La Cornuda Fiel Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Vale. Me quité los calcetines que guardé en las deportivas para no perderlos y me enfundé aquellas zapatillas.

Eran cómodas y suaves. Me gustaban. Me encontraba sentada con las piernas muy juntas, no fuera a introducírseme algún bicho.

Seguía nerviosa, el poco tiempo de espera me parecía eterno.

«¿Qué coño estoy haciendo aquí?», me repetía.

Mientras intentaba responderme mentalmente a mi pregunta, apareció mi «cliente» vestido con un pijama un tanto infantil.

No era de niño, pero un adulto respetable jamás se pondría semejante atuendo delante de una dama.

Me enterneció tener que darle azotes así vestido.

—Lo cierto es que yo nunca he hecho esto —me sinceré—. Dime cuál es el procedimiento.

—No tiene mayor misterio. Tienes que fingir que eres mi madre…

—Madrastra, mejor.

No estaba yo para cuestiones de maternidad, ni siquiera fingidas.

—Vale, eso también me sirve. Finge que eres mi madrastra y que me has pillado en alguna falta. Me siento en tu regazo y me azotas con las zapatillas.

—¿Y si me paso de rosca atizándote?

—No te preocupes, que no te pasarás.

—Aun así, estoy más tranquila si me dices una palabra de emergencia.

—No hará falta, créeme. Aguanto mucho.

—Una palabra, por favor.

—No.

—Pues no lo hago.

—Sí, lo harás, ya lo acordé con Nila.

—¡Que me digas una puñetera palabra!

—No.

La situación me parecía surrealista.

—¡Dime la jodida palabra ya, tontolaba! —y entonces, vi por primera vez en su rostro signos de lascivia. Aquello era lo que le gustaba—. O me dices una palabra de control o te voy a zurrar hasta que se te salga el culo por la barriga.

Se me acercó más y con mucha chulería y descaro me soltó un «no quiero» en el que se reflejaba su excitación sexual. Lo agarré de la mano y tiré hacia mí colocándole en mi regazo.

—¡¡Dime ya la puta palabra, joder!!

Me descalcé la zapatilla derecha, me agaché y la tomé en mi mano. Le tiré del pantalón. Su trasero quedó al aire. No es de esos culos peludos. Menos mal. El pelo siempre está bien en sus dosis correctas y en sus partes necesarias.

—¡Maldito cabrón malcriado, dime ya la palabra!

Y zas. Le di la primera azotaina con la zapatilla. Paré intentando escuchar su eco y ver qué ocurría. Él callaba y yo tardé unos microsegundos en reaccionar. ¡Zas! Lancé otro azote. Esta vez, más contundente. Ahora podía ver la marca de la zapatilla claramente dibujada en la piel de sus glúteos.

—¡No, no, no te lo diré! —gritó medio llorando.

Por un momento me quedé en blanco sin saber muy bien qué coño hacer.

¿Debo parar, o es de los que les gusta suplicar que no?

Me guié por mi instinto y le propiné tres azotes seguidos a cada cual más fuerte.

Plas, plas, plas. Se le notaba excitado.

La Lore guarrilla que llevo en mi interior no se equivocaba. Esto era lo que quería.

—Ahora te vas a enterar, cerdo de mierda. Esto te pasa por desobedecerme.

Reanudé mi cometido dándole de nuevo con la zapatilla.

Zas, plas, zas, plas. Los azotes se sucedían a un ritmo preciso.

Parecía un metrónomo. Cada vez que le atizaba percibía claramente cómo una onda expansiva se extendía por su carne enrojecida.

Una y otra vez, y otra vez, y otra vez, golpeé con la zapatilla sin parar.

Gritaba que no quería decirme la palabra.

Yo intenté darle cada vez con mayor fuerza y potencia, pero me estaba cansando.

No quería demostrar flaqueza, por lo que pese a que bajé la intensidad durante unos segundos, volví a la carga con más fuerza.

Zas. Plas. El sonido de la zapatilla contra su culo resonaba en toda la sala y noté en mi regazo su erección bajo el pijama.

Las telas que separaban mis muslos y su polla no eran lo suficientemente gruesas como para impedirme notar perfectamente el relieve de su pene.

Estaba haciendo bien mi trabajo. A ver si además de buena pajillera, iba a ser una buena azotadora.

Hacer pajas me excitaba, pero azotar no me resultaba especialmente sensual ni erótico.

Lo que me resultó, para mi sorpresa, fue relajante en la medida en que mi furia y mis dudas por la situación con Alonso se canalizaban a través de cada azote. Plas. Plas.

—¡Por favor, no, no le diré la palabra!

—¡¡Cállate ya de una puta vez maldito cabrón!!

Estaba encendida, transida de furia pensando en Nila y Alonso.

En Alonso y Nila. En Nila y Alonso. Y en la mosquita muerta de Nuria.

Joder, ¿y si se enamoraban? ¿Y si los cuernos se acabasen convirtiendo en algo más?

Me cabreaba que dicha pregunta me inquietara y me excitara a la vez.

No debería excitarme al atormentarme, pero descubrí que soy una masoca sentimental.

Esta melancolía formaba parte de mi fetiche cornudo.

El sufrimiento formaba parte de mi condición cuckquean.

De alguna manera, siempre lo supe. De alguna manera, nunca quise ser consciente de ello hasta en aquel preciso momento de claridad.

Aceleré los azotes, grité y solté tacos, una y otra vez, mientras me embalaba con la zapatilla.

Zas, plas, zas. ¡¡Plas!! Su trasero ya estaba totalmente carmesí de tanto azote.

Presa de la locura, proseguí atizándole hasta que, en uno de los golpes más sonoros, escuché un grito gutural inequívoco.

Tras aquel grito, me percaté de que en mi pierna algo se sentía mojado.

Se había corrido. Afortunadamente, como él y yo llevábamos puesto pantalones, su grumo apenas me había manchado la ropa.

Paré y se produjo un momento de silencio incómodo. Se incorporó, por fin.

—Perdón, no siempre eyaculo.

—Ya bueno, supongo que debo sentirme halagada.

Fue al cuarto de baño y salió con una pomada.

—¿Podrías dármela? Siento pedírtelo, pero yo sólo no puedo untármela bien.

En situaciones normales no untaría nada en culos desconocidos. Pero mi vida cada vez era menos normal. Accedí a aplicarle la pomada. Un fuerte sonido irrumpió desde el exterior. Fue como un petardo. No le hicimos caso.

—Ven —le ordené.

Se volvió a colocar en posición tras entregarme la pomada.

Era de áloe vera. Estrujé el bote en mi mano y fui extendiéndola por su trasero dolorido.

Estaba todo moteado de zonas rojas. No podría afirmar que fuese hermoso, pero sí sentí una gran curiosidad por aquello.

Extendí con suavidad el ungüento y al acabar le di una pequeña palmadita.

—Esto es gratis. Ya está.

—Muchas gracias. Ha estado muy bien. ¿Quieres un café?

—¡Por favor! Las zorras de la oficina ahora han comprado unos polvos cochambrosos que dicen que es té y tengo mono de café.

Entró en su cocina y comenzó a prepararlo.

—Nila me dijo que no eres una profesional —me comentó desde allí.

—Profesional soy. Lo que no soy es puta.

—Perdona, no quería… —el pobrecillo se cortó con mi respuesta. No estaba acostumbrado a mi peculiar humor.

—No te preocupes. Yo es que soy así. No tengo filtro.

—¿Con leche y azúcar?

—Sí.

Salió con los cafés.

—Perdona de nuevo. No debí preguntarte.

—No pasa nada, la verdad. No soy prostituta. Sólo una salida que se ha metido en un lugar del que no sé si quiero o puedo salir.

—No te entiendo —se le notaba sincero—. ¿Quieres un dulce o algo?

—Gracias, pero no. Tengo que mantener mis lorzas controladas.

—No estás gorda.

—Ya, pero no estoy como Nila.

—¿Y por qué te importa eso? Perdona si pregunto demasiado. Soy muy cotilla.

—Sí, bueno, los dos somos un poco marujas. Como tus zapatillas —se rio de mi ocurrencia.

—Es mi pequeño fetiche.

—El mío es que mi marido me ponga los cuernos —otra vez, un incómodo silencio—, y Nila se está encargando de que los lleve bien puestos.

—Comprendo —comentó sin que yo supiera muy bien qué significaba aquello. Lo miré y continuó explicándome—. Quiero decir que comprendo cómo te sientes. Llevan azotándome casi toda la vida y no se lo he dicho a nadie. Acabas creyéndote que eres un bicho raro.

—Eso.

—Y hasta culpable, cuando no haces nada a nadie.

—En tu caso es distinto, porque los azotes quedan en ti. Pero lo mío implica a más personas. Tal vez demasiadas.

—No sé yo. Tuve una pareja durante once años y al final me dejó cuando se lo confesé.

—¿De verdad? A ver, lo digo porque que te guste que te azoten no es una cosa tan horrible. Peor sería que te excitara una visita de la Agencia Tributaria. Esa sí que es una buena dómina, la hijaputa.

—No fue exactamente por confesárselo, sino que después de aquello ya no me veía con los mismos ojos.

—Me interesa ese punto. ¿Qué fue lo que pasó?

—Al principio todo bien. Todos somos muy abiertos. Muy modernos. Hombres y mujeres del siglo XXI.

—Sí, algunos del siglo XXI antes de Cristo.

—Pero en su mente ya no era el mismo hombre. Se había hecho una imagen irreal de mí y ahora ya no me veía como un varón capaz de protegerla, sino como un debilucho.

—Los debiluchos no soportan el dolor como tú lo acabas de soportar.

—Gracias. Pero no todo el mundo lo comprende. Ella era, supuestamente, muy abierta de mente, pero resultó que tenía más prejuicios machistas que muchos hombres.

—No creo que sea machista —pontifiqué—, simplemente es no comprender la complejidad de las personas.

No sólo tu complejidad. También la suya como mujer.

Hay quienes quieren un macho dominante pero son incapaces de verbalizarlo.

No sé, a otras les gusta ser dominatrix y que les laman las botas pero se esfuerzan en negarlo.

A otras nos flipa ver a nuestra pareja perforando a la vecina.

Creo que hombres y mujeres somos poco sinceros con lo que realmente nos gusta.

Tal vez por eso follamos tan poco y mal.

—Por lo menos nosotros cumplimos nuestros sueños.

—Puede… oye, ¿qué fue ese ruido?

—Será un petardo.

Miré por la ventana.

—Ha llegado la policía. Joder, tengo el coche aparcado cerca. Espero que pueda salir.