La Cornuda Fiel Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Era extraño, pero confesarme me había sentado bien. Me sentí más relajada, más feliz. Nila estaba penetrándome el alma. Follándose mi subconsciente. Empotrando mi mente.

—No tienes reparos con el semen. Conoces su sabor —continuaba la lección—. Lo que te falta es superar el acto reflejo que impide que te lo tragues. No estás acostumbrada. El orgullo te ciega.

—No creo que sea orgullo…

—No me interrumpas —pausa efectista hasta que acabó la frase remarcando lo que venía a continuación—, cornuda.

—Eso, cornuda —añadí—, pero no gilipollas.

La leve sonrisa de Nila indicó que no estaba de acuerdo con esto último.

—Algo te bloquea, y voy a desbloquearlo.

Su tono de voz era solemne. Tomó un huevo y lo partió con gran habilidad separando la clara de la yema con una sola mano. La clara la puso en el vaso y la yema en el cenicero. Todo eso con una jodida mano.

—Joder, tía, ¿cómo coño has hecho eso?

—No sólo se me da bien abrir las piernas, querida —Nila era un baúl de sorpresas.

Eso sí, no tenía del todo claro si agradables o desagradables—.

La cosa irá de la siguiente manera. Cada vez que te tragues una clara de huevo, yo contestaré a una pregunta que tú me hagas.

La que sea. Sé que tu cabecita no para de dar vueltas, así que deja que salgan.

Desde luego, la oferta era tentadora.

—¿No será peligroso? Escuché que uno murió por comer muchos huevos crudos.

—Déjate de tonterías, cornuda —se puso de pie y me puso una mano en la mejilla—. Si no quieres, no lo hagas, pero entonces ya no habrá más sesiones conmigo.

Chantaje puro y duro.

—Quiero seguir, Nila. De verdad, pero a mi manera.

—No existe «a tu manera». Eso ya se acabó. Debes dejar volar a Alonso.

—Mi miedo no es dejarlo volar. Lo que temo es que el joven pichón de mi marido caiga en las garras de alguna arpía. Todavía no lo veo preparado.

—Razón de más para que seas tú la que lo prepare.

Tomé con decisión el vaso y de un tirón me metí la clara de huevo cruda en la boca.

La textura no era muy diferente a la de una corrida, cierto, aunque de sabor prefiero el semen, la verdad.

Miré a Nila, hice un mohín y con mucho asco me tragué aquel líquido viscoso que sentí desplazarse por la garganta y cuyo extraño aroma no se me iba. Me vino una arcada, pero no vomité.

—¡Qué puto asco, joder!

Me venían más arcadas secas que no podía controlar.

—Muy bien, buena chica, así se hace. No ha sido tan complicado, ¿verdad?

—Una mierda. Ha sido asqueroso.

—Ahora, tu pregunta.

Bien, este era el mejor momento. Le pregunté lo evidente y lo primero que, según el topicazo, se les pregunta a las prostitutas.

—¿Cómo te metiste a puta?

—Después de acabar el instituto trabajé en un pub nocturno de camarera. Aquello era lo peor. Sueldo de mierda y jefes insoportables. Yo me había metido a camarera por inercia, ya que mi hermana, por entonces, también lo era. Pero vi que las relaciones públicas cobraban más.

—Eso de «relaciones públicas» —incluso en pelota picada, mi mordacidad no había disminuido—, es el eufemismo para enseñar muslo a las puertas del pub buscando que los pardillos entren con el timo de la consumición y tal ¿no?

—Algo así, pero déjame hablar porque si no, me callo y tienes que tragarte otra clara.

—Soy todo oídos.

—Me lo pasé muy bien siendo relaciones públicas.

Lo de enseñar carne no me importaba, la verdad, porque de camarera al final también me pedían enseñarla.

Pero de relaciones públicas podía estar en varios pubs a la vez y al final me sacaba hasta más dinero que de camarera.

Pero no era suficiente. Mi hermana quería independizarse y yo irme con ella, así que quería un trabajo que me dejara más dinero.

Una de las compañeras ya había comenzado a trabajar de escort en el Smolyan.

Entonces no se llamaba así, luego llegaron los búlgaros.

No me disgustaba el sexo, y además se pagaba bien, así que me decidí a probar sólo unas noches y así comencé.

—Me ha decepcionado que haya sido por dinero.

—Típico de niña rica. A ti nunca te ha faltado, señora Guzmanrique —Alonso la había informado bien—. Es muy fácil despreciar el dinero cuando se tiene.

Nila enmudeció después de soltarme aquello. Pasaron unos segundos un tanto incómodos, cuando tomó otro huevo e hizo la misma operación dejándome preparada la clara.

Empiné de nuevo el vaso. Otra vez, aquella plasta dio vueltas en mi boca de moflete a moflete esperando algún milagro como que se convirtiera en miel por arte de magia.

Pero no. Aquel mejunje seguía sabiendo igual de horrible.

Cerré los ojos y me concentré todo lo que pude hasta que, por fin, mi garganta se relajó y el líquido espeso pasó a través de ella.

Volvieron las arcadas. Estaba asqueroso.

—¿Qué es lo más raro que te ha pedido un cliente? —pregunté tras el mismísimo instante en que conseguí ingerirlo.

