Capítulo 14 #5
El insulto sólo podía significar lo evidente.
Que tenía que abrir mi boca y mover mi cuello hasta meterme el cipote de mi marido completamente en la boca.
Comencé a mover la cabeza mamándosela con cariño, para luego acelerar con lujuria un poco más.
«Esta polla es mía», me repetí, «Nila la tiene sólo en usufructo».
Mientras mamaba y me excitaba con la situación, volví a repetirme que Alonso era mío, de mi propiedad, y de Nila sólo el goce y disfrute de la cosa.
No me cansaba de chupar. Mi excitación me hacía perder la noción del tiempo y de cansancio. Nila me sacó de mi hipnosis.
—Ya lo tienes a punto. Ahora, apártate y mira.
Alonso tomó la iniciativa. Agarró a su amante de la cintura y la levantó para lanzarla a la cama.
Nila cayó con las piernas abiertas. Todo fue muy rápido.
Alonso se arrojó sobre ella, la morreó antes de chuparle las tetas y, tomando su polla, la dirigió a ese coño que ya conocíamos ambos tan bien.
El coño de mi corneadora. Vi perfectamente cómo sus labios vulvares, ya húmedos, acogieron la polla de Alonso, que se introdujo hasta lo más profundo de su ser.
Comenzó a follarla sin compasión. Como si estuviera cabreado con algo.
Tal vez, conmigo. Los pies de Nila rodeaban su culo que subía y bajaba con total determinación.
Hace meses, hubiera dicho que no tardaría en correrse ni un minuto.
A menudo cuando hacíamos el amor de una forma más intensa, Alonso tenía que bajar el ritmo para no venirse.
Pero allí, delante mía, el tiempo pasaba y Alonso no se corría a pesar del ritmo y las embestidas.
Más bien, aceleró el ritmo ante los sofocos de Nila, que ya gemía como lo que era, una puta.
No hubo cambios de posturas ni pausa romántica.
Sólo un mete saca rítmico y un crujir de la cama que me encendió.
Me excitaban cada vez más. Me encontraba allí, desnuda, contemplando de nuevo cómo mi esposo se la follaba.
¿Por qué coño me tiene que gustar esto? Comencé a masturbarme.
A frotarme como loca. Me restregué con pasión.
Metí sutilmente un dedo en mi vagina. Volví a frotarme.
Y así, esperé que Alonso se corriera para venirme con él.
Pero la follada que le estaba metiendo a aquella puta, sólo se pausó cuando Nila lanzó un grito gutural de placer.
Sus pies se tensaron sobre el culo de Alonso al tiempo que sus rodillas vibraron.
La muy zorra se había corrido. Aquel orgasmo no fue fingido.
El sonido pudiera imitarse, pero los espasmos en sus piernas indicaban la certera verdad de sus estertores de placer.
—Para, cielo, que ya me he corrido. Ahora tu mujer va a hacerte un regalo.
Se incorporaron de la cama y de nuevo, volvimos a estar los tres de pie, uno frente a otro. Nila se me acercó y me susurró muy bajito lo que tenía que decir.
—Cariño, hoy voy a tragármelo como buena cornuda.
Alonso me miró fijamente y se dibujó en él una sonrisa pícara y lujuriosa que no supe cómo interpretar.
Desde luego, no era una negativa, por lo que me arrodillé frente a él, al lado de su amante.
No hizo falta que nadie me indicara nada.
Acerqué mi boca a la polla alzada de Alonso, y de un solo tirón, la abarqué hasta la mitad.
Amoldé mis labios y comencé a mover la cabeza, repasando cada una de las venas de su polla con mis labios, de adelante hacia atrás, de adelante hacia atrás, de adelante hacia atrás.
Mi marido resopló al tiempo que mi lengua comenzaba a captar el sabor de Nila.
Me dije a mí misma guarradas que me excitaban.
Guarradas que hasta a mí me daría reparos en verbalizar externamente.
«Su polla sabe a coño de puta, a coño de Nila, a coño recién corrido».
Aquello me excitó muchísimo más de lo que ya estaba.
Con aquellos pensamientos, la cadencia de mi mamada se mantuvo a un ritmo constante que no gustó a Nila.
—No lo haces mal, pero tienes que entregarte a él sin reparos. Tienes que tomar lo que te ofrece tu maridito.
Tras el comentario, Nila agarró mi cabeza con las dos manos y comenzó a moverla.
Mis rodillas se clavaban en el suelo al tiempo que ella aumentaba la velocidad de mi cabeza sin poder adaptarme al ritmo que le imprimía a la mamada.
No conseguía respirar bien, pero no iba a darle el gusto a Nila de rajarme ahora, y quedar como una mamadora de segunda división.
No jugaré en la Champions de las feladoras, pero lucharé por los primeros puestos.
Nila continuó guiándome. Mis ojos sólo llegaban a ver la polla depilada de Alonso y su pelvis que se alejaba y acercaba al ritmo pautado.
No conseguía ver a Nila y ni el rostro de mi marido.
La velocidad le estaba gustando a Alonso, que resopló de gusto.
—Ahora querido, toma lo que te pertenece. Toma el control y dale lo que es tuyo —indicó Nila a Alonso.
Noté entonces el cambio de manos en mi cabeza.
Ya no me aferraba el pelo las delicadas manos de Nila, sino las grandes y bonitas manos de mi marido.
Con ambas manos, casi abarcaba mi cabeza por completo, y guiando mi mamada.
Con un poquito más de velocidad, en vez de mamada aquello hubiera sido una follada de boca.
Mi esposo continuó resoplando. Aumentó el ritmo de su respiración.
Saboreé el preseminal. Se produjo el seísmo en su polla y mi boca se inundó con el calor del esperma de mi marido.
Ya conocía su sabor y su textura. Quise tragármelo.
De verdad que lo deseaba, pero todavía no tenía el acto reflejo de engullir la corrida.
Cuando fui a hacer el esfuerzo de intentarlo, Alonso me detuvo.
—No te lo tragues todavía —conocía esas palabras y sabía lo que iba a ocurrir a continuación, porque ya lo hizo con Nuria.
Me agarró del pelo y me levantó, aunque no me hizo daño porque yo había respondido rápidamente poniéndome en pie.
La corrida permanecía en mi boca. Miré directamente a los ojos a Alonso pidiéndole que me hiciera lo que tuviera que hacerme.
Y mientras lo miraba, noté cómo sus dedos separaron mis labios vulvares, tomaron parte de su jugo y lo refregaron por el clítoris, a modo de lubricante.
Mi marido empezó a masturbarme. Estaba muy excitada y respiraba irregularmente a trompicones, porque sólo podía hacerlo por la nariz.
Aquella enorme mano se movió en círculos y frotó mi coño de modo perfecto.
La sorpresa vino de al lado. Nila comenzó a chuparme un pezón, mientras frotaba el otro con sus manos.
Me encontraba en el cielo de las cornudas.
Respiré a duras penas mientras el semen de mi boca se mezclaba con mi saliva cambiando su consistencia.
Ya no era tan espeso. Mis ojos seguían clavados en Alonso.
Vi su orgullo y eso hizo que ya no pudiera resistirme más.
Esta técnica la había utilizado antes con Nuria.
Yo era la segunda. Era el segundo plato.
Me encantaba. Me ponía a cien. Me mojaba.
—Córrete, cornuda —me ordenó.
Estallé en espasmos descontrolados que aflojaron mis piernas.
Alonso debió sostenerme por la cintura mientras los estertores del orgasmo, y sus réplicas, relajaban cada músculo de mi cuerpo.
Y tragué. Por fin, tragué completa, libre y sin atisbo de reserva mental, la esencia de mi hombre.
Tantas mamadas escupidas, y ahora, por fin, le regalé mi estómago.
Sonreí y abracé a Alonso, que me dio un pico en la boca. Estaba feliz.
—Yo me ducho primera —pidió Nila—, luego os bañáis vosotros. ¿A qué al final te ha gustado, eh, Lore?
Nila, de alguna forma, hizo que lo difícil fuera fácil. Supe que tras esa sesión todo era ya irreversible. Ya no era un experimento. No era una prueba sin compromiso. Era algo que acabó moldeando mi alma, transformando mi cuerpo y tal vez, jodiéndome la vida.
—o—
Tendido con el portátil en el sofá de su casa, Teo había comenzado a ver varias películas en Prime Video y no le gustaba ninguna. «Vaya mierda». Necesitaba descansar del papeleo, de las leyes, de LexNet y de las jodidas notificaciones que llegaban a todas horas.
Vibró su móvil. Era Charo que le enviaba un vídeo.
«La cabrona lo ha hecho. Es una fiera». Era la prueba de confianza que le había pedido para saber que iba en serio contra los búlgaros y contra los Cotrina.
Y tan en serio que iba. En apenas siete minutos, Charo se veía chupando sin su dentadura postiza —esta era ya su especialidad—, la polla de Petko mientras le decía que su difunto marido era un cerdo y que se merecía estar criando malvas mientras ella se comía aquel rabo búlgaro.
Petko se emocionó, se levantó y le clavó aquella tranca ensalivada perfectamente por Charo, en el coño de la viuda y se movió frenéticamente llamándola por románticos nombres como «puta», «zorra» y sobre todo, cagándose en el finado Tolo, el marido malnacido de Charo.
Teo cerró el portátil. Aquella noche no iba a trabajar con el ordenador sino con toda la cantidad de papeles que le había proporcionado Charo y que incriminaban a los Cotrina.
Al día siguiente, en el juzgado de instrucción, aquellos papeles harían saltar la guerra declarada entre las dos bandas rivales.