédate así. No levantes la cabeza ni la despegues de la mesa.
Así que allí estaba, encorvada con el culo en pompa y la cabeza pegada a la mesa todavía resintiendo los estertores del orgasmo y con el pompis caliente por la zurra que Alonso me había regalado. De pronto, algo fresquito cayó en mi trasero. Alguna pomada o algo parecido. Nila lo fue extendiendo.
—Tranquilízate, cornuda.
Estaba tranquila. No supe a qué había venido aquello.
Me gustó la sensación. Mi trasero seguía caliente, la picazón permanecía, y me gustaba el contraste del calor de mi carne con el frío de aquella crema, pomada o lo que fuese.
Y lo que fuera podría ser lubricante, porque me percaté nítidamente de cómo su dedo se introducía poquito a poco en mi recto.
Los azotes habían insensibilizado la zona, pero lo estaba sintiendo claramente.
Lo desplazó dentro de mi culo embadurnado con aquel ungüento.
Ni me gustaba ni me disgustaba. La verdad era que no sentía gran cosa.
Tras un rato de trabajo anal, a dicho dedo le acompañó otro.
Fui plenamente consciente de hacia donde se encaminaba aquella situación y no supe si me aterraba o me gustaba.
Desde luego, sabía que no quería parar. Nila supo lo que se hacía.
En todo momento fue consciente del control que estaba ejerciendo y sentenció tajante.
—Ya te tragaste la esencia de su marido, cornuda. Pero no te has entregado totalmente a él. Te sigues reservando como una mojigata. Alonso va a darte por el culo, si es lo que quieres.
No sabía exactamente si lo quería. Lo que sí necesitaba desde todas y cada una de las partes de mi ser era continuar con aquellas sensaciones que estaba viviendo.
—Más —dije resoplando. Permanecía en éxtasis y necesitaba continuar.
Oí los pasos decididos de Alonso, que se acercaron a mí.
Los dedos de Nila salieron, pero mi agujero no permaneció cerrado por mucho tiempo.
Un nuevo trozo de carne los sustituyó. Era la polla de mi marido que se abría camino entre mis entrañas descubriendo una nueva zona para ella.
Cartografiando un nuevo continente de su mujer hasta ahora desconocido.
Sentí un dolor extraño y raro. No era insoportable, pero tampoco era como cuando te follan vaginalmente.
Es cautivadoramente gratificante: lo suficientemente doloroso como para sentirte humillada, lo suficientemente placentero como para no disgustarme.
Al menos al principio. Alonso soltó un claro y contundente «Ohhh, síí, ¡coño, qué bueno!
». No era precisamente el coño lo que se estaba follando.
Era mi culo virgen que decía adiós a su castidad para acogerlo.
El aumento del ritmo y la fricción no disminuyó el dolor.
Al revés. Aumentó. Nada que no pudiera soportar después de los azotes.
Siempre me había imaginado que después de un rato el dolor, el enculamiento se transformaría mágicamente en un placer extremo.
La cosa no fue así. Sentí que su cipote me destrozaba el culo por todas sus partes.
Por fortuna, Alonso estaba muy excitado.
Continuábamos espiritualmente conectados y noté perfectamente cómo sus bramidos cambiaron de tonalidad.
Estaba a puntito de correrse. Aceleró y sentí punzadas.
Aceleró más, gritó fuerte al tiempo que su caldo espeso se depositaba en mis entrañas.
Casi se desmayó tras los estertores. Cayó sobre mi espalda y su peso hizo que se desequilibrara el centro de gravedad.
Los dos acabamos por el suelo mientras la mesa hacía un ruido terrible.
Alonso me abrazó mientras se reía. Yo, tumbada en el suelo, vi los zapatos de Nila alejarse.
Abrió la puerta y salió de nuestra casa dejándonos allí tirados.
¿Qué coño había pasado? No podía expresarlo con palabras, pero por extraño que parezca, en mi interior supe que era lo que deseaba que pasara.