—¿Es esa tu siguiente pregunta?

—Sí.

—Hará cosa de tres años y pico. A mi compañera Lua y a mí nos ofrecieron un trabajo por el que nos pagarían cinco mil euros a cada una sólo por una sesión.

—Joder.

—Cuando conocimos de qué se trataba pedimos más dinero y al final sacamos ocho mil euros cada una limpios. El Smolyan se llevaba una comisión, pero no de nuestros ocho mil, así que a aquel señor le salió cara la fiesta. Ocho mil euros por tres horas de trabajo. ¿No está mal, eh?

—¿Y en qué consistía?

—Aquel pervertido era un fetichista de temas escatológicos.

—¡La madre que te parió! ¿Haces esas guarradas?

No paraba de pensar una y otra vez que aquella boca había besado a Alonso y a mí, agg… Un torrente apoteósico de imágenes impactantes invadió mi mente. Ninguna era bonita.

—Tranquilízate chiquilla, que no es así la cosa.

Nila se cabreó un poquito. Yo lo flipaba en colores. Mi imaginación volaba. No estaba excitada sexualmente, sino de pura curiosidad por saber detalles.

—Tía, es que es muy fuerte, tú jugando con la plasta de algún viejales. Con lo elegante, fina y digna que pareces…

No podía dejar de reírme. Ahora era yo la que la estaba humillando y Nila se incomodaba. Donde las dan, las toman, fresca.

—¡Silencio, cornuda! —Nila me arreó una bofetada en la cara. Yo no supe cómo reaccionar ante el tremendo guantazo con el que me cruzó el rostro. Me quedé callada de nuevo—. Si te comportas te lo cuento.

—Perdona.

No sé cómo, pero Nila consiguió que me sintiera mal por humillarla. Estaba doblegándome.

—Evidentemente, no íbamos a tocar las mierdas de nadie.

¿Por quién nos tomas, cornuda? La sesión consistía en preparar una especie de espectáculo para el cliente.

Todo resulta más fácil cuando se explica.

Primero, una media hora antes de empezar, mi compañera y yo nos poníamos una serie de enemas para vaciar y limpiar todas nuestras tripas.

Un poco, como se hace cuando sabes que vas a tener sexo anal intenso, procurando evacuar lo más que puedas.

Luego, minutos antes de empezar nos poníamos un segundo enema, pero de chocolate.

Así que el truco no tiene nada de complicado.

Nos poníamos unos enemas de chocolate, lo reteníamos y delante del cliente lo soltábamos una sobre otra y jugábamos con aquello.

—Comprendo, aquello parecería mierda.

—Sí, pero era chocolate. Supongo que al cliente le bastaba con aquella simulación porque realmente en este oficio no sé de nadie que aceptara si fuera auténtica. Con chocolate la experiencia resultó hasta graciosa. Me reí mucho, la verdad.

—¿Y no es peligroso?

—La clave del asunto está en limpiarte bien antes y sobre todo después con los enemas.

Ah, y el chocolate. No puede ser muy líquido porque entonces no lo puedes retener ni puede estar muy caliente, porque te puede quemar por dentro y es muy jodido.

A nosotras el chocolate lo preparó un amigo del cliente que ya tenía experiencia en aquello.

—No está mal, ocho mil euros por jugar con chocolate.

—Mucho mejor que chupársela a alguien que la tenga sucia, incluso con condón.

—Y que lo digas.

En este punto podríamos parecer dos amigas discutiendo de trivialidades.

Chupar pollas sucias y comer chocolate del culo de tu compañera son cosas que seguro todas las amigas discutían en esta ciudad.

No habrá hora que no se hable de ello en las tertulias femeninas.

¿Quién iba a desgranar la última novela de Ken Follett pudiendo comentar portentosas aventuras con enemas de chocolate?

—Toma otro huevo.

Nila volvió a darme la orden y esta vez obedecí sin rechistar.

La complicidad que se había creado entre nosotras me revistió de una curiosa inseguridad momentánea.

Cada vez notaba más mi desnudez, pero cada vez me importaba menos, y la vergüenza por estar en cueros delante de una belleza como Nila se fue desvaneciendo poco a poco.

Esta vez me lo tragué del tirón sin apenas saborear nada.

—Buena cornuda.

—Esta mierda sigue estando asquerosa —no quise dar a entender que ya había conseguido doblegarme—. ¿Estás en esto obligada?

—¿Es esa tu pregunta?

—Sí. Creo que voy a acabar cagándome las patas abajo con esta porquería del huevo.

—¿Te refieres a si estoy aquí ahora mismo obligada?

—No, no, ahora no, en general. Me refiero a que si en el sitio ese del Smolyan estás obligada.

—Las cosas nunca son blancas o negras.

—¿Qué quieres decir? Porque a mí, me parece muy clarito. O te dedicas y sigues en esto porque quieres, o no. Punto.

—Sigue hablando la pija niña rica a la que papá dejaba hacer lo que quisiera. Las cosas nunca son completamente blancas o negras. Comencé en esto queriendo y quiero seguir haciéndolo, pero no implica que pueda dejar el Smolyan cuando quiera.

—No comprendo.