Capítulo 15
Capítulo
«Sabía que eso ya no me vale. Quizás nunca me ha valido y sólo fingía ser una esposa normal cuando lo que quería era otra cosa»
a Slipper
Estuve removiendo mi café una y otra vez, contemplando extasiada la espuma, deseando anular mis pensamientos.
Hacía ya cuatro días de la última sesión con Nila junto a mi marido.
Me había gustado. Me había gustado mucho.
Demasiado. Entonces, ¿por qué coño estaba tan melancólica?
Las imágenes de ella y mi esposo follando me venían a la cabeza y se mezclaban con las de Nuria.
Era una sensación muy extraña. Estaba triste por haberme sentido tan feliz contemplándolo a él entregándose a otras, y a la vez, me sentía extraña.
Debía estar enferma. Esto no parecía ser muy cuerdo.
Por fin, oí el despertador. Alonso se levantó de la cama.
—¡Lore!
—Estoy en la cocina, cari —se extrañó de no verme en la cama.
—Ah, vale.
Cuando entró en la cocina, ya vestido para el trabajo, yo seguía dándole vueltas al café.
—Lore, ¿te pasa algo? Te has despertado pronto.
—Sigo pensando en lo que nos pasa, cari. En parte, me lo merezco.
—¿Quieres parar?
—¿Tú quieres?
—Es una pregunta trampa. Tú eres la que lo empezaste.
—Y tú lo continuaste —le reproché.
—Mira, Lore, no quiero discutir. No me eches a mí toda la culpa. Ahora tengo que ir a trabajar —abrió la nevera—. ¿No queda leche?
En otras circunstancias le hubiera contestado algo así como «sí, en tus pelotas», pero no pude hacer ninguna broma.
Y eso todavía me hundió un poco más, porque el humor me ha ayudado siempre a distanciarme de la realidad, a no tomármela en serio.
No poder bromear indicaba que me estaba importando demasiado.
—Ya hablaremos —me dijo. Se sirvió un vaso de zumo. Azúcar en vena. Iba a regañarle, pero de pronto la idea de que engordara y se afeara no me pareció tan terrible—. Por cierto, te llamará Nila para darte unas instrucciones.
Me dio un pico en los labios, tomó su portafolios y allá que se fue al garaje.
Escuché el ruido del coche alejarse y miré el reloj.
Tenía que prepararme para ir al curro. Mientras me vestía observé la ropa que hace unos días se había puesto Nuria.
No la había echado a lavar todavía. La olí repasando una y otra vez la conversación de esta mañana y el rostro de Alonso.
«Le está gustando esta situación, no quiere parar», pensaba mientras recibía un wasap de Nila:
«Tengo algo para ti que quiero que hagas esta tarde. ¿Cuándo puedo llamarte?»
La iba a mandar a la puñetera mierda cuando las imágenes de su pie, de su hermoso y tatuado pie que yo había chupado como prolegómeno a la polla de mi marido, aparecieron claras y nítidas en mi mente.
«A las once tengo un hueco en el trabajo»
«Ok» y un pulgar hacia arriba fue su respuesta.
Me tragué mi orgullo igual que me había tragado por primera vez la corrida de Alonso.
—o—
Sandra desde su despacho observaba cómo Nuria tonteaba con Alonso.
Su socio siempre había sido amable con Nuria, pero aquella complicidad se salía de lo normal.
Desde que Nuria le dijo que se había acostado con Alonso, los celos se la carcomían y no paraba de inspeccionar cualquier interacción entre ambos.
Ya sentía celos de Lore, pero se había resignado a ellos.
Estos celos, sin embargo, eran nuevos para Sandra porque llevaban incluidos la novedad de la esperanza.
Si Alonso se acostaba con Nuria y, al parecer, con alguna fulana más, muy bien podría también acostarse con ella. ¿Por qué no?
Le hizo una señal a Sandra y ésta se acercó.
—Tu bolso —se lo alargó—, siempre te lo vas dejando por el bufete.
—Gracias, creí que me lo había dejado en el recibidor.
—Pasa.
Nuria sabía ya lo que su cliente buscaba. Contarle cotilleos a Sandra era un chute de serotonina. Cerró la puerta tras de sí.
—Me volví a acostar con Alonso, esta vez en su casa.
Sandra no se inmutó, aunque esta vez le costó mantener el tipo de abogada cabrona e imperturbable.
—¿Y Lore, no se enteró?
—No creo, porque he hablado con Alonso y todo parece normal.
—Alonso está distinto. A ver si deja ya de una vez a esa perturbada.
—Dios te oiga.
Sandra sonrió, pero ocultaba que tampoco veía a Nuria como la mujer adecuada para Alonso. Se moría por preguntar detalles y pormenores, pero la abogada era lo suficientemente lista como para saber que eso la delataría.
—Ten cuidado, niña, Alonso puede estar jugando contigo.
—Puede ser. Pero creo que no. No sé.
—No te encoñes mucho con los hombres. No merecen la pena.
—Ya, pero es lo mejor que me ha pasado en años.
«Un poco triste», pensó Sandra. Pero no mucho más que su vida con Emilio. Así que casi sintió pena por ella.
—Disfrútalo todo lo que puedas.
Nuria se fue con su bolso y Sandra descolgó el teléfono. Su plan ya se había iniciado. Ahora tocaba llamar al detective privado. Haría todo lo posible por romper el matrimonio de Lore.
—o—
A las once en punto, sonó mi teléfono. Todavía andaba sentada en mi despacho, intentando que unas fotos extra de última hora no me descompensaran la edición de un libro.
—Dime —fui lacónica.
—Esta tarde vas a ir a ver a uno de mis clientes para una sesión…
—Ehhhhhh, un momento, para el carro —me gustaba ser cornuda. Puta no tanto—. No pienso ver a ningún cliente tuyo. Vete a la mierda.
Y le colgué. No estaba para tonterías. Me levanté y fui a la cafetera de la zona de descanso a prepararme un café bien cargado. Me cagué mentalmente en la madre que parió a todas las zorras del mundo y parte de su extrarradio. No quedaba café.
—¡¡¡Patriii!!! —grité—. ¿Dónde coño está el puto café de los cojones?
—Ahora hemos traído té matcha.
Un jodido y cochambroso té verduzco en polvo era lo único que había allí.
Os juro que en aquel momento hubiera cogido el bote de té y lo hubiera estampado contra la cara del primer compañero que pasara.
Suelo ser temperamental, pero no de aquel modo.
Decididamente, no andaba bien de los nervios.
Sonó otro mensaje de wasap. Era Alonso. Era un mensaje de voz.
Raro. No suele mandar mensajes de voz. Algo pasaba.
«Hola cari, me acaba de llamar Nila. Tiene que ocuparse de su hijo. Es importante para ella. Le he dicho que puedes realizar perfectamente ese tipo de sesión. Hazlo».
Dos palabras clave aquí. Una «ese tipo».
Era de suponer que había varios tipos de sesiones de putiferio.
Las que yo estaba cualificada para realizar, según el pacto con mi marido, eran las que no incluyeran penetración.
Tocamientos, roces, frotamientos y cosas así valían.
La otra palabra, que se me quedó incrustada en el cerebelo y se extendió por todo mi ser, era «hazlo».
No un «por favor». No «podrías hacerme el favor».
Nada de «te estaría eternamente agradecido y sería un favor que te deberé para el resto de los tiempos».
No. Una orden ejecutiva. Un Real Decreto de Alonso.
No parecía mi marido. Parecía mi amo. Extrañamente me dio tranquilidad.
No tenía que decidir. No tenía que pleitear ni retarlo.
No tenía que responsabilizarme de las alternativas. Sólo dejarme llevar.
Comencé a teclear un mensaje para Nila, pero no hizo falta terminarlo porque me llamó ella antes.
—¿Ya se te pasó la tontería?
—Puede.
—A las cinco tengo concertada una cita con un cliente. Es habitual. Buena gente. No te asustes, que no se propasará. Es una sesión de spanking. No te preocupes que él te dará indicaciones. Ya sabe que no voy a ir yo. Te mando su dirección por wasap. Ciao.
«Ciao, ciao, pescao», pensé mientras echaba té matcha en mi taza. Me quejaré mucho, pero al final soy capaz de probar todas las porquerías…
—o—
Mi relación sumisa/Dominante con el GPS sigue en su versión más hardcore y guarra.
Pese a que metí la dirección tal como me la mandó Nila, el Amo Lord GPS hizo conmigo lo que quiso, hasta que por fin conseguí aparcar cuatro calles más arriba de mi destino.
Y con todo, iba a llegar puntual a mi cita.
Miré la puerta, tomé aire, y toqué al timbre rezando para que no hubiera nadie.
Sí que lo había. Se trataba de un señor de unos cuarenta y tantos años, cuya mejor palabra para definirlo sería «normal».
Nada extraño había en él. Ni su corte de pelo, ni sus vaqueros, ni su camisa. Todo correcto. No parecía mala gente.
—Hola, pasa.
—Vengo por lo de Nila.
Comentario estúpido porque era evidente el motivo de mi visita. Pero no sabía cómo encajar la situación ni qué decir.
—Ya. Me ha dicho que tenía que llevar al niño a algún sitio. Que le cambiaron la cita. Supongo que no te ha contado nada, porque me ha dicho que te lo explique.
—Lo único que me dijo es que sería una sesión de spanking.
—Sí, se trata de que me azotes, yo te diré cómo.
—Son azotes y sólo azotes, ¿no?
Asintió con la cabeza y me sonrió de buen modo indicando que pasara al salón.
—Voy a vestirme. Junto a la silla tienes las zapatillas que tienes que ponerte. Luego las utilizas.
Hice un gesto indicando que lo había entendido.
Pero no lo entendí del todo. Mientras él estaba en la habitación, me senté y abrí una caja de zapatos.
En su interior se encontraban unas zapatillas de felpa azules destalonadas.
Tenían bordadas unas lindas flores en el empeine, a modo de margaritas.
Me parecieron unas zapatillas de maruja.
He tenido unas muy parecidas. Así que debo de ser yo también un poco maruja.
Me descalcé mis deportivas y me asaltó una duda.
—¿Debo dejarme los calcetines? —le grité para que me escuchara desde su habitación.
—¡Como quieras!