Capítulo 15 #4
Tenía que obedecer. Quería obedecer. Pero no sabía si podría hacerlo.
Cerré los ojos y respiré buscando en el interior de mi alma.
Debía encontrar lo que deseaba aquí y ahora, o iba a volverme loca.
Alonso continuaba amasando mis glúteos y estrujándolos cada vez con más contundencia.
De pronto, paró y ahora los acariciaba con dulzura.
—Eres hermosa, Lore —me susurró. Es raro en él este tipo de comentarios.
—Patético —¿A quién se dirige esta afirmación de Nila?
¿A Alonso? ¿A mí? ¿A la situación?—. Así sólo vas a conseguir perder a tu mujer.
Tienes que domarla, Alonso. Tienes que hacerla tuya.
Si no, va a ser una malcriada toda su vida y va a amargarte la tuya.
Un día quiere que me folles, otro que te tires a la Nuria esa, hoy duda, mañana te pedirá otra tontería y al final acabará echándote la culpa por sentirse culpable. Debes hacerla tuya ¡ya!
—Ya lo es. Ella es mía y yo soy suyo.
—Ah, no, Alonso. Estás muy equivocado. Ella es tuya pero tú no debes ser suyo; eres de todas. Es lo que ella quiere. No te quiere sólo para ella, ¿verdad? Es de buena educación compartir la comida, ¿verdad, cornuda?
Ya estaba acostumbrándome cada vez más a lo de cornuda. Qué remedio. Pasé por todas las fases del duelo y estaba asumiendo mi nuevo título nobiliario ante Nila: Gran Duquesa Cornuda de España con distinción especial de Pajillera Consorte.
—Verdad —tuve que admitir.
—Pues, cornudita, dilo ahora o sufre para siempre.
Inspiré profundamente. En mi estómago habitaba exactamente la misma sensación que el día en que le confesé a Alonso que quería que me pusiera los cuernos.
—Hazme tuya de verdad. Azótame, Alonso. Exprésate en mi cuerpo, por favor.
No sé el motivo por el que dije esta última frase.
Me salió sin pensar. Brotó sola de mi propio ser.
De algún lugar inconsciente de mi alma salió aquella idea que hoy me fascina: que mi cuerpo sea la expresión de la voluntad de mi marido.
Por extraño que pareciera, aquello resonaba en mi interior como una liberación más que como una sumisión.
Para mí, las bromas, el humor, siempre han sido un modo de poner una barrera entre mi interior y el mundo.
No me tomo la realidad en serio. Necesito una toma de tierra, un contacto con el sufrimiento real.
Alonso debía dármelo. Quería que me conectara, de un modo perverso y erótico a la vez, al mundo real en el que me parecía que nunca había vivido.
Mi marido ahora se me acercó. Se agachó y casi rozó mi rostro con el suyo. Él también es hermoso. Incrustó su mirada en la mía.
—Ya eres mía, Loreto. No nos hace falta esto.
Comencé a llorar levemente. Podía notar que Nila estaba sorprendida por el giro de los acontecimientos. Pero su pose seguía marcial.
—Cada vez que busco que me pongas los cuernos te estoy poniendo a prueba —comencé a explicarle desde aquella posición.
A cuatro patas y desnuda no sentía sumisión sino, raro en mí, humildad ante la verdad que se me imponía.
Mi marido me miró a los ojos y yo correspondí—.
Soy yo, Alonso, la que te incita, la que lo prepara todo.
No los siento como verdaderos cuernos. En mi interior sé que dependen de mí.
Por eso dudo. Necesito ser tuya, Alonso.
Quiero dejar este sufrimiento. Quiero que lo cargues tú.
Sé tú quien me guíe porque yo no puedo, Alonso, no puedo…
Mis lágrimas eran verdaderas. Mi marido me besó en la boca y antes de separarse de mí, me mordió sutil y elegantemente el labio inferior.
El wifi de mi alma ahora ya se había desconectado de Nila y pasó a conectarse a Alonso.
En aquel beso, en aquel leve gesto de morderme la boca, sentí como si me ensamblara de nuevo con él.
Se me encogió el estómago y sentí mariposas porque vi en sus labios que iba a hacer lo que quería exactamente que me hiciera.
«Adelante, estoy preparada», pensé. No tuve que verbalizarlo.
Mi marido lo supo instantáneamente. Lo vio en mí y lo confirmó con la mirada.
De pronto, lo perdí de vista porque se había colocado detrás de mí y volví a sentir las caricias de sus manos en mi trasero.
Se tomó su tiempo acariciándolo con suavidad, hasta que un sonido seco retumbó en el salón.
Zas. El primer azote de Alonso con su mano totalmente abierta.
Automáticamente, el estómago se me volvió a encoger y una sensación de excitación me invadió.
¿Qué coño era esto que estaba sintiendo?
Me gustaba. Joder. Me gustaba mucho. ¡Zas! Otro azote, esta vez más fuerte.
—¿Qué se dice, cornudita? —me increpó Nila.
—Gracias.