Capítulo 14 #4
—Porque siempre has tenido la libertad del dinero y de una familia con contactos.
En mi caso, cuando los búlgaros transformaron el antiguo Tormento en el Smolyan, mi situación cambió.
Sigo siendo libre, en teoría, pero mientras los dueños del Smolyan ganen dinero conmigo no me dejarán marchar.
No es un club filatélico donde puedas entrar y salir.
Cuando deje de serles rentable dejarán que me vaya.
Las que sí están jodidas de verdad son las búlgaras que trabajan allí.
—¿Y por qué esa diferencia de trato?
—No lo sé, ni me importa, mientras no me jodan a mí más de la cuenta.
—¡Cuánta solidaridad con tus compañeras! Sororidad se llama, creo.
—¿Acaso has sido tú solidaria con nosotras?
Según me ha dicho Alonso tienes unos buenos paquetes de acciones y cosas en fondos de inversiones que te dejan tanta pasta como para permitirte vicios como este y tener un trabajo que te gusta, por el puro placer de entretenerte y tener algo que hacer durante tu patético día.
Y, sin embargo, aquí estás desnuda dejando que yo te enseñe a tragarte la corrida de tu maridito porque al parecer, has sido incapaz de engullir su crema por algún prejuicio de niñata malcriada.
—Eh, sin faltar.
—Pues no me insultes. No sabes por lo que he pasado así que no voy a permitir lecciones de moralidad de una calientapollas como tú, ¿comprendes, cornuda? —la mirada de Nila me daba miedo—. Toma, trágate otra.
Esta vez me costó más tragarme la clara. La mirada de odio de Nila me taladraba el cogote, y no podía concentrarme bien en dejar pasar aquella especie de gelatina pastosa cuyo olor desagradable invadía mis fosas nasales desde la boca.
—¿Estás enamorada o has estado enamorada alguna vez de algún cliente?
Le solté a bocajarro. Era evidente que en aquel contexto «algún cliente» tenía nombre, apellidos y polla: Alonso. Nila parecía sorprenderse de la pregunta, y por una fracción de segundo, pareció dudar.
—Nunca me he enamorado ni estoy enamorada de ningún cliente —no sé por qué, pero no acabé de creerla.
Nila se recogió la falda dejando sus hermosas piernas al aire. Se descalzó su pie izquierdo y lo levantó poniéndolo sobre mi rodilla derecha.
—Ya sabes tragar, cornudita. Ahora sólo falta que te acostumbres a mi cuerpo.
Yo no sabía qué significaba aquello.
—¿Qué?
—Quiero que me lamas el pie. Que me lo chupes.
Me hubiera gustado decirle a la cara que no había pagado tanto dinero para acabar chupándole el pie a una tía.
Si chupaba algo, qué menos que la buena polla de Alonso.
Le hubiera querido soltar tantas cosas, que no pude.
No pude ni musitar media palabra. Tan sólo agaché la cabeza y fui dándole besitos al empeine de su bello pie.
El tatuaje de serpiente que tenía me iba guiando.
Me sorprendía a mí misma la escasa resistencia que había puesto a aquello.
Por extraño que parezca, después de tragar unas claras crudas, y de hablar de espectáculos choco-escatológicos, chupar los bonitos pies de Nila no parecía nada del otro mundo.
Pudo decirse que fue casi una consecuencia lógica.
—No quiero besitos como si estuviéramos en el colegio. Lame mis pies. ¡Y arrodíllate!
Me arrodillé. Me sorprendí a mí misma de nuevo siguiendo las órdenes de Nila como una autómata. Soy una rebelde. Al menos, me gustaba pensar que lo era. Y, sin embargo, algo en mi interior me hacía estar allí arrodillada lamiendo el pie de la prostituta que se tiraba mi marido.
—Como si fuera una polla —ordenó.
Rodeé su dedo gordo con la boca y comencé a chuparlo cual si de un pene se tratase.
Mis ojos podían contemplar perfectamente la larga y torneada pierna de Nila que me miraba atentamente desde lo lejos.
Le puse mis mejores intenciones y lo hice siguiendo mi instinto, ya que nunca había chupado un pie.
No te lo suelen enseñar en Bachillerato.
Succioné con toda la habilidad que podía su dedo y moví la cabeza como cuando se la chupaba a Alonso.
Como la propia Nila me enseñó. Al rato de estar mamando su dedo gordo, ella apretó un poco y me introdujo más el pie en la boca.
Ahora tenía más dedos dentro. La verdad es que no sabía muy bien qué hacer, pero allá que insistí en chuparlos.
No os puedo decir qué sabor tenía, porque me parecía que aquella carne no tenía sabor alguno.
Nila olía bien en general, y sus pies estaban limpios, pero las puñeteras claras que me había tragado hacía unos minutos habían alterado mis papilas gustativas.
Pasaron unos minutos en los que yo seguí chupando su pie de diversas maneras: me lo saqué, lo besé, lo lamí, me lo volví a meter en la boca, y así.
Luego, cambió de pie y continué con ese, realizando las mismas operaciones.
Mientras tanto, Nila sonreía y reafirmaba mi comportamiento: «Muy bien cornuda», «Así cornuda», «Buena cornudita, muy bien».
Perdí la noción del tiempo engullendo y lamiendo aquellos pies, cuando oí que marcaba un teléfono.
—Cariño, tu esposa va a comenzar a comerme el coño. Puedes ir subiendo.
Así que era eso lo que iba a ocurrir. Quise hacer bromas sobre el Frigopie, un helado que me encantaba de niña.
Deseaba decirle muchas cosas a Nila. Tenía alguna frase mordaz sobre el chocolate rectal que se había comido, pero no me salieron las palabras.
Me sentía hipnotizada. Tras finalizar la llamada de Alonso, guardó su teléfono y se levantó.
—Quítame las bragas.
Tuve que acercarme a ella dando pequeños pasitos de rodillas.
Dolía un poco, la verdad. Pero me pegué a sus piernas y fui subiendo las manos a ambos lados de sus muslos introduciéndome entre su falda.
Notaba su calor. Lentamente le fui bajando las bragas.
Cuando por fin las tuve abajo, ella levantó sucesivamente ambos pies para que se las sacase del todo.
De seguido, se desabrochó la falda. Se volvió a sentar y abrió de par en par sus piernas.
Delante de mi rostro, contemplé el espléndido coño de Nila.
Si me hubieran dicho hace unos meses que acabaría restregando mi lengua por un coño, cualquier coño, me hubiera reído en la cara del que lo hubiera propuesto.
«No soy lesbiana», me decía. Y, sin embargo, aquello me resultó del todo natural.
Fue como un paso obligado. Como si fuera la conclusión necesaria de un silogismo.
Simplemente, sentí que aquello era lo que debía de ocurrir si quería continuar con nuestra nueva vida sexual. Los sufrimientos valían la pena.
Y allá que mi lengua comenzó a desplazarse por el extrarradio de su entrada vaginal, cartografiando la piel de una Nila que, impasible, me miraba sin inmutarse.
—Puedes hacerlo mejor —otra pausa tras la que sabía el calificativo que vendría—, cornuda.
Eso intentaba yo. Hacerlo mejor. Por supuesto, sabía cómo era una entrepierna femenina y dónde hay que pulsar.
Yo misma era la referencia y estaba dispuesta a hacerle a ella lo que a mí me gustaba.
Me daba cuenta, entre lamida y lamida, que conocía sólo los coños en la distancia.
Siempre era algo que tenía allá abajo, o que veía en una foto.
Ahora lo tenía a escasos centímetros de mí, majestuosamente real.
Cada pliegue, cada recoveco de piel me pareció inmenso.
Cuando acabé de circunvalar la vulva, di un par de besitos a sus labios y con la lengua en punta comencé a repasar su entrada hasta que coroné mis caricias en el protagonista principal: su clítoris rosado que asomaba tímidamente dentro de su capuchón y que me incitaba, de una manera casi mística, a lamerlo.
Así comencé a lamer, a besar, a succionar a aquella Nila que seguía sin calentarse.
¿Qué me pasaba? ¿Qué le pasaba? No tardaría en saberlo.
El ruido tras la puerta era inconfundible.
Alonso llegaba a nuestra habitación y tras cruzar el umbral y cerrar tras de sí, contempló la escena: Nila abierta de piernas recibiendo el cunnilingus de su esposa.
—Por favor, acércate —le pidió Nila a Alonso.
Mi marido contemplaba la escena sin acabar de creerse del todo lo que estaba viendo aunque seguramente ya vino preparado gracias a los mensajes de Nila.
No salía de él ninguna palabra. Pero estaba allí, y eso fue suficiente para que el coño de Nila comenzara a manar.
La muy hijaputa, ahora sí, se calentó teniendo a Alonso al lado y mostrándome doblegada ante mi marido.
Yo seguía lamiendo, chupando y besando; decidí acelerar con la intención de arrancarle un orgasmo.
—¡Detente! —ordenó—, prepara a mi hombre.
Ella se incorporó y yo hice lo propio. Deduje que mi cometido sería parecido a la sesión anterior y comencé a desnudar a Alonso.
No sé si fue el efecto del contraluz, o sus horas de gimnasio, pero tras quitarle la camisa los abdominales de mi esposo me parecieron especialmente hipnóticos.
«Confirmado: no soy lesbiana. Si tengo que elegir entre comer esta tableta de chocolate de Alonso o el pescado seco de Nila, me quedo con la tableta».
Me agaché quitándole los pantalones y bajándole los calzoncillos.
La inmensidad de su polla se desplegó semierecta ante mis ojos.
Sus venas hermosas me recordaron, otra vez más, por qué no era lesbiana.
—Te he dicho que prepares a mi hombre, cornuda.