Capítulo 15 #3
Terminé el café. Nos dedicamos palabras de cortesía y volví a mi coche. El barullo de gente en torno a la policía no afectaba a mi vehículo. A la pasma ahora se le sumaba una ambulancia que cortaba la calle pero no en la dirección que me interesaba para poder volver a casa. Bien.
—¿Qué ha pasado? —pregunté a uno de los curiosos que venían directamente de la aglomeración tras ser echado de ahí por la policía.
—Le han disparado a Ciro Cotrina. Creo que se lo han cargado.
No era algo que me interesara. Una vez en el automóvil, mi mente, relajada durante la azotaina, se reinició y comenzó a funcionar ahora a toda máquina volviendo al monotema que la había estado ocupando todos estos días.
Repasé todos y cada uno de los momentos con Nila y los encuentros furtivos con Nuria.
Tal vez fuese verdad que estaba cumpliendo mi sueño, pero no se me escapaba que los sueños pueden transformarse fácilmente en pesadillas.
—o—
Nada más bajarme del coche, en el aparcamiento de mi casa, noté el inconfundible aroma de Nila.
Nuestro cerebro de reptil capta primero los aromas y este me era inconfundible.
Lo tenía incrustado en lo más profundo de mi ser.
Entorné la puerta y escuché carcajadas en medio de una conversación.
En el salón estaban Nila y Alonso tomándose el café.
—¿No ibas a estar ocupada? —ni saludé. Fui a bocajarro.
—Sí, mi hermana no podía llevarme el niño al deporte. He tenido que llevarlo yo, pero ella se encargará de recogerlo. ¿Qué tal ha ido todo?
—Se me da bien. Lo mismo debería cambiar de trabajo. Oye, de verdad, ¿qué coño haces aquí?
—Vaya, no pensaba que te iba a sentar tan mal encontrarme aquí charlando. Lo mismo te hubiera gustado sorprendernos a los dos retozando en tu camita.
Alonso no participaba en la conversación. Sólo miraba esbozando una pícara sonrisa. Parecía que le gustaba que nos peleáramos.
—No es eso —admití.
—¿Entonces qué es, Lore? Dínoslo.
Nila se puso de pie. Llevaba un pantalón-falda muy bonito a juego con un top beige.
Esta vez los tacones eran cómodos. Nada de taconazos.
Miré a Alonso y me pareció radiante. Le gustaba vernos allí encaradas.
Lo supe por la posición de su mentón y sus ojos.
No podía dejar de estar enamorada de Alonso.
No podía dejar de estar fascinada por Nila.
No soy lesbiana, pero Alonso actuaba como antena amplificadora: era como si el deseo de Alonso al mirarla a ella se comunicara a mis entrañas.
—Tengo celos de ti y de Nuria —logré verbalizar mirando fijamente a Nila. Alonso cambió su expresión. Ahora estaba preocupado.
—Hemos ido demasiado lejos, tal vez debamos parar… —dijo Alonso dirigiéndose para darme un abrazo.
—No te enteras de nada, Alonso.
Nila ni se inmutaba. Alonso se volvió para mirarla.
—¿Qué?
—Pues que a tu mujer le va ese rollo de la esposa cornuda sufriente. He tratado con cornudos, y es igual a ellos. El mismo drama y las mismas lágrimas. Un poco más rebelde y más malhablada, pero en el fondo quiere ese sufrimiento.
—No quiero una mierda —aclaré.
—Muy bien. Voy a hacerte una pregunta, sólo una, Lore. Y quiero que seas sincera.
—Escupe.
—¿Cuántas veces habéis hecho el amor de modo normal desde que empezasteis este rollo?
Ni Alonso ni yo contestamos. Él me seguía abrazando.
—Si Alonso no me ha mentido, comenzaste esto porque vuestra vida sexual era una mierda.
—No lo diría así —en esos momentos no sabía qué pensar—. Bueno vale, lo diría así, pero…
—¿Pero qué?
Le di un beso a Alonso en la boca e introduje mi lengua todo lo que pude.
Quería llegar con ella a su estómago y continuar hasta indagando hasta la próstata.
Lo necesitaba. Lo necesitaba a él, pero ya no me valía de cualquier forma.
No me veía abierta de piernas esperándolo para que me montase en un vulgar misionero.
Sabía que eso ya no me valía. Quizás nunca me ha valido y sólo fingía ser una esposa normal cuando lo que quería era otra cosa.
No sabía lo que era. ¿Cuernos? ¿Acaso sumisión?
Nos faltaba el aire, pero continuamos besándonos.
Por fin, Alonso se separó de mis labios y pudimos respirar.
—Te amo, Lore. ¿Lo sabes, no? No te lo digo lo suficiente, pero te amo. No suframos más por esta mierda. Dejémoslo.
Me miró fijamente. Yo lo miré a él, aunque no pude desplazar el foco de atención de sus ojos a los ojos de Nila, que nos contemplaba desde lejos toda seria y estirada como una estricta profesora.
—No quiero dejarlo, Alonso. Pero no sé cómo continuar.
Nila se me acercó. Se pegó a mí y arrimó su rostro. Su nariz casi tocó la mía. Sus penetrantes ojos me estaban trepanando el alma.
—Sé exactamente lo que te pasa. Y puedo curar esa tontería aquí, y en este momento. Pero sólo si me lo pides.
—¿Que te pida qué?
—Ya lo sabes.
—Haz lo que debas hacer para quitarme esta mierda de la cabeza. No soporto estos celos.
—No son celos.
—¿Y qué coño son entonces?
—Inseguridades. No te has entregado totalmente a Alonso y por eso no puedes entregarlo totalmente.
Aunque te pone caliente vernos follando, sigues queriendo retenerlo.
Quieres ser cornuda, pero quieres que te sea fiel.
Eso no es posible, Lore. No es el camino.
La fiel debes ser tú. Y le eres infiel cuando lo limitas, cuando haces comentarios con segundas intenciones, cuando bromeas de las cosas serias para él…
Me sonaba a psicoanálisis barato. Pero resultaba extrañamente convincente.
—No le hagas caso, Lore —medió Alonso—, sólo tú sabes lo que quieres. Esto de Nila no te define. Será mejor dejarlo, creo que ya es suficiente…
Ignoré a Alonso y pregunté directamente a Nila.
—¿Y qué propones?
—Desnúdate.
A quemarropa. No lo endulzó. Lo ordenó como sólo una dómina podía hacerlo. Tenía tal convicción en su rostro y sus palabras que hasta Alonso, que iba a colocarse entre nosotras, se quedó paralizado.
—Desnúdate —recalcó.
Y al recalcarlo por segunda vez, no hizo falta una tercera.
Me quité mis zapatillas deportivas sin agacharme, forzándolas con la punta del pie contrario.
Y tras los zapatos fueron al suelo mis pantalones, mi camisa, mi camiseta y sin solución de continuidad ni duda, mi ropa interior les acompañó en la caída.
Sentí que la frialdad del salón me envolvía.
—Ponte en la mesa.
La mesa era en realidad la mesilla del salón. Una mesa de patas cortas sobre la que me puse a cuatro, estilo perrito. Nila no me había dicho en qué posición, pero parecía que ella y yo compartíamos el mismo wifi mental.
—Ven, Alonso —le dijo con más dulzura que con la que se dirigía a mí.
No escuché moverse a Alonso.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó él.
—Qué vas a hacer tú, mejor dicho.
—No pienso hacer nada. Lore, no tienes que hacer nada. Esto no lo he hablado con Nila. Se suponía que ibas a venir, Nila, a que charláramos los tres juntos. No era esto…
—¿Es que no estamos hablando, semental? ¿Sabes lo que ha hecho hoy tu mujercita, no?
—Ya me lo has contado, Nila. Corta el teatro.
Pero Nila seguía inmutable la hija de puta. Dura como mármol de Carrara. Alonso estaba dudando y ella no se amilanó para controlar la situación.
—Que te lo diga ella. Cuéntale cornuda lo que has hecho esta tarde, para que tu maridito lo sepa de primera mano.
Estaba de espaldas a Alonso dándole el culo. No lo vería, pero podía sentir que todavía no se movía.
—Esta tarde le he azotado el trasero a un tipo hasta que se ha corrido de gusto.
—¿Y tú te corriste, cornuda?
—No.
—¿Te hubiera gustado ser tú la que se hubiera corrido, eh, Lore?
Silencio. No supe qué contestar. Bueno, miento. Sí que lo supe, pero me daba miedo verbalizarlo.
—Lore, deja ya esto. Vamos a cortar.
Ahora sí que escuché acercarse a Alonso hasta que se detuvo cerca mío. Nila se había movido. Tenía que haber estado reteniéndolo todo este tiempo.
—Alonso, si de verdad ella quiere parar que diga ahora la palabra de seguridad. Si no, sé un hombre y haz lo que debes hacer con ella.
No dije nada. Ni quería ni podía articular sonido. Lo que deseaba era que ocurriera algo. Cualquier cosa. Y entonces una mano resonó en mi trasero. ¡Plas! No me dolió. Era pequeña. Se podría decir que había sido una caricia contundente. Era la mano de Nila.
—Ves, Alonso. No es tan difícil.
—Jamás le he puesto la mano encima a mi mujer.
—Y no se la vas a poner encima. Se la vas a poner en el culo.
¡Zas! Otra vez Nila me atizó una palmada seca en el trasero.
Esta vez fue más fuerte. Picaba un poco, la verdad.
Era electrizante. Me estaba gustando. Esta maldita cosa me estaba gustando y yo ni lo sospechaba.
La amante de mi marido estaba utilizando mi culo como un pandero y yo lo disfrutaba.
Debía estar mal de la cabeza. O del culo.
Yo que sé. ¡Zas! ¡Plas! Nila siguió. No oí la respiración de Alonso.
Estaría sobrepasado. No sabía qué hacer.
—Alonso, no me digas que nunca has querido zurrar a esta malhablada. Es una malcriada. Una niñata pija consentida. Sus padres no la han disciplinado y ahora vas a tener que hacerlo tú. ¿Cuántas veces hace lo que le da la gana?
—Un matrimonio es cosa de dos —Alonso se sabía la teoría muy bien.
—Entonces, ¿qué coño estoy haciendo yo aquí?
Bien jugado. Punto para Nila. Escuché a Alonso dar unos pasos.
Se acercó. Posó sus manos sobre mi trasero.
Lo estuvo amasando. Lo fue acariciando. Me encantaba.
Ahora lo estrujó. Un poquito de presión en un cachete.
Otro poquito en otro. Intenté girar la cabeza.
Quería ver qué pasaba, pero Nila me increpó.
—¡Mira al frente, cornuda